La sombra del mayoral Capítulo 3
4%

Capítulo 3

Mientras se acercaba, Andrés observó con atención a los tres hombres que lo esperaban.

Su aspecto elegante contrastaba con el de los lugareños.

Llevaban el cabello empolvado y rizado sobre las sienes, y sostenían bastones ornamentados, demasiado finos para un camino tan pedregoso.

El más alto de los tres calzaba unas botas de cuero con polainas, más adecuadas para ese terreno que los zapatos de hebilla sobre las medias blancas de sus acompañantes.

Andrés llegó a su altura al mismo tiempo que uno de ellos intentaba quitarse, sin éxito, las cagarrutas acumuladas en la suela del zapato, frotándose contra unos helechos.

El hombre de las botas se presentó. Era de mediana edad, tan delgado como el mayoral y hablaba español con un marcado acento francés.

—Me llamo François Hilaire Gilbert, sirvo como veterinario y profesor de Economía Rural y de Historia Natural de la prestigiosa Escuela Veterinaria de Alfort, en Francia.

Andrés no respondió. Sin desanimarse, el francés continuó:

—Señor Gil, si he venido hasta aquí es para tomaros al servicio de la Corona.

El mayoral observó la cara de sorpresa de los cuatro pastores que habían acudido curiosos al encuentro y que ahora le rodeaban. Unos rostros de pieles ásperas y bocas desdentadas que nada tenían que ver con los recién llegados.

—¿Y con qué empresa deseáis contratar mis servicios? —preguntó Andrés.

—Para llevar un rebaño de ovejas merinas al norte de Francia.

Hubo exclamaciones y murmullos de incomprensión entre los allí presentes.

Aquel hombre le estaba pidiendo a Andrés que realizara una tarea ilegal.

El contrabando de merinas se castigaba desde hacía siglos con la pena de muerte y todo el mundo sabía que no podían ser exportadas.

La raza de ovejas con la mejor lana del mundo era española y así debía seguir siendo para beneficio de las arcas de los reyes y el orgullo de los humildes pastores.

Gilbert indicó a uno de sus acompañantes que entregara al mayoral el sobre que tenía en la mano.

De él extrajo una carta firmada y sellada por el mismísimo monarca Carlos III, que autorizaba a dicho rebaño a cruzar los Pirineos hasta Rambouillet.

Como Andrés era el único que sabía leer, para darle tiempo y calmar el revuelo de los pastores, el caballero que había entregado la carta tomó la palabra:

—El excelentísimo señor don Anselmo Ramos, marqués de Torreval, así como quien os habla, don Maximino de las Heras, presidente del Honrado Concejo de la Mesta, hemos sido convocados para acompañar al señor Gilbert y dar fe de cuanto aquí se dispone —intervino con solemnidad.

Hizo una pausa y, con gesto medido, extrajo de su casaca un pañuelo de seda con el que se enjugó la frente perlada por el calor.

—En virtud de lo ordenado por su majestad el rey, nos ha sido encomendado presenciar y certificar la entrega de un rebaño compuesto por trescientas treinta y cuatro cabezas de oveja merina, cuarenta y dos carneros sementales y siete carneros conductores, que, por vez primera en la historia, habrán de atravesar nuestras fronteras.

Miró a los presentes con gravedad.

—No se trata de una empresa menor, caballeros. Estos animales son patrimonio de la Corona y de la nación entera, pues su lana ha sostenido durante siglos la riqueza de Castilla. Por tanto, cuanto hoy aquí sucede quedará registrado como acto de la mayor trascendencia.

Tras sus palabras, solo se escuchó durante algunos segundos el sonido de los cencerros y el balar lejano de las ovejas.

Los dos acompañantes del francés intercambiaron una mirada de preocupación que Gilbert no pareció advertir, pues sonreía indiferente, mirando al mayoral.

—Ahora que mi país y el vuestro cuentan con una relación más que cordial, su majestad el rey Luis XVI está interesado en adquirir un rebaño de merinas para que Francia pueda también beneficiarse de su lana de grandísima calidad —continuó Gilbert—.

Los animales viajarán hasta Rambouillet, donde el monarca ha ordenado construir los mejores establos del país, como la ocasión lo merece.

Tras una cuidadosa selección tenemos el rebaño preparado, solo nos falta un mayoral que esté a la altura.

—¿Cuánto se me ofrece por ello? —preguntó Andrés, aún con la carta en la mano y el semblante serio.

—Más de lo que cualquiera de vuestros amos estaría dispuesto a pagaros. Los servicios a la Corona de Francia serán bien retribuidos y, por supuesto, daremos un adelanto a sus familias —respondió Gilbert, mirando también a los otros hombres.

—Pero ir a Francia no es lo mismo que ir a Extremadura, señor —se atrevió a decir Pedro el Gurriato, que escuchaba junto con los otros pastores detrás de Andrés.

—Por eso necesitamos al mejor mayoral, que podrá elegir a sus acompañantes para tan ardua e importante tarea —insistió Gilbert, señalando a Pedro—.

Una vez en Rambouillet, serán alojados con comodidad, y podrán enseñar sus conocimientos y asegurar los cuidados de las merinas hasta que hayan parido una segunda camada.

El mayoral miró a los hombres que lo rodeaban, aquellos que durante años habían confiado en él sin reservas. Una cosa era conducirlos al sur, como tantas otras veces, y otra muy distinta emprender un viaje a tierras extranjeras.

—Pasado mañana tornaré a por vuestra respuesta. Quedo a vuestra disposición hasta entonces. Dios os guarde —se despidió Gilbert, que se dio la vuelta seguido de cerca por los dos caballeros.

Andrés asintió luchando por ordenar sus pensamientos.

—¿Cuándo queréis partir? —preguntó antes de que se alejaran.

Gilbert se giró, esbozando una sonrisa.