Capítulo 63
A l cabo de una hora, Salazar recibió un aviso de Lali: Beltrán ya esperaba en la sala de interrogatorios, en compañía de su abogado. Néstor solo necesitó una mirada para que Remigio comprendiera y lo siguiera en dirección al tercer piso.
Cuando entraron en la sala, los recibió un ambiente cargado de miedo y tensión. Beltrán estaba sentado con la espalda recta y las manos apoyadas sobre la mesa, para controlar su temblor. A su derecha, el abogado de oficio pasaba las páginas del expediente con aire ausente.
Salazar se sentó frente a Beltrán con actitud relajada, mientras Remigio permanecía de pie en silencio, sin quitarle la mirada de encima al detenido. Al cabo de algunos segundos, Néstor rompió el silencio.
—Elías Beltrán. Tiene mucho que explicar —el detenido juntó las manos y bajó la mirada sin pronunciar palabra—. Aunque tiene derecho a no declarar, teniendo en cuenta las circunstancias, su mejor opción es colaborar.
Beltrán intercambió una mirada con su abogado, quien permaneció en silencio, sin contradecir al policía. Elías tragó saliva.
—Pregunte.
—Vamos a comenzar por algo simple: ¿Por qué Unai?
El detenido llenó sus pulmones de aire y lo dejó escapar despacio, al mismo tiempo que se removía un poco en su silla.
—Porque el chaval tenía acceso al servidor de la bodega.
Podía entrar cuando quisiera sin llamar la atención.
O eso fue lo que yo creí —Elías se pasó las manos por la cabeza—.
Nunca imaginé que el tío que me había arruinado la vida podría detectarlo.
Maza ya no trabajaba en la bodega, así que pensé que era seguro, pero me equivoqué.
Hoy sospecho que todo fue una trampa. ¡Fui un imbécil!
Remigio entornó los ojos.
—¿A qué se refiere?
—La auditoría que podía demostrar mi inocencia seguía ahí. No la habían borrado. Ni siquiera intentaron eliminarla. Unai la encontró en el mismo archivo donde yo la había guardado, antes de que todo explotara y mi vida se fuera al infierno.
—Todavía no ha respondido mi pregunta —insistió Salazar—. ¿Por qué Unai? ¿Por qué no un adulto, un administrativo de la bodega o un empleado con acceso?
Beltrán dejó caer las manos sobre la mesa.
—Un adulto habría llamado la atención. El chico, en cambio, solo era un pasante… Era más probable que sus movimientos pasaran desapercibidos.
—Además, era más fácil manipularlo, ¿verdad? —intervino Remigio en voz baja, pero firme.
Beltrán levantó una mirada cargada de culpa, pero no respondió. Salazar dejó que el silencio se apoderara de la sala por algunos segundos.
—Hablemos del desfalco —El acusado se mordió los labios y asintió despacio—. Y de Maza.
Beltrán rechinó los dientes.
—Siempre supe que había sido él.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de que me señalaran a mí, pero no tenía pruebas y el policía que se ocupó de aquel caso, ya había decidido que yo era culpable.
Me incriminó —El abogado frunció el ceño, pero no interrumpió—.
Yo no fui el único que lo descubrí. Vilar también se dio cuenta de que algo no encajaba y comenzó a sospechar de Maza.
Remigio intervino con una pregunta seca.
—¿Cómo lo sabe?
—Me lo dijo.
Salazar notó la tensión en los músculos de su espalda.
—¿Por eso entró donde no debía?
Beltrán bajó la mirada.
—Sí, él me dijo que iba a encontrarse con alguien que había prometido proporcionarle información, pero nunca mencionó dónde iba a ser el encuentro. De haberlo sabido, le hubiera advertido que podía ser una trampa.
—¿Él no conocía el riesgo?
El detenido cambió de postura.
—Supongo que sí, pero lo desestimó. La curiosidad pudo más.
Salazar se apoyó en el respaldo de la silla.
—Después de la muerte de Vilar, el caso se cerró muy rápido. ¿Fue una sorpresa para usted?
Beltrán desvió la mirada por un segundo hacia su abogado y negó con la cabeza.
—Creo que era lo que esperaba el policía: tener una excusa para dejar de profundizar en el desfalco y echarme toda la culpa.
El silencio volvió a instalarse en la sala. Aunque no lo reconociera en voz alta, Salazar había llegado a la misma conclusión. Decidió cambiar el ángulo del interrogatorio.
—¿Qué pasó la noche del incendio?
—Yo… no estaba en casa.
—¿Dónde estaba? —preguntó Remigio.
—Participaba en un torneo de ajedrez informal que se celebró en el bar donde solía jugar. Esa noche era la final. Yo gané.
Los policías intercambiaron una mirada y Salazar continuó.
—¿Quién estaba en su casa?
Beltrán no dudó.
—Un temporero que participaba en la vendimia. No tenía papeles ni familia en el país. Yo… en mi casa había mucho espacio, así que solía alquilarle una habitación cuando venía a Haro.
—Entonces, no era la primera vez que se quedaba en su casa.
—No. Lo hizo en un par de ocasiones.
—¿Nunca le habló de su familia? ¿No trató de contactarlos? ¿Ellos no preguntaron por él?
Elías se encogió de hombros.
—Era muy reservado. Con respecto a lo que ocurrió después del incendio, nunca lo supe con certeza.
Yo ya estaba «oficialmente muerto», así que no podía preguntar.
Sin embargo, no me sorprendería que, si existía una familia, no hubieran sabido dónde comenzar a buscar.
Youssef, al igual que muchos temporeros, iba donde había trabajo, así que es probable que los suyos solo supieran que estaba en España, pero no en qué provincia.
Como nunca hubo un registro de su muerte, cualquier indagación consular habría sido inútil.
Remigio apoyó los nudillos sobre la mesa.
—Así que Youssef estaba solo en su casa y se quedó dormido fumando, mientras veía la televisión.
Beltrán sostuvo la mirada del policía.
—Eso concluyeron los bomberos. Y no me sorprende. Youssef fumaba mucho.
Salazar dio el siguiente paso.
—Y después del incendio, permitió que el mundo pensara que el muerto era usted.
No era una pregunta. Beltrán bajó la mirada y habló con voz cansada.
—Reconozco que no lo desmentí.
—Era más fácil desaparecer que afrontar su defensa frente a la justicia —presionó Remigio.
Beltrán levantó la mirada hacia él y por primera vez, su voz se escuchó firme.
—¿Y qué otra cosa podía hacer? Era evidente que aquel policía estaba decidido a convertirme en chivo expiatorio. No le interesaba la verdad. Solo quería un culpable y yo encajaba muy bien en ese papel.
Salazar se inclinó un poco hacia delante.
—¿Qué pretendía cuando le pidió a Unai que copiara el documento?
—Yo… tenía la esperanza de recuperar mi vida. De que el caso volviera a la luz. Que se demostrara mi inocencia. Nunca pensé que eso pondría al chico en peligro.
—Sin embargo, lo siguió a la biblioteca. ¿Por qué?
—Buscaba la oportunidad de hablar con el chaval y convencerle de que me diera una copia de la auditoría.
Remigio intervino.
—Usted ya tenía la certeza de que Maza era el responsable de la muerte de Vilar. Que era un tío peligroso. ¿Y pretende hacernos creer que no sabía que ponía en peligro al chaval si lo contactaba?
Beltrán puso ambas manos sobre la mesa con las palmas hacia arriba y sacudió la cabeza.
—¿No lo comprenden? Nunca imaginé que Maza descubriría que Unai había copiado la auditoría.
Creí que era seguro, que nadie sospecharía.
Yo estaba desesperado por demostrar mi inocencia, recuperar mi vida o al menos, limpiar mi nombre.
No fui capaz de prever el riesgo que corría el chico, hasta que vi a Maza en la biblioteca, vigilándolo. Entonces, entré en pánico.
—¿Pretende hacernos creer que no sabía que, si alguien vigilaba la auditoría, podría averiguar el nombre de quien la había tocado? —presionó Salazar con calma.
—¡Subestimé a Maza! —respondió Beltrán—. Creí que había cometido un error dejando intacta la auditoría… Ahora comprendo que fue una trampa.
—Una trampa para atraparlo a usted…
—Eso supongo.
—Pero a causa de su torpeza, un chaval inocente fue quien quedó atrapado en ella.
Beltrán bajó la mirada.
—Lo siento mucho. Yo no quería…
Salazar dejó caer la siguiente pregunta, antes de que Beltrán tuviera tiempo de relajarse.
—¿Qué hizo cuando descubrió que había puesto al chaval en peligro de muerte?
—Yo… Estaba desesperado… Aquello se me estaba yendo de las manos… Si algo le ocurría al chaval por mi culpa… Decidí esconderlo.
—¿Por qué no nos avisó a nosotros o a la Guardia Civil? —preguntó Remigio, sin darle tregua.
—¿Cree que después de lo que pasó con ese inspector… González, podía poner la seguridad de Unai en manos de cualquier «autoridad»? No me fiaba de nadie.
Salazar tensó los músculos de la mandíbula.
—¿Qué decidió, entonces?
—Decidí esconderlo… para ganar tiempo.
Remigio golpeó la mesa una sola vez, sin rabia, solo para resaltar sus palabras.
—Lo que decidió fue secuestrarlo.
—Solo quería protegerlo.
Salazar se levantó de la silla y comenzó a pasearse por la sala.
—Manipuló a un menor para conseguir sus objetivos, lo puso en peligro y en lugar de acudir a las autoridades, lo retuvo contra su voluntad. Visto lo visto, lejos de protegerlo, lo que hizo fue exponerlo todavía más…
—Lo lamento —murmuró Elías.
Salazar bajó el tono.
—Sin embargo, cuando Maza entró armado, usted solo se preocupó de interponerse entre él y el chico, incluso por encima de su propia seguridad.
Beltrán tragó saliva.
—No estaba dispuesto a permitir que Maza le hiciera daño.
Remigio lo observó algunos segundos, antes de hablar.
—No es un héroe, Beltrán, pero tampoco es el monstruo que creíamos.
Salazar cerró la carpeta con suavidad.
—La justicia no funciona a base de atajos, Elías.
Usted quiso corregir una injusticia cometiendo otra.
Me temo que tendrá que pagar por sus actos —Néstor se levantó de la silla—.
Sin embargo, haremos lo posible para que el juez tenga en cuenta a quién eligió proteger cuando llegó el momento decisivo.
Beltrán cerró los ojos. Remigio salió sin decir palabra. Salazar lo siguió, pero se detuvo en la puerta.
—El ajedrez enseña algo sencillo, Beltrán. No todas las piezas sobreviven a la partida… pero todas responden por sus movimientos. Después de todo, conseguirá aquello por lo que tanto se ha esforzado. Ya no tendrá que vivir escondido.
Beltrán suspiró y asintió despacio.