Capítulo 5
Su mujer le miraba con los brazos en jarras. Andrés sabía que era el preámbulo de una discusión porque así era la Isidora, no se guardaba nada dentro. Por eso, entre otras cosas, se enamoró de ella.
—¡¿El quince de junio?! ¡Pero si acabas de regresar de Extremadura! —explotó la mujer—. ¿Es que te has vuelto loco?
Andrés se acercó un dedo a los labios y señaló a la puerta que conducía a su habitación. Allí dormían las dos niñas acurrucadas en el mismo lecho, a unos centímetros de distancia del suyo. Había esperado a que se fueran a dormir para contarle a su esposa lo sucedido aquella mañana.
—Mujer, ya te dije que así lo manda el rey. Han de pagarme bien y ya no tendré que volver a dejaros a ti y a las niñas.
—¡No me fío de esos franceses! ¡Ni un pelo! ¿Y si te llevan preso y te hacen quedar allá? O lo que Dios no quiera, ¿y si te matan? ¡Si ni siquiera sabes esa lengua endiablada! ¿Cómo harás para darte a entender?
Andrés abrió la boca para replicar, pero no tuvo tiempo, pues Isidora comenzó a dar vueltas por la cocina, de un lado a otro del hogar, sin bajar el tono de voz:
—Ya me lo decía mi prima: «Cuídate de ese Andrés, que es muy inteligente y esos siempre dan problemas».
Mírala a ella con su Hilario, que no tiene dos dedos de frente, pero al menos está tranquila.
No como yo, que al final me quedo viuda, ya lo veo venir, ya lo veo…
—sollozó Isidora tapándose la cara con el delantal.
Andrés se levantó del taburete y la abrazó.
Los espasmos de la mujer se fueron espaciando mientras él le acariciaba el pelo negro y lacio que le caía sobre los hombros.
Así permanecieron el tiempo necesario, sintiendo cómo la presión de sus cuerpos aliviaba parte del miedo que los comía por dentro.
Encontrando un recoveco para la esperanza en una vida que nunca les ponía las cosas fáciles.
—¿Qué pasará cuando venga el amo para San Miguel? —preguntó Isidora, aún apretando con fuerza a su marido.
—Le he de escribir una carta, dando cuenta de lo nuevo, y dejaré sus ovejas al cargo de un buen mayoral.
Ella le miró sin comprender. Nunca una familia como la suya podría permitirse decir algo así.
—El francés me dará dinero por adelantado, y con eso no pasaréis necesidad mientras yo no esté.
Andrés esbozó una sonrisa que escondía el nudo en el estómago que le provocaba el volverse a marchar.
Durante ocho largos meses, su único anhelo era volver al pueblo para estar con la familia.
Tan solo hacía tres días que los trashumantes estaban de regreso y él tendría que volver a partir en pocas semanas.
Isidora asintió y le pidió que se fueran a dormir, a sabiendas de que ninguno de los dos pegaría ojo en toda la noche. Con el candil encendido, mientras se acostaba, Andrés observó la placidez de los rostros dormidos de unas niñas que no había visto crecer.