Capítulo 60
M ientras el resto del equipo se ocupaba de sus correspondientes tareas, Salazar abandonó la sala común y bajó las escaleras para salir de la comisaría.
Cruzó la calle y entró en la plaza. El avance de la mañana ya había desplazado el frío de la primera hora, y un sol cálido que se filtraba entre las nubes daba la bienvenida a los transeúntes y algún que otro turista despistado.
Salazar avanzó con una determinación que no admitía distracciones.
Se internó por una de las callejuelas estrechas y el ambiente cambió, como si hubiera cruzado un portal para entrar en otro mundo.
Los edificios se alzaban agolpados como centinelas, impidiendo el paso de la luz del sol y atrapando el frío y la humedad.
El inspector apuró el paso, recorriendo la calle Padre Risco, hasta que alcanzó la vieja fachada ya conocida.
El taller de Teófilo tenía el mismo aspecto de siempre: con sus paredes enmohecidas y la pequeña puerta, que daba la impresión de no ser capaz de mantener su integridad si se la golpeaba con el puño.
Aun así, él lo hizo. Los goznes sonaron cuando Teófilo la abrió.
—Inspector, no esperaba verlo por aquí. Pase.
En cuanto Salazar entró, fue consciente del frío artificial que se coló a través de su gabán y del penetrante olor de los solventes de la tinta.
La luz era intensa y se reflejaba en las máquinas de impresión nuevas, cuya modernidad contrastaba con la fachada cutre.
Borona estaba al fondo, de pie, con los brazos cruzados y ocupando espacio como si fuera parte de la estructura del local.
Se mantuvo en silencio, mirando a Salazar con la misma desconfianza con la que otros miran una grieta en la pared, evaluando si va a ceder.
Néstor lo ignoró y esperó, mientras Teófilo comprobaba que nadie hubiera sido testigo de su visita al taller. Una vez satisfecho, Núñez cerró la puerta y se acercó al policía.
—¿Qué lo trae por aquí, inspector? ¿En qué nuevo lío me quiere meter?
Salazar se encogió de hombros.
—¡Vamos, Teo! Ningún lío. Solo quiero hacerte un par de preguntitas sobre un posible cliente de hace tiempo. Creemos que se hizo pasar por muerto y cambió su identidad.
El ex falsificador usó un trapo para limpiarse la tinta de las manos con poco éxito. Las manchas siguieron adheridas a sus dedos.
—¿Y por qué viene a preguntarme a mí? Sabe que ya no me dedico a eso.
—Este habría sido un cliente de hace ocho años.
—En aquellos días yo no era el único que hacía ese tipo de trabajo.
—Vamos, Ambos sabemos que eras el mejor en tu «oficio», Teo. Y no se puede decir que tuvieras mucha competencia en Haro.
Núñez intercambió una mirada con su socio, mientras Salazar se sentaba como si dispusiera de todo el día. Borona soltó un gruñido, al mismo tiempo que Teófilo dibujaba una mueca de resignación.
—Ocho años es mucho tiempo para recordar a un cliente específico. Como podrá suponer, no guardo archivos de aquellos trabajos. Eran el tipo de asunto que se terminaba y se olvidaba.
Salazar se apoyó en el respaldo de la silla, cruzó las piernas y comenzó a balancear la que estaba arriba.
—Confío en tu memoria, Teo. No vengo a pedirte nada concreto. Solo quiero saber si el asunto te suena.
—Este tío no me gusta, Teo —protestó Borona desde su rincón—. Uno de estos días nos llevaremos un disgusto por su culpa.
En un gesto automático, Teófilo levantó una mano sin mirarlo. Borona guardó silencio.
—Muy bien, inspector. ¿De qué se trata?
Salazar llenó sus pulmones de aire.
—Hablamos de un cliente solitario, sin relación con el mundo criminal. Buscaba una nueva identidad sin muchas pretensiones y sin saber muy bien por dónde empezar. Tal vez se mostró inseguro.
Teófilo frunció el ceño.
—A bote pronto, no recuerdo a nadie así.
—Quizá le preocupaban los costos —continuó Salazar—. Habría pedido un DNI con un nombre común. Algo que no llamara la atención. Solo habría necesitado que fuera suficiente.
Teófilo se quitó las gafas despacio y las dejó sobre la mesa.
—Reconozco que eso no era lo habitual. Los clientes suelen… solían pedir paquete completo. Ya sabe, además de DNI, pasaporte, registros de nacimiento falsos… Ese tipo de cosas. Lo suficiente para comenzar de nuevo, casi siempre muy, muy lejos.
—Este no —insistió el policía—. Este quería quedarse cerca, pero con otra identidad que le permitiera mantenerse invisible.
Hubo un silencio breve y Teófilo miró al suelo, como si repasara una lista que solo existía en su cabeza. El inspector continuó definiendo el perfil.
—Estamos hablando de un tío de aspecto común y corriente, poco versado en estos asuntos, pero que sabía lo que quería con exactitud.
Después de pensarlo por un largo rato, Teófilo asintió.
—Me suena. No le voy a mentir, inspector: no recuerdo nombres. Nunca los recuerdo, pero la descripción sí me resulta familiar.
—¿Qué recuerdas?
Teófilo se pasó una mano por la nuca.
—Recuerdo un tío que tenía prisa… lo cual era bastante habitual. Parecía cansado, como si hubiera recorrido un camino empedrado y quisiera comenzar desde cero. No era del mundillo. Eso era lo extraño. Actuaba como un animalillo indefenso atrapado en una trampa.
—¿Algún detalle que lo hiciera reconocible?
Teófilo comenzó a negar con la cabeza, pero se detuvo a mitad del recorrido.
—Espere, sí. Había algo. Recuerdo que me llamaron la atención sus manos.
—¿Por qué?
—Eran manos de oficinista. Ya sabe… sin callos.
Sin embargo, tenía una marca en un dedo.
Era una franja estrecha en forma de anillo en la base del dedo anular de la mano derecha.
Parecía la cicatriz de una quemadura, donde en algún momento debió haber un anillo.
Como si este hubiera dejado un rastro indeleble después de retirarse.
Salazar tomó nota mental.
—¿Algo más?
—No.
—¿Recuerdas qué te pidió?
Teófilo se encogió de hombros.
—Solo quería algo que sirviera. Ya sabe, lo suficiente para empadronarse, hacer un contrato de alquiler, abrir una cuenta bancaria… ese tipo de cosas. Que no chirriara. Lo único que exigió fue que no llamara la atención. Quería un nombre común que se olvidara con facilidad.
Borona volvió a gruñir por lo bajo. Teófilo lo miró de reojo.
—¿Tú también lo recuerdas? —Su compañero negó con la cabeza despacio —. Pues yo recuerdo que no te cayó mal. Y reconozco que eso es raro.
Borona no respondió. Solo cambió de postura. Salazar dejó pasar un segundo y continuó preguntando.
—¿Volvió en alguna oportunidad? ¿Pidió algo más?
Teófilo negó con la cabeza.
—No, nunca volvimos a verlo.
Salazar asintió, despacio.
—¿Puedes decirme algo más de ese sujeto?
El exfalsificador se puso las gafas como si se preparara para reanudar el trabajo que había interrumpido el policía.
—Lo lamento, inspector. No recuerdo nada más.
Néstor se levantó de la silla y se acercó a la puerta.
—Gracias, Teófilo.
—Inspector —lo llamó el informante, antes de que saliera—. Ese hombre no buscó papeles falsos para huir o cometer un delito… los buscó para resistir.