La sombra del mayoral Capítulo 1
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La sombra del mayoral

La sombra del mayoral

Por Irene Municio

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Capítulo 1

El mayoral se frotó el rostro con fuerza, hasta que le dolieron los ojos y las mejillas se le entumecieron.

Bebió un sorbo de agua, pero enseguida lo escupió al notar cómo le acuchillaba las encías.

A su alrededor, margaritas silvestres salpicaban las orillas del riachuelo, que bajaba crecido tras las últimas lluvias.

Arrodillado junto al agua, volvió a lavarse la cara en un intento de despejarse.

Se incorporó, más despierto, pero todavía atormentado.

Aquel año, los ocho meses lejos de su tierra habían sido especialmente duros.

Sufrieron demasiadas bajas en Extremadura y perdió más ovejas de las que el marqués estaría dispuesto a aceptar.

La peste ovina no tuvo piedad con su rebaño y ahora los números no cuadraban.

El amo le rebajaría el jornal cuando llegara San Miguel y él no tendría más remedio que hacer lo mismo con sus pastores. No le cabía duda. Así funcionaba desde siempre: las pérdidas bajaban cuesta abajo, de señor en señor, hasta estrellarse en las espaldas de quienes menos podían permitírselo.

Se protegió del sol con la montera, se echó el zurrón al hombro y recogió el cayado, que había dejado junto a una roca mientras se lavaba.

Como cada mañana, el rebaño descendía lentamente por la ladera, llenando el campo con el eco irregular de los cencerros.

Un sonido monótono, casi hipnótico, que marcaba el ritmo de sus días.

Era alto y fibroso, con las piernas de un hombre acostumbrado a caminar durante semanas, sin apenas descanso, sorteando barrancos y cruzando cañadas. Avanzaba algo encorvado, como si las preocupaciones le colgaran del cuello y pesaran más que el propio zurrón.

Cerró los ojos y se dejó mecer por el viento suave y el calor de los primeros rayos del sol.

El aroma del tomillo, la jara y la tierra húmeda tras la lluvia lo envolvió, haciéndole sentir —por fin— en casa.

Cuando los volvió a abrir, el ladrido repetido de los mastines lo sobresaltó.

Venía de más allá del barranco, donde la maleza crecía espesa.

«Tal vez han sentido el rastro de otro lobo», pensó inquieto.

Entornó los ojos hacia la sierra, buscando un movimiento, una sombra entre los pinos.

—Ni se os ocurra acercaros —murmuró entre dientes, como si su voz pudiera servir de advertencia a la amenaza invisible.

No podía permitirse otra desgracia. Si esa noche los asaltaban, ya nada podría ir peor.

El rebaño estaba diezmado, los hombres exhaustos y el ánimo, al límite.

El más leve ataque bastaría para quebrar lo que aún se mantenía en pie.

Se apoyó en el cayado, sintiendo de nuevo el peso de la responsabilidad sobre los hombros.

Era el mayoral y, aunque el cansancio quisiera doblegarlo por dentro, debía mantenerse firme.

Una oveja, seguida de su cordero, se acercó a mordisquear un brote verde junto a él.

Extendió la mano y hundió los dedos en la abundante lana.

Pronto llegaría el tiempo de la esquila.

Sus animales daban el mejor vellón del mundo, de una calidad inigualable, vendida a precio de oro en los puertos de Flandes.

Pero aquella riqueza no les pertenecía. La lana de las ovejas merinas de Castilla era propiedad de los amos, ningún pastor podía enriquecerse con ella. La gloria y el oro eran para otros.

Pensó en sus hijas, en otro invierno en el que tendrían que vender partes del gorrino tras la matanza y racionar el pan al final de la semana.

Otro año en que su mujer tendría que arar las tierras mientras él estaba en Extremadura, dejando a las niñas al cuidado de las cuadras.

Otra vez, las sopas de ajo día tras día.

—¡Don Andrés! —gritó Pedro, el Gurriato, desde el otro lado de la cañada, alzando los brazos—. ¡Preguntan por usted!

El mayoral afinó la vista y distinguió a su amigo reunido con varios hombres a lo lejos. Se caló la montera y apretó los dientes, emprendiendo el camino hacia ellos.

¿Qué querrían de él ahora?