La sombra del mayoral Capítulo 2
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Capítulo 2

En la actualidad

A Carmen nunca le han gustado los entierros. Le parecen una especie de teatro improvisado en el que, según la suerte que tengas, te tocará interpretar un papel protagonista o quedarte en las filas del coro, mirando de reojo a los demás para no desafinar.

Están en el cementerio antiguo del pueblo, donde los cipreses parecen haber aprendido a guardar silencio antes que a crecer, reunidos frente a una tumba de mármol que refleja el sol sin saber lo que guarda debajo.

La abuela solía decir —medio en broma, medio cansada— que le daba igual lo que hicieran con ella una vez muerta.

Así que Carmen, que llevaba una década viviendo fuera de casa, no discutió cuando su madre habló con el cura, ni cuando se organizaron sermones y misas, ni cuando alguien propuso flores blancas «porque eran las que más le gustaban», aunque no fuera verdad.

Un mirlo desciende desde alguna parte del cielo limpio y se posa sobre una pequeña cruz de hierro, solitaria y oxidada, que se inclina con el peso del tiempo, como si llevara siglos en ese mismo lugar.

En ese instante, bajan el ataúd. Carmen lo observa.

No a la caja, ni al cura, ni a la gente.

Solo al pájaro. Y se lamenta por no haber podido despedirse de ella. No como quería. No de verdad.

Pero no todo se puede elegir. Eso también lo mencionaba su abuela.

«Al menos no sufrió», se consuela la madre de Carmen, dando el último abrazo a un familiar y derramando unas cuantas lágrimas más.

Después del cementerio, se van directos a la casa, situada al final del pueblo. Su madre trae las llaves en el bolso y quiere comprobar cómo está después de tantos meses. La abuela últimamente ya solo venía los veranos y, entre médicos y achaques, cada vez menos tiempo.

Mientras bajan la calle, un coche negro se cruza en su camino y tienen que arrimarse a la pared más cercana, pues allí no hay espacio para las aceras.

«Matrícula francesa», escucha decir a su padre, que lo mira haciéndose visera con la mano, «no tienen suficiente con Benidorm, que también se tienen que venir aquí».

El corral está lleno de flores silvestres y hierbas demasiado altas, a través de las cuales se hacen paso hasta llegar a la puerta de madera pintada de verde.

Su padre decide ir a ver a un tal Ramón, que tiene «una máquina de esas que en un momento te lo siega».

La madre de Carmen abre la puerta y pasa de la tristeza a la indignación, y rápidamente al pánico, al darse cuenta de que alguien ha estado antes allí.

—¡Nos han robado! ¡Nos han robado! —grita llevándose las manos a la cabeza, con el rostro enrojecido y las venas del cuello a punto de estallar.

—Cálmate, mamá, no pasa nada. En esta casa no hay objetos de valor —la tranquiliza Carmen, que siente que su madre va a desbordarse, igual que si fuera una olla hirviendo.

—¡No te muevas de aquí, hija! ¡Voy a llamar a la policía! —exclama ella tras sacar el móvil del bolso, sacudiéndolo por encima de su cabeza.

Carmen contempla cómo su madre se marcha a trompicones en busca de conexión, intentando no tropezarse con los hierbajos del corral, hasta que desaparece tras las casas. Solo en la parte alta del pueblo hay cobertura.

Suspira y mira a su alrededor. Todo está patas arriba, y no debería moverse, pero tampoco piensa hacer caso a su madre.