Capítulo 61
A l mismo tiempo que Salazar buscaba pistas en el taller de Teófilo, Rebeca se centró en investigar el perfil de Beltrán, desde la comisaría.
Ella estaba segura de que habría cambiado su nombre, pero no su forma de vivir.
Sus hábitos, sus gustos… se los habría llevado a su nueva vida.
Antes de sumergirse en su búsqueda, la inspectora escaneó la sala con la mirada: Miguel y Ángela, que ya habían recibido la grabación del aparcamiento junto a la biblioteca, hacían comentarios en voz baja sobre las imágenes en las que trataban de identificar al sujeto, que se dedicaba a vigilar a Unai.
—Necesitamos cualquier detalle que rompa la normalidad —comentó Miguel en voz baja, pero audible.
Ángela asintió, al mismo tiempo que tomaba notas sobre una hoja en blanco. Rebeca miró a Remigio, y lo vio centrado en la conversación que sostenía por teléfono, al mismo tiempo que miraba la pantalla de su ordenador.
La inspectora volvió a lo suyo y pasó la mañana hablando con pequeños propietarios y gestores rurales.
Solo se presentó como policía cuando fue imprescindible.
A todos les hizo la misma pregunta, y la formuló como si no tuviera importancia: quiso saber sobre casas alquiladas desde hacía tiempo a una sola persona, sin problemas, sin visitas, sin nada relevante.
Se enfocó en conductas normales que resultaban demasiado silenciosas.
Tenía abiertas varias fichas de alquileres rurales en un mapa salpicado por puntos.
Se trataba de casas dispersas en los límites de Haro, en caminos que no aparecían en las primeras búsquedas, en lugares donde la gente no va si no tiene un motivo.
Pasó al siguiente perfil. Se trataba de un jubilado que vivía solo, era puntual con los pagos y recibía visitas de un hijo los fines de semana.
Lo descartó. El siguiente: una pareja con contrato temporal.
Los dejó de lado y continuó. Era gente que prefería una vida aislada y tranquila, pero sin ninguna conexión con el perfil que buscaban.
Rebeca avanzó. El siguiente expediente era de una casa aislada, con camino de acceso propio y alquilada desde hacía algunos años. La inspectora se detuvo en aquel contrato. Correspondía a un solo inquilino que pagaba con puntualidad obsesiva. Aquello era interesante.
La inspectora comprobó el historial de consumos: era bajo, regular… controlado. Buscó entregas… Nada. Ni paquetes recurrentes, ni compras grandes, ni movimientos que alguien pudiera recordar.
Rebeca tiró de la base de datos, localizó las parcelas colindantes y anotó tres nombres. Entonces, cogió el teléfono y marcó el número del cuartel de la Guardia Civil que cubría los alrededores de Haro.
—¿En qué puedo ayudarla, inspectora? —preguntó el guardia, en cuanto ella se identificó.
—Estoy revisando una casa rural en su área. Le paso la ubicación. Está cerca de la LR-202, después del desvío a Anguciana, unos ochocientos metros, al este. Le envío las coordenadas.
Rebeca manipuló el teléfono para enviar la información. Hubo una pausa.
—Sí… me suena la zona.
—¿Qué puede decirme del inquilino?
—No mucho, inspectora. No hay duda de que allí vive alguien, pero no es muy sociable.
—¿Algo reseñable?
—El tío es un poco ermitaño, pero eso no es extraño entre los vecinos de esa zona.
Rebeca le dio los nombres de las personas que vivían más cerca de la casa rural y que acababa de copiar del registro.
—Necesito teléfonos de estos vecinos. Es urgente.
—Se los enviaré enseguida.
La inspectora le agradeció al guardia por su colaboración y terminó la llamada.
Entonces, observó la pantalla. La ubicación de la casa era perfecta.
Lo bastante cerca de Haro para no sentirse expulsado del mundo y lo bastante lejos para no pertenecer a él.
Entonces, se centró en el inquilino. Su nombre era Tomás García.
Se trataba de un consultor que ofrecía sus servicios en línea.
Sin oficina física, horario ni rostro. Muy conveniente. La voz de Ángela atrajo su atención.
—Aquí. ¿Lo ves? Siempre aparca en el mismo sitio.
Miguel se inclinó hacia delante.
—Sí, tienes razón. Es el mismo coche oscuro ocupando el mismo espacio que en las grabaciones anteriores. Siempre ahí, como si esa plaza le perteneciera. Eso no es casualidad.
Ángela hizo algunos movimientos con el ratón.
—Siempre llega antes que el chico y se va después. ¿Cómo sabía…?
—Lo vigilaba desde el instituto y cuando comprobaba que iba en dirección a la biblioteca, se le adelantaba y lo esperaba allí —dedujo Miguel—. Eso quiere decir que su interés por Unai estaba relacionado con sus visitas a la biblioteca.
Ambos se mantuvieron observando la pantalla durante algunos segundos, hasta que Ángela señaló un punto.
—¿Lo ves? En la trasera.
Miguel entornó los ojos.
—Una pegatina.
—O lo que queda de ella. Se ve que intentaron arrancarla con poco éxito.
Pedrera asintió despacio.
—No es una matrícula, ni nos permite identificar el coche o el propietario con facilidad, pero con un poco de suerte, puede ser un hilo del cual tirar. Llama a la DGT.
Ángela cogió el teléfono y se comunicó enseguida.
—Soy la subinspectora López, de la comisaría de San Miguel.
Tenemos una alerta sobre un vehículo, presuntamente implicado en un secuestro.
Es un turismo oscuro, luna trasera con pegatina circular blanca en el lado derecho.
Necesito difusión inmediata y revisión de cámaras en vías principales y accesos a Haro.
Ángela asintió al escuchar la respuesta y colgó. Miguel se cruzó de brazos, sin dejar de mirar la pantalla.
—Es un coche viejo, pero está bien cuidado —comentó el inspector—. Eso dice mucho de su propietario.
Ángela lo miró de reojo.
—Se trata de alguien detallista, cuidadoso, que no improvisa.
Miguel no respondió. Esta vez fue él quien manipuló el ratón.
—Observa al sujeto… No parece nervioso. Está centrado, fuma con tranquilidad y no parece tener prisa…
—Hasta que sale Unai —puntualizó Ángela—. Entonces, sí se mueve con rapidez, sube al coche y desaparece, siempre en la misma dirección.
Miguel asintió.
—Este sujeto sabe mantener a raya sus emociones.
—Pues el del servidor hizo lo mismo —intervino Remigio desde su escritorio.
Miguel parpadeó, como si hubiera olvidado la presencia de su compañero.
—¿Cómo?
—He tenido una larga conversación con Toni, mientras rastreábamos a control_srv. Este sujeto entró una vez en el servidor, hizo lo justo, cerró y desapareció.
El silencio llenó la sala común, hasta que Ángela lo rompió.
—No estamos hablando de lo mismo… pero sí del mismo tipo de persona.
Remigio sacudió el bolígrafo, en un gesto que celebraba el acierto de la subinspectora.
—Las piezas comienzan a rozarse —comentó Miguel, enderezando la espalda—. Todavía no encajan, pero ya no están sueltas. Tenemos dos cosas: un tío que entra en un servidor, solo cuando algo se mueve. Y un tío que espera fuera de una biblioteca sin hacer nada… hasta que el chico se va.
—No sabemos si es el mismo —comentó Rebeca, que seguía la conversación.
—No —reconoció Remigio—, pero Miguel tiene razón, el patrón de comportamiento es similar.
La melodía del móvil de Miguel interrumpió la discusión. Su expresión cambió cuando vio la pantalla.
—La DGT —anunció y la expectativa llenó la sala.
Miguel respondió la llamada y sostuvo una conversación corta, en la que hizo preguntas muy concretas. Cuando finalizó, escaneó a sus compañeros con la mirada.
—Una cámara de tráfico lo acaba de pillar saliendo de Logroño en dirección hacia aquí. Mismo modelo, color y pegatina. ¡Tiene que ser él!
Remigio frunció el ceño. Su voz salió cargada de decisión.
—¿Y qué demonios estamos esperando? —Entonces, se giró hacia Ángela—. Nos respaldarás desde aquí. Pide apoyo. Una patrulla debería ser suficiente por el momento.
—¿Solo una? —protestó Miguel— No sabemos…
—Solicitaremos más si es necesario.
Ángela ya estaba llamando. Remigio se levantó.
—Vamos.
Miguel asintió, cogió la chaqueta y avanzó hacia la salida, seguido por Remigio.
Antes de que Rebeca tuviera oportunidad de reaccionar, su ordenador anunció la entrada de un mensaje en el correo de la comisaría: los teléfonos de los vecinos.
Volvió a centrarse en lo suyo. El primer número no dio respuesta.
El segundo estaba desactualizado. Tuvo más suerte con el tercero.
Rebeca se identificó, restando importancia a sus preguntas.
—¿García? —repitió el testigo—. Sí, claro que sé quién es, aunque no podría decir que lo conozco bien. Vive en esa casa desde hace tiempo, pero es bastante reservado.
—¿Algo que le haya llamado la atención sobre él?
—No. Es bastante corriente. Ya me entiende… pasa desapercibido.
Rebeca decidió probar suerte.
—¿Usa algo que destaque?
—No, que yo haya visto.
—¿Algún detalle físico fuera de lo normal?
El hombre dudó.
—No… Bueno… Sí hay algo, aunque no creo que tenga ninguna importancia. —añadió el vecino—. Una marca en la mano.
—¿De qué se trata?
—En el dedo anular derecho, donde podría ir un anillo, tiene una cicatriz bastante evidente. Parece una quemadura antigua.
La inspectora le agradeció al vecino su colaboración y terminó la llamada. Entonces, marcó el número de la bodega. Le respondieron al segundo tono. La secretaria le pasó con el director ejecutivo.
—¿En qué puedo ayudarla, inspectora? —preguntó Ríos.
—¿Beltrán tenía alguna cicatriz visible en la mano?
—Sí.
Rebeca cerró los ojos un segundo. Ahí estaba.
—¿Dónde?
—En uno de los anulares. Era una franja que rodeaba la base del dedo como un anillo.
—¿Sabe cómo se la hizo?
Se oyó un leve resoplido al otro lado.
—Sí, me lo contó en una ocasión. Al parecer, le ocurrió cuando era muy joven.
En esos días vivía en el centro de Haro.
La alarma del coche se volvió loca y estuvo horas sonando.
La había escuchado, pero no sabía que era la suya.
Cuando lo comprendió, bajó para resolverlo.
Los vecinos, hartos del ruido, comenzaron a insultarlo desde las ventanas.
Se puso nervioso, abrió el capó… y trató de desconectar la batería.
Usaba un anillo y tocó el borne por accidente.
El anillo explotó, dejándole una quemadura cuya cicatriz nunca desapareció.
—Muchas gracias —dijo Rebeca, antes de colgar.
La inspectora permaneció con el teléfono en la mano durante algunos segundos. Era suficiente… El mismo perfil, el aislamiento, la misma cicatriz. Ya no le quedaba ninguna duda de que Elías Beltrán y Tomás García eran la misma persona.
Rebeca buscó el contacto de Néstor para informarle acerca de su descubrimiento.
Él la escuchó sin interrumpirla, recordando el detalle que había mencionado Teófilo sobre la mano. Ya lo tenían.
—Envíame la dirección. Iré a hacerle una visita.
—De acuerdo. Voy contigo.
—Estoy cerca de la comisaría. Espérame en la puerta.