Capítulo 6
Al otro lado de la sierra, en su residencia de veraneo, María Josefa de Borja Pimentel y Téllez-Girón, duquesa de Benavente y esposa del duque de Osuna, daba por finalizada la tertulia, despidiéndose de sus invitados.
El salón literario de los duques era uno de los más prestigiosos, punto de encuentro de intelectuales, aristócratas, artistas y científicos que alimentaban la efervescencia ilustrada de la España de Carlos III.
Antes de cubrirse con el sombrero para salir, Leandro Fernández de Moratín se acercó a la duquesa y la felicitó por su reciente ingreso en la Real Sociedad Económica Matritense.
La polémica suscitada por la admisión de una mujer en la institución había sido, de hecho, uno de los principales temas de conversación de la tarde.
Ella agradeció el gesto con una leve inclinación de cabeza, sin sospechar aún que su inclusión sería efímera: la presión social terminaría imponiéndose y obligaría a crear una sección aparte para las damas.
Cuando el último de los invitados cruzó la puerta, la duquesa volvió al interior del salón y se dejó caer en uno de los sillones con tapicería de damasco. Posó ambas manos sobre el vientre y contempló la imponente biblioteca que cubría las paredes de la estancia.
Su dama de compañía acudió presurosa y le ofreció un vaso de agua.
—Si me permite, señora, el médico ha dicho que…
—Debería descansar, ya lo sé —interrumpió la duquesa, que tomó el vaso y lo apuró de un largo trago.
Con una sonrisa cansada, trató de tranquilizar a la joven, que aún la miraba con visible preocupación, y añadió:
—Dile que pase.
—¿Está segura? Podría pedirle que viniera más tarde, o mañana quizá.
Una mirada severa bastó como respuesta. La doncella retiró el vaso vacío y se dirigió a la puerta.
Mientras esperaba, la duquesa se acarició el abultado vientre por encima de las telas del vestido de seda rosa, confeccionado especialmente para su estado.
Siguiendo la moda parisina impuesta por la corte de María Antonieta, llevaba una peluca empolvada en tonos grises de la que caían rizos sobre los hombros.
El vestido, adornado con encajes, presentaba mangas ceñidas hasta el codo y un gran lazo de seda que realzaba el generoso escote.
La dama de compañía condujo hasta el salón a una mujer, a la que dejó a solas con la duquesa.
—¿Cuándo salís de cuentas, querida? —preguntó la recién llegada.
—Dentro de tres meses, tía —respondió la duquesa, que salió de su ensimismamiento.
María Faustina Téllez-Girón y Pérez de Guzmán, tía del duque de Osuna, era una mujer de porte altivo, acostumbrada a la severidad de la etiqueta.
De rostro enjuto y mirada penetrante, ocultaba tras sus palabras medidas un carácter recio, forjado en el peso de la tradición familiar.
Sus ropas sobrias, siempre en tonos oscuros, contrastaban con el brillo refinado de su sobrina política.
Las dos mujeres se saludaron con la cortesía que dictaban las circunstancias, aunque sin afecto verdadero. Ninguna sentía simpatía por la otra, pero estaban condenadas a entenderse mientras el duque de Osuna permaneciera en Sevilla.
—¿Tenéis noticias de Pedro? —preguntó la tía, adivinando el pensamiento de la duquesa.
—Volverá a Madrid para el nacimiento.
María Faustina se quitó el sombrero y se sentó frente a ella. Su vestido, de corte rígido, estaba apenas adornado con encajes en el corpiño y los puños. Dejó el abanico sobre el regazo y tomó con calma una de las tazas de porcelana dispuestas en la mesa baja.
Tras un silencio, miró fijamente a la esposa de su sobrino.
—Traigo noticias de la corte… Y me temo que no os van a gustar —dijo como preámbulo a las explicaciones que vinieron después.
La duquesa de Benavente la escuchó con semblante serio.
Si lo que decía aquella mujer era cierto, el negocio con el que su familia había amasado gran parte de su fortuna estaba en peligro.
La oveja merina y su exquisita lana eran patrimonio exclusivo del reino desde hacía más de cinco siglos y habían enriquecido a Castilla más que cualquier otra empresa.
Por ese motivo, desde el siglo xiii, los reyes habían protegido las vías pecuarias, creando el Honrado Concejo de la Mesta, que otorgaba a los ganaderos libertad de movimiento por las tierras del reino en un acuerdo sin precedentes.
Barcos cargados de vellones partían de los puertos del Cantábrico hacia Flandes, donde aquella lana, fácil de hilar y perfecta para la elaboración de paños finos, se vendía a un precio diez veces mayor de su coste.
—Francia tiene las mejores manufacturas —explicó la tía mientras un sirviente depositaba sobre la mesa una bandeja de plata con dulces—.
Si logran producir también la lana merina, habremos perdido el tesoro que con tanto celo guardaron nuestros abuelos.
Y todo por culpa de ese rey que tanto os place.
La duquesa la miró contrariada. No sabía qué le irritaba más, si la suficiencia de aquella mujer, tan opuesta a las reformas ilustradas de Carlos III, o el hecho de que el monarca hubiera cedido la lana a su primo.
—No adelantemos acontecimientos —replicó, tratando de serenarse—. ¿Cuál es el destino de ese rebaño?
—He escuchado decir que se dirigen al norte de Francia, cerca de París —respondió su tía llevándose una pasta a la boca.
—Jamás mayoral alguno condujo un rebaño tan lejos. Una cosa es la trashumancia, en busca de mejores pastos, y otra semejante desvarío.
—No las tengáis en menos, querida. Es casta recia, capaz de andar grandísimas leguas.
—Son demasiados meses y, con tanto frío, no lo lograrán —afirmó convencida la duquesa.
María Faustina volvió a negar con la cabeza mientras se abanicaba.
La primavera estaba siendo calurosa y el ambiente cerrado del salón empezaba a sofocarla.
Se levantó y paseó al tiempo que observaba los libros que la rodeaban.
Uno de ellos sobresalía, como si se hubiese consultado recientemente; en el lomo, un título en francés y el nombre de un autor prohibido: Rousseau.
No era la primera vez que encontraba algo así. La actitud de su sobrina le resultaba ingenua y peligrosa. Al igual que su marido, tenían la cabeza llena de pájaros que volaban bajo los vientos de la Ilustración, cuyas ideas amenazaban con transformar el país. «Y no para bien», pensó.
—¿Quién conducirá el rebaño? —preguntó la duquesa, que también se había puesto en pie.
—Cuentan que el mejor mayoral de Castilla.
Un silencio pesado se instaló entre ellas, hasta que la tía lo rompió, cada vez más irritada por la calma de su sobrina.
—Tenemos que actuar. Quizá con vuestros contactos en palacio aún haya tiempo de detener semejante desatino.
—Si el rey así lo ha mandado, debemos acatarlo —zanjó la duquesa.
—Tal vez estemos aún a tiempo de inclinar su voluntad —insistió la mujer.
Sin embargo, su sobrina dio por terminada la conversación:
—Quedo agradecida por vuestra visita, pero ahora, si me permite, preciso de reposo.
La duquesa desapareció por la puerta que un sirviente acababa de abrir, dejando sola a su tía en el gran salón.
María Faustina alzó la vista hacia los retratos que Francisco de Goya había pintado el año anterior. Los duques de Osuna eran los primeros mecenas del pintor en Madrid y aguardaban aún varios encargos más.
—Escribiré al marqués de Torreval—dijo entre dientes, frente a los oscuros ojos del retrato de su sobrino—. Tu esposa no me deja otra opción.