Capítulo 58
A l mismo tiempo que Salazar seguía el rastro del dudoso fallecimiento de Beltrán, y el resto del equipo trataba de acotar la investigación, cada uno desde su propio enfoque, Miguel llegó frente a la biblioteca, detuvo el coche en batería en el aparcamiento junto al edificio y se quedó unos minutos en su interior, mientras pensaba en una estrategia.
Teniendo en cuenta los horarios que Ángela había afinado la noche anterior, decidió que debía centrarse en dos franjas temporales muy concretas: el cuarto de hora antes de que Unai entraba en la biblioteca y el cuarto de hora después de su salida.
Ese era el margen durante el cual, el chico habría estado más expuesto a la vigilancia de un extraño que pasara desapercibido.
Una vez que tuvo clara su estrategia, salió del coche y permaneció unos segundos cerca del edificio municipal, como un transeúnte casual que esperara a alguien.
Miguel escaneó los alrededores con la mirada.
No buscaba a una persona en particular, pero sí alguien que fuera habitual en ese entorno.
Entonces, cruzó la calle y se acercó a un repartidor que descargaba cajas frente a un comercio cercano.
Miguel esperó a que dejara una caja en el suelo.
—Hola, ¿puedo hacerle una pregunta?
El hombre levantó la mirada con el ceño fruncido.
—Depende. ¿Quién es usted?
El policía le mostró su identificación, lo cual hizo que el hombre enarcara las cejas y enderezara la espalda.
—¿Policía? ¿Qué…?
—¿Suele venir por aquí con frecuencia?
—Sí, todos los días.
—¿Ha visto merodear a alguien cerca de la biblioteca? Me refiero a una persona que observa y parece estar esperando a un usuario.
El repartidor se encogió de hombros.
—No he visto nada. Yo vengo, dejo esto y me voy a cumplir la siguiente entrega.
Miguel asintió.
—Comprendo.
El inspector se apartó y continuó buscando posibles testigos.
Entrevistó a un operario de limpieza que barría la acera, al conductor de un autobús que se detuvo en la parada, a un camarero de un bar cercano.
El resultado siempre fue el mismo. Cada uno estaba centrado en sus propios asuntos y ninguno había visto a nadie, que pareciera vigilar u observar cerca de la biblioteca.
Lo cual no garantizaba que el acosador no existiera.
Solo que había conseguido pasar desapercibido.
Su suerte cambió cuando se sentó en la terraza de una cafetería que hacía esquina frente a la biblioteca. Le pidió un café a la chica que acudió para atenderlo. Cuando la camarera le puso la taza delante, Miguel dejó su credencial sobre la mesa.
—¿Me puede conceder un par de minutos de su tiempo?
La joven parpadeó y se encogió de hombros.
—¿Qué desea, inspector?
—¿Usted suele estar aquí por la tarde?
—Casi siempre. Es mi turno. Desde las cinco hasta la hora de cierre.
—¿Recuerda haber visto a algún hombre deambulando cerca de la biblioteca? Sería alguien que acudiría aquí a menudo, pero que casi siempre permanecería afuera.
La camarera asintió despacio.
—Sí… sí. Ahora que lo dice… Hay un hombre que suele venir y se queda de pie, casi siempre cerca de la puerta.
Se apoya en la pared de la esquina o en la farola de enfrente.
No le quita la vista de encima a la biblioteca.
En algunas ocasiones entra después de unos minutos, pero casi siempre permanece afuera.
—¿Durante cuánto tiempo se queda?
—Bastante. A veces, más de media hora.
—¿Todos los días?
—No todos, pero sí con frecuencia. Siempre viene más o menos a la misma hora.
—¿Ha venido hoy?
La joven se encogió de hombros.
—No lo he visto en los últimos días.
—¿Qué hace mientras espera?
—Nada. Eso es lo raro. No entra, ni habla con nadie. De vez en cuando mira el móvil, pero poco.
—¿Nunca se ha reunido con nadie?
La chica sacudió la cabeza.
—No que yo viera.
—Entonces, siempre se marcha solo… —tanteó Miguel.
—Sí, pero… No estoy segura… quizá sean cosas mías.
—Dígame lo que cree que vio. Yo me ocuparé de comprobarlo.
—De acuerdo. Hay un chico que también suele venir a la biblioteca.
Nada extraño. Hubo dos ocasiones… aunque tal vez se trató de una coincidencia…
—Miguel asintió para animarla a continuar— Verá, cuando el chico salió de la biblioteca y se marchó en su bici, el hombre se enderezó, guardó el móvil, subió a su coche y se fue en la misma dirección.
—¿En las dos ocasiones?
—Sí.
—¿Usted diría que lo siguió?
La camarera se encogió de hombros.
—Es posible.
—¿Recuerda cómo era ese coche? ¿Anotó la matrícula?
—Eh… no, no recuerdo la matrícula. Lo que puedo decirle es que el coche era grande, oscuro y no parecía nuevo.
—¿Sabe la marca?
—No… No sé mucho de coches, pero era largo… con la parte de atrás muy recta.
—¿Un sedán?
—Sí. Eso sí se lo puedo confirmar.
—¿Dónde aparcaba?
—Ahí —respondió la chica, señalando el aparcamiento al aire libre junto a la biblioteca, donde el propio Miguel había dejado su coche—. Siempre en el mismo sitio, junto a la señal. Si lo encontraba ocupado, lo dejaba lo más cerca posible de ese lugar.
—¿Recuerda algo más?
La camarera pensó por un segundo.
—Cuando el coche encendía… el ruido era muy fuerte. Ya sabe… sonaba como los motores viejos.
—¿Nunca le pareció extraña la actitud del hombre?
—No. Siempre pensé que era un padre raro o algo así. Ya sabe… de los que quieren controlar sin ser vistos.
—¿Podría reconocerlo si lo volviera a ver?
—No estoy segura. No soy buena para los rostros y nunca le presté mucha atención.
Miguel le dio las gracias por su colaboración y se encaminó al aparcamiento.
Se quedó un momento quieto en la plaza que le había señalado la camarera y miró a su alrededor.
No era un sitio cómodo para aparcar, pero era excelente para observar.
Desde allí se dominaba la salida de la biblioteca, el arranque de la calle y el primer tramo del carril bici.
El inspector levantó la mirada casi por inercia y comprendió que su suerte acababa de cambiar.
En lo alto de una de las farolas había una cámara municipal de tráfico, de las que controlan flujo y seguridad vial.
Apuntaba al cruce cercano junto al aparcamiento y su ángulo barría parte de la zona.
Lo suficiente para que pudiera registrar entradas y salidas.
Pedrera dio unos pasos atrás, calculó la línea de visión y volvió a mirar.
Desde allí, la cámara vería el coche llegar, cuánto tiempo se quedaba y cuándo se marchaba.
Era probable que su resolución no fuera suficiente para identificar matrículas o rostros, pero confirmaría la presencia repetida y, por lo tanto, el testimonio de la camarera.
Quizá proporcionara algún otro dato útil.
Por primera vez desde la desaparición del chico, Miguel sintió que tenían un rastro claro del secuestrador.