La sombra del gato: El peso del silencio (Inspector Salazar 14) Capítulo 62
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Capítulo 62

C uando Salazar llegó a la comisaría a los pocos minutos, ya Rebeca lo esperaba junto al Clío.

Ella le proporcionó las coordenadas de la casa de García para que las introdujera en el GPS.

La ubicación coincidía con la ruta rural que ya había deducido en el mapa.

Néstor y Rebeca intercambiaron información en el trayecto.

Quince minutos después, llegaron a su destino.

Salazar aparcó en una curva cercana, desde donde podían ver, sin ser vistos.

Salió del coche y se estiró para aliviar los músculos de su espalda, mientras analizaba el terreno y experimentaba una sensación de déjà vu .

Aquella casa tenía demasiado parecido con la que había sufrido el incendio como para tratarse de una coincidencia.

Era justo el tipo de lugar que pasaba desapercibido en aquel entorno, incluso queriendo prestarle atención.

Lo bastante lejos para no cruzarse con nadie conocido, pero con la cercanía justa para no parecer un escondite. Un lugar ideal para desaparecer.

Rebeca también se bajó del coche, lo rodeó para llegar junto a Néstor y siguió la mirada de él. Mantuvo el silencio por algunos segundos, hasta que por fin lo rompió.

—No parece un escondite.

Salazar se encogió de hombros.

—Supongo que esa es la idea. Además, Beltrán ya era discreto y un solitario antes del incendio. Cambiar de nombre no habría cambiado su forma de ser. Al contrario. Esos rasgos le habrían facilitado el trance.

—Tienes razón. Si está ahí, no creo que espere que lo encontremos.

—Cuento con ello. La sorpresa puede resultar una gran aliada.

Rebeca no respondió de inmediato. Guardaron silencio por algunos segundos, hasta que ella lo rompió.

—¿Crees que en realidad es él?

—Todo apunta a esa conclusión. Es la mejor explicación para lo que ha ocurrido —Salazar señaló la casa con la barbilla—. Este encaja muy bien en el perfil y no creo que la cicatriz en el dedo sea una coincidencia.

—Sí, yo pienso igual. ¿Qué hacemos ahora?

Salazar no respondió de inmediato. Dejó escapar un largo suspiro, antes de hablar.

—Averigüemos qué tiene que decir.

El inspector abrió la marcha con Rebeca avanzando a su lado, en dirección a la vivienda.

Una vez frente a la casa rural, llamó a la puerta sin urgencia, como si se tratara de una visita de cortesía.

El propietario abrió al tercer toque y los observó durante algunos segundos.

Sus ojos se clavaron en la corbata de aguacates de Salazar, como si esta fuera un imán.

—¿En qué puedo ayudarles? —preguntó con un leve parpadeo.

Néstor adoptó una actitud relajada.

—¿Señor García? ¿Tomás García? —El hombre asintió—. Soy el inspector jefe Salazar, de la Policía Nacional, comisaría de San Miguel. Ella es la inspectora Rebeca Araujo. Solo queremos hacerle algunas preguntas rápidas, si no le importa.

García dudó un instante y su rostro perdió el color. Entonces, se apartó y les permitió pasar.

—Por supuesto. Ustedes dirán.

La conversación empezó de forma casi rutinaria. El inspector preguntó por la casa, por el alquiler, por cuánto tiempo llevaba viviendo allí. García respondió sin titubeos, con frases medidas, sin dar más información de la necesaria. Rebeca permaneció en un segundo plano, observando en silencio.

Mientras hablaban, Salazar registró el espacio con disimulo.

La casa estaba ordenada, limpia, pero detectó pequeños detalles que no encajaban del todo: una silla fuera de sitio, un vaso vacío sobre la mesa, una manta doblada con torpeza sobre el respaldo del sofá, como si hubiera sido apartada con prisa.

García seguía de reojo cada movimiento de la mirada de su visitante. El tono de las preguntas cambió poco a poco. Salazar iba introduciendo pausas más largas, que obligaban a su interlocutor a llenar el silencio.

—¿Vive solo, Tomás? —preguntó con tono casual.

—Sí. Siempre he sido bastante solitario.

Salazar asintió, sin darle importancia.

—¿Recibe visitas?

—Muy pocas. Casi ninguna.

Rebeca percibió la tensión, antes de que se manifestara del todo. García comenzó a responder demasiado rápido, como si quisiera adelantarse a las preguntas.

Mientras Tomás hablaba, Salazar detectó un detalle que atrajo su mirada como si fuera un imán.

Sobre la mesa del comedor había un tablero de ajedrez con una partida a medio terminar.

Antes de que pudiera llegar a ninguna conclusión, se escuchó un ruido seco detrás de una puerta cerrada, al fondo del pasillo.

Un golpe breve, accidental: un objeto pesado que cayó al suelo.

El inspector se quedó en silencio, intercambió una mirada rápida con Rebeca y frunció el ceño.

—No tiene importancia —dijo Tomás con rapidez—. El gato. Siempre anda tirándolo todo.

Salazar no respondió a la explicación. Entornó los ojos y se quedó en silencio, prestando atención.

No hubo pasos después del golpe, ni sonidos que delataran movimientos curiosos.

Tampoco ningún roce inquieto detrás de la puerta.

El inspector deslizó la mirada por la sala con aparente desinterés.

La manta del sofá estaba limpia y libre de pelos; el aire no tenía rastro de arena ni de productos fuertes.

Nada en el ambiente delataba la presencia de un animal que viviera allí.

El policía no lo contradijo. Se limitó a asentir y continuar la entrevista sin hacer ningún comentario, pero con parte de su atención centrada en la habitación del fondo.

—Es una casa bastante grande para alguien solo. ¿Usa todo el espacio?

Beltrán sonrió con rigidez.

—Depende del día.

Volvieron a escucharse ruidos en la habitación. Esta vez se trató de algo más claro: pasos. Salazar inclinó el cuerpo hacia el pasillo con la clara intención de avanzar. García reaccionó de inmediato y se interpuso con una naturalidad fingida, como quien quiere ayudar.

—De verdad, inspector, no merece la pena. Es solo el cuarto donde guardo los trastos.

Salazar intercambió una rápida mirada con Rebeca y volvió a Tomás.

—Apártese, García, si hay una persona ahí, está en peligro.

Tomás no se movió. El inspector se disponía a avanzar, a pesar de la resistencia de su anfitrión, cuando un sonido que provenía de la puerta principal desvió su atención.

Un coche había frenado de golpe sobre la grava. Dos segundos después, la vieja cerradura de la puerta principal cedió a la violencia de una patada. Antes de que nadie pudiera reaccionar, el responsable del allanamiento entró, armado con un revólver. Era la primera vez que Salazar lo veía.

Beltrán se movió primero. Dio un paso torpe hacia delante y se colocó frente al pasillo, bloqueando el acceso a la habitación. El gesto fue instintivo, casi desesperado, más protector que estratégico. Le temblaban los hombros.

—Maza… —dijo en un murmullo apenas audible.

Salazar no necesitó más. Juan Maza, el antiguo director financiero de la bodega, ahora consultor externo. El mismo que había descartado la importancia del documento encontrado en el usuario de Unai. El nombre encajó a la perfección con todo lo que llevaba horas creciendo en su cabeza.

—Control —murmuró el inspector para sí.

El recién llegado avanzó un paso, con el arma en alto y la mirada cargada de determinación.

Salazar se desplazó lo justo, interponiendo su cuerpo entre el intruso y los demás.

—Suelte el arma, Maza —ordenó con voz firme—. No se meta en más problemas de los que ya tiene.

Rebeca ya estaba en movimiento. Aprovechó el desplazamiento de Salazar para ganar ángulo. Sacó su arma con fluidez, todavía sin apuntar, pero dejando claro que estaba dispuesta a hacerlo.

—¡Quieto! —gritó Rebeca—. No dé un paso más.

Beltrán aprovechó la distracción y se movió despacio para impedir la entrada al pasillo, como si lo único que le importara fuera lo que había detrás de la puerta del fondo. Maza los miró a todos con desprecio, como si fueran un simple incordio que apartar de su camino.

—No sabía que Beltrán tenía compañía. De cualquier modo, terminemos esto de una vez —apuntó al pecho de Salazar, al mismo tiempo que se dirigía a Rebeca—. Si no dejas el arma en el suelo, tu amigo se muere.

Rebeca se quedó inmóvil, sin soltar su pistola, pero sin atreverse a levantarla. Maza avanzó un paso para acercarse a Salazar.

—¿No me escuchaste? ¡Te dije que la sueltes!

Desde afuera se oyeron gritos, pasos, órdenes.

Miguel, Remigio y dos agentes entraron sin remilgos.

Todo ocurrió en segundos. Se escucharon dos disparos simultáneos.

Salazar y Maza cayeron al mismo tiempo. Salazar escuchó el silbido de la bala que pasó junto a su oreja, justo cuando se tiró al suelo.

Antes de que tuviera tiempo de reaccionar, Rebeca ya estaba junto a él, tocándolo y buscando la herida.

—¿Estás herido? ¿Dónde te dio?

Néstor se incorporó un poco y comenzó a palparse a sí mismo. Entonces, negó con la cabeza.

—Estoy bien —anunció con voz todavía temblorosa—. Estuvo cerca, pero la bala no me alcanzó.

—¿Estás seguro? Quizá lo mejor es que te revisen los técnicos sanitarios.

Pedrera se acercó a la pareja y le tendió la mano a Salazar, para ayudarlo a incorporarse. Al inspector jefe todavía le temblaban las piernas. En cuanto estuvo de pie, palmeó el hombro de Miguel.

—Gracias, colega. Me salvaste la vida.

—Pues este no puede decir lo mismo —anunció Remigio, que se había agachado para examinar el cuerpo de Maza— Ya no volverá a amenazar a nadie.

Néstor desvió la mirada hacia Tomás, que permanecía en la entrada del pasillo, incapaz de moverse.

—Tendrá que venir con nosotros a la comisaría, Beltrán —Entonces, se dirigió a los agentes—. Fichadlo por falsedad documental. Ya nos ocuparemos del resto de los cargos más adelante. Avisad a su abogado.

Los policías asintieron y avanzaron para obedecer la orden. Beltrán siguió las instrucciones de los agentes sin oponer resistencia. Se dejó esposar con docilidad, sin pedir explicaciones ni intentar justificarse. Incluso, pareció aliviado. Antes de que se lo llevaran, buscó a Salazar con la mirada.

—En aquel cajón encontrará la llave de la habitación.

Entonces, bajó la cabeza y avanzó hacia la salida, escoltado por los guardias y aceptando su suerte.

El silencio se volvió profundo y expectante.

Salazar tardó algunos segundos en recuperarse del susto.

Todavía le temblaban las piernas y una sensación de vacío le subía desde la pelvis.

En cuanto recuperó el control de su propio cuerpo, se acercó al cajón señalado por Beltrán y cogió la llave que había mencionado.

Entonces, avanzó por el pasillo con paso firme.

Rebeca lo acompañó en silencio. Ambos caminaron despacio, con la cautela de quien ya no espera una amenaza inmediata, pero tampoco sabe lo que va a encontrar.

Rebeca mantenía el arma en la mano, apuntando al suelo.

La puerta del fondo estaba cerrada, pero la llave desbloqueó la cerradura y el picaporte giró sin ninguna resistencia.

Antes de empujarla, Salazar apoyó la mano en la madera y habló en un tono tranquilizador, casi paternal.

—¡Unai! Soy el inspector Salazar, de la comisaría de San Miguel. Ya puedes salir. Todo ha terminado.

Durante un instante solo hubo silencio. Luego, al otro lado, se escuchó un ligero roce, acompañado por un gemido.

Salazar y Rebeca intercambiaron una mirada.

Entonces, él empujó la puerta despacio. Unai se encontraba allí, sentado en el suelo, con la espalda contra la pared, abrazándose las rodillas.

Tenía los ojos muy abiertos, la respiración acelerada y las manos temblorosas, pero estaba sano y salvo.

Aunque no llevaba ataduras, parecía muy asustado.

Cuando los vio, se deslizó un poco hacia atrás, contra la pared, como si quisiera atravesarla para huir.

Centró la mirada en Rebeca, buscando consuelo.

—¿De verdad son policías? —preguntó con voz temblorosa—. ¿No me están mintiendo?

Néstor le sonrió, manteniendo una distancia respetuosa, al mismo tiempo que Rebeca guardaba su arma y se acercaba al chico. Se agachó cuando llegó a su lado.

—Somos policías y hemos venido a rescatarte, Unai —le dijo ella, con voz dulce—. Ya pasó. Estás a salvo y te llevaremos con tu madre.

En un movimiento instintivo, Unai abrazó a Rebeca y rompió a llorar.

—Gracias —dijo entre sollozos—. Él me advirtió que no podía regresar a casa porque alguien me quería matar por haber tocado aquel documento. Que, si lo hacía, mi madre también correría peligro. Tenía mucho miedo.

—Ya todo está bien, Unai —lo consoló Rebeca—. Nadie volverá a amenazarte.

Salazar dejó escapar un suspiro de alivio, al mismo tiempo que observaba la habitación.

No se trataba de una celda. Nada en ella señalaba un cautiverio a la usanza habitual.

Cuando Rebeca consiguió tranquilizarlo, Unai se levantó con la ayuda de Néstor y avanzó hacia la salida con el apoyo de Rebeca, que lo rodeó con sus brazos en un gesto protector.

El alivio del resto del equipo fue evidente cuando Unai apareció en el pasillo.

Ya los agentes se habían llevado a Beltrán.

Al llegar a la sala, los ojos de Unai se centraron en el cadáver de Maza y el chico retrocedió un paso por instinto.

—¿Quién… quién es ese hombre? ¿Está muerto?

Rebeca reforzó el abrazo y Salazar, que avanzaba un paso por detrás, le habló con voz tranquilizadora.

—No debes preocuparte, Unai. Ese hombre ya no podrá lastimarte. Te llevaremos a casa y todo estará bien.

Los agentes ya se habían ocupado de levantar el perímetro.

Antes de salir de la casa, Salazar se detuvo un instante y miró atrás.

Se trataba de un lugar perfecto para desaparecer, pero no lo suficiente para esconder la verdad por tiempo indefinido.

Rebeca anunció que se ocuparía de llevar a Unai al hospital para un reconocimiento y que también avisaría a su madre.

Néstor estuvo de acuerdo, le ordenó a Ander que los llevara en la patrulla y a Miguel y al otro agente que se quedaran para esperar a Científica, mientras él y Remigio regresaban a la comisaría.

Una vez en San Miguel, Salazar y Remigio pusieron al día a Ángela acerca de lo que había ocurrido, mientras esperaban la llegada del defensor de Beltrán, para iniciar el interrogatorio.