Capítulo 4
En la actualidad
Han revuelto toda la casa.
Los viejos armarios de la cocina tienen las puertas abiertas de par en par, dejando a la vista latas de conserva dispuestas de cualquier manera.
En el dormitorio, la ropa está desparramada como un cuerpo vencido tras la huida.
Los cajones de la mesilla permanecen abiertos, mostrando papeles viejos, pulseras sin valor, entradas de cine de hace años y algún secreto a medio escribir en una libreta.
Carmen recorre la vivienda desolada sintiendo con cada paso el eco del después, el vacío que deja la ausencia forzada.
Accede a la sala de estar, donde su abuela solía leerle cuentos cuando era pequeña, tiene que pisar con precaución sobre una montaña de libros para llegar hasta la pared y abrir las contraventanas.
La luz entra de golpe, sin pedir permiso, y deja ver el desastre con una claridad cruel.
Se queda quieta durante varios segundos, mirando sin ver, como si el cuerpo hubiese llegado antes que la conciencia.
Siente que han profanado algo más que una habitación: un lugar sagrado.
Una cápsula del tiempo formada de polvo, silencio y papel.
No comprende qué puede buscar alguien en una vieja casa de pueblo para atreverse a algo así.
Bajo su pie derecho, nota el lomo duro de un libro.
Se agacha, lo levanta y, debajo, aparece otro, y luego otro.
Uno a uno, los va rescatando, llenándose los brazos como si fueran pájaros heridos, y camina con ellos hasta la estantería, haciendo equilibrios para que no caigan.
Le llevaría horas devolver cada uno a su sitio, pero en el fondo, lo sabe, no se trata solo de eso.
Carmen deja de recogerlos y se desploma sin fuerzas sobre la butaca que solía ocupar cuando leía con su abuela.
—¡Ay! —exclama, llevándose la mano al coxis.
Se ha clavado el borde puntiagudo de un libro que hubiera jurado que no estaba allí antes de sentarse.
Lo saca y retira de un soplido el polvo que cubre la portada.
Miles de motas bailan bajo la luz de la ventana.
Es Viaje al centro de la Tierra, de Julio Verne, en una edición magnífica, con una encuadernación en tonos burdeos y letras doradas, que enmarcan la ilustración de la portada.
Lo abre y lo hojea hasta que un papel se desliza de entre las páginas.
Al verlo caer, Carmen lo recoge extrañada, con la impresión de que se trata de una carta antigua. Es un papel amarillento y casi transparente, que parece haber vivido más tiempo del que debería. La letra, complicada y casi ilegible, está escrita a mano.
—¡Carmen! —La voz de su madre le hace pegar un respingo—. ¿Dónde estás?
Coloca de nuevo el papel entre las páginas y deja la novela sobre la mesita. Está a punto de salir de la estancia cuando cambia de idea. Se da la vuelta y, sin pensarlo, la coge y la mete en el bolsillo interior de su chaqueta.
Sus padres aparecen en la puerta, acompañados por un agente uniformado con cara de malas pulgas. El hombre examina la escena con el presentimiento de que algo ha cambiado.
—Espero que no haya tocado nada, señorita —dice, escrutando el rostro de Carmen con una mirada severa.