La sombra del gato: El peso del silencio (Inspector Salazar 14) Capítulo 59
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Capítulo 59

E n su despacho, Salazar cerró la carpeta y por un momento se quedó pensando en las conclusiones a las que había llegado.

Por primera vez desde la desaparición de Unai, había comenzado a vislumbrar una vía de investigación concreta en aquella maraña de falsedades que convirtieron al chico en una víctima.

A pesar de que ya Unai llevaba dos días desaparecido, ellos apenas estaban comenzando a entender el tablero, así que no había tiempo que perder.

El inspector jefe se comunicó con Lali y le pidió que le avisara al equipo que llevarían a cabo una reunión urgente. Pocos minutos después, la eficiente secretaria le informó que ya lo estaban esperando en la sala común. Todos, excepto Pedrera, que venía en camino.

Salazar salió de su despacho y subió las escaleras de dos en dos.

El sonido de sus pasos rebotó en las paredes.

Entró en la sala común y todas las miradas se centraron en él.

Cada uno de sus colegas ocupaba su escritorio.

La luz de la pantalla de Ángela se reflejó en sus gafas, al mismo tiempo que sus dedos se quedaron inmóviles sobre el teclado.

Rebeca hizo un par de clics en el ratón para guardar la información en la que trabajaba, y Remigio apoyó los brazos cruzados sobre su mesa, antes de romper el silencio.

—Espero que la convocatoria a la reunión signifique que tienes algo, porque lo que soy yo, solo he conseguido terminar con los ojos irritados. Revisé todos y cada uno de los accidentes investigados por Domingo. Para mi sorpresa, todo está en orden.

—O eso parece —puntualizó Salazar.

Toro se encogió de hombros.

—Solo puedo decirte que no encontré ninguna grieta ni contradicción. Nada que me hiciera sospechar. ¡Y lo revisé con lupa! Si Domingo hizo de las suyas en alguno de esos casos, supo disimularlo bien.

Néstor asintió.

—Estoy seguro de que hiciste un buen trabajo, Remigio. Domingo sabía cubrir sus huellas. Pasó demasiados años engañándonos a todos y solo el azar permitió que lo descubriéramos. En cualquier caso, cerraremos esa vía —Salazar se volvió hacia Rebeca—. ¿Qué te dijo Toni?

La inspectora suspiró.

—Consiguió identificar la cuenta que cerró los permisos después de que Unai tocó la auditoría. La conexión remota no utilizó un usuario normal. Entró con una cuenta interna del sistema.

Salazar entornó los ojos.

—¿Cuál?

Rebeca se apoyó en el respaldo del asiento.

—«Control_srv».

Remigio frunció el ceño.

—¿Eso qué significa?

—Una cuenta de servicio. De las que suelen quedar mezcladas entre procesos automáticos del servidor —respondió Ángela.

—¿Por qué Informática no la detectó antes? —preguntó Remigio.

—Porque Toni la identificó cuando revisó la autenticación —explicó Rebeca—, para lo cual, debió pasar primero por un extenso protocolo de comprobaciones. Por eso demoró tanto en encontrarla.

Salazar asintió.

—¿Toni está seguro de que esa cuenta fue la que llevó a cabo la intrusión?

—La sesión asociada a control_srv coincide con todos los cambios que detectamos después de que Unai copió la auditoría. El acceso fue limpio y rápido. El sujeto sabía lo que tenía que hacer.

Remigio resopló.

—Estaba preparado.

Néstor suspiró, antes de llegar a una conclusión preocupante.

—Fue una trampa. Unai quedó atrapado en fuego cruzado.

El silencio llenó la sala durante algunos instantes. Entonces, Salazar le dio la palabra a Ángela.

—Ya terminé de revisar el volcado completo del chat de ajedrez, pero no encontré nada nuevo.

El inspector jefe asintió.

—Debo reconocer que no esperaba mucho más.

Ese chat ya ha dado de sí lo suficiente.

De hecho, nos condujo al camino correcto.

Es evidente que Tablero manipuló al chaval para que se interesara en los documentos que él quería sacar del olvido.

En este asunto veo dos actores con objetivos distintos.

O más bien, opuestos. Tablero quería reactivar el interés sobre el viejo documento, mientras Control se esforzaba por mantenerlo oculto.

—Dos fuerzas en oposición y el chico en el medio —comentó Remigio.

—¿Quién puede ser Tablero? —preguntó Ángela.

Salazar cogió aire.

—Ese es el motivo de esta reunión. Tengo algunas sospechas al respecto…

Salazar explicó sus dudas acerca de la muerte de Beltrán y los motivos que lo habían llevado a preguntarse, si el antiguo empleado de la bodega podría continuar con vida.

—… Si Beltrán sigue vivo, no creo que tenga al chico —concluyó por fin—, pero sí es probable que cuente con información privilegiada acerca de todo este asunto. Y alguien lo sabe…

—Control —sentenció Rebeca.

Remigio se acomodó en el asiento, antes de intervenir.

—Tengo que reconocer que tus sospechas tienen sentido. Hay suficientes motivos para indagar más a fondo. Si Beltrán sigue con vida…

Salazar asintió.

—Teniendo en cuenta la «coincidencia» de su interés por el ajedrez, podría tratarse de Tablero.

—Lo cual significaría que Beltrán estaría tratando de reactivar el interés sobre el desfalco —dedujo Remigio—. Si era el principal sospechoso, ¿por qué haría eso? No tiene lógica.

Rebeca sacudió el bolígrafo para llamar la atención, antes de hablar.

—A menos que sea inocente y quiera limpiar su nombre.

—Es un buen punto. Además, existe alguien a quien le interesa que el caso permanezca cerrado —concluyó Salazar.

—De nuevo, control_srv.

Para Salazar todo había comenzado a encajar. Se enfrentaban a dos fuerzas en pugna: una quería que el pasado saliera a la luz y la otra que permaneciera enterrado.

El ambiente estaba cargado de tensión cuando Miguel apareció en la puerta. Entró con paso decidido y anunció que tenía algo. Después de relatar la entrevista con el testigo, la existencia del coche oscuro y la posibilidad de que hubiera sido captado por una cámara municipal, concluyó:

—Me sorprendería que la grabación nos diera una identidad, pero el sujeto ya no es un fantasma. Existe un patrón.

—Es una excelente pista —reconoció Salazar.

Néstor se quedó en silencio por algunos segundos, mientras meditaba acerca de los siguientes pasos. Cuando la estrategia estuvo clara en su cabeza, comenzó a repartir las tareas que les permitirían avanzar.

—Vamos a separarlo bien: son dos líneas y ninguna puede esperar —Miró primero a Miguel—. Ocúpate de seguir la pista del coche. A ver hasta dónde nos lleva.

Pedrera asintió. Entonces, Salazar giró la cabeza.

—Ángela, quédate con Miguel. Cuando lleguen esas grabaciones, las miráis juntos. Quiero que tú te centres en los patrones: horarios, repeticiones, maniobras que no cuadran. Si ese vehículo pertenece a alguien relacionado con la bodega, quiero saberlo antes de que acabe el día.

—Sí, señor.

Luego, llegó el turno de Toro.

—Remigio, a partir de ahora, tu foco es el usuario externo: control_srv .

Quiero saber qué tipo de persona es, qué nivel técnico necesitó para hacer lo que hizo y desde dónde pudo operar.

Nos interesa descifrar si es alguien que entra con regularidad o si su ingreso al servidor fue una excepción. Acótalo.

Remigio levantó los pulgares. Entonces, Salazar miró a Rebeca.

—Rebeca, tú irás a por Beltrán. Olvida su pasado.

Céntrate en el tío que podría seguir andando por ahí con otro nombre.

Busca indicios de una vida posterior al incendio.

Ya sabes, ese tipo de rastros que no hacen ruido: alquileres, citas médicas, gestiones pequeñas, cosas que no levantan sospechas, pero dejan huella.

Yo iré por un lado y tú por otro. Nos mantendremos en comunicación constante.

Si está vivo, alguien tuvo que ayudarle a reaparecer con una nueva identidad.

Sé que dar con él será como buscar una aguja en un pajar, pero confío en ti.

Rebeca asintió.

—Me pondré a ello de inmediato.

Néstor respiró profundo.

—Yo me ocuparé de tratar de descubrir el nuevo nombre de Beltrán. Nos comunicaremos en cuanto surja algo. Lo que sea. Cualquier detalle podría hacernos avanzar.

Salazar permaneció de pie un segundo más, estudiando el tablero improvisado que empezaba a formarse en su cabeza: dos hombres, dos intereses encontrados, un chico en medio… Y el tiempo jugando en su contra.