La sombra del gato: El peso del silencio (Inspector Salazar 14) Capítulo 57
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Capítulo 57

A partir de ahí, el foco de Salazar se desplazó hacia un solo punto: los peritajes no dejaban duda acerca de cómo había comenzado el incendio, pero esa explicación ahora no encajaba, así que se centró en la identificación del cadáver.

Volvió al certificado literal de defunción.

Leyó los anexos y se fijó en un detalle que antes había descartado por lógico: el fuego dañó tanto el cuerpo, que había quedado irreconocible.

No hubo comprobación odontológica forense, ni se pudieron tomar huellas dactilares.

Tampoco se llevaron a cabo pruebas de ADN.

Después de todo, se trataba de una muerte sin sospecha criminal.

La identificación se había basado en la documentación que la Policía encontró en la vivienda, en la coincidencia del domicilio y en el hecho de que nadie había denunciado una desaparición.

Así que, por deducción lógica, el cuerpo debía pertenecer a Beltrán. La identificación se hizo por descarte.

Néstor dejó escapar un suspiro y murmuró para sí mismo:

—Murió quien vivía allí… porque vivía allí. Y resultó que el nombre del inquilino era Beltrán

Siguió leyendo. La Policía tampoco había mostrado interés en que se profundizaran las indagaciones.

«Domingo». Salazar cerró los ojos por un segundo, mientras meditaba acerca de los daños que podía causar un solo policía corrupto.

Entonces, abrió el informe de cierre judicial.

Todo había sido correcto, pero demasiado conciso.

La conclusión era corta y dejaba poco espacio a la duda: «Muerte accidental, sin indicios de criminalidad».

Todo fue legal, pero a la luz de los acontecimientos, la conclusión ya no era satisfactoria. Una pregunta surgió en la cabeza de Salazar de manera casi automática: ¿Y si el incendio sí fue un accidente, pero quien murió en él no fue Beltrán?

Necesitaba más evidencias.

Salazar cogió el teléfono de nuevo y marcó el número de Molina, el forense.

—Hacía tiempo que no sabía de ti. Dime —respondió la voz al otro lado.

—Es sobre el caso número 07259.

Después de una corta pausa, el forense respondió.

—Lo tengo. Te escucho.

—Necesito un favor muy concreto. Solo dime: ¿en ese incendio hubo alguna autopsia judicial completa o solo certificación?

Hubo un breve silencio. El suficiente para una comprobación superficial.

—Solo certificación. Se trató de un incendio accidental claro, sin ningún indicio de criminalidad. Se llevó a cabo el protocolo mínimo.

—Vale, gracias.

Salazar colgó y se quedó mirando la pantalla de su ordenador por algunos segundos.

No se había tratado de un error, ni tampoco de una falsificación.

Hubo negligencia por parte del policía que llevaba la investigación.

Nada más y nada menos. Todo conducía a una conclusión desconcertante: no había pruebas concretas sobre la identidad del cuerpo.

Solo deducciones y una lógica que no soportaba un análisis profundo.

El inspector se recostó en la silla, mientras los engranajes de su cerebro continuaban trabajando. El problema fue la facilidad con la que se dio por buena la identificación de Beltrán.

Néstor se quedó pensativo por algunos instantes.

El cadáver de Beltrán había sido identificado con evidencias circunstanciales sin que nadie hiciera preguntas, a pesar de que la causa de la muerte se había apoyado en un supuesto hábito que nunca había existido.

El descubrimiento daba un nuevo giro a la investigación.

Salazar tuvo la impresión de que no se había tratado de una conspiración sofisticada.

Más bien fue una secuencia de soluciones cómodas.

El hecho concreto era que la muerte de Elías Beltrán se había dado por válida sin pruebas sólidas de identidad.

La duda era suficiente para justificar volver a mirar, reabrir líneas cerradas en falso y sobre todo, considerar que Beltrán podía seguir siendo un actor presente en el escenario.

Mientras Salazar llegaba a conclusiones en su despacho, Rebeca se comunicó con Toni.

—Tengo buenas noticias —anunció el informático—. El tío es astuto, pero no lo suficiente.

—¿Descubriste algo?

—Por supuesto. Volví sobre el acceso externo que siguió a la copia de la auditoría.

Revisé la autenticación de la conexión remota sin excepción, comprobando usuarios del sistema, permisos, IP, sesiones, etc.

Descubrí cómo entró sin dejar rastro. El sujeto usó una cuenta del sistema, para que pasara desapercibida entre los procesos automáticos del servidor: «control_srv».

—¿Estás seguro de haberlo identificado?

—Sin duda. La sesión asociada a control_srv aparece 24 horas después de que el chico tocó los documentos.

Rebeca le dio las gracias a Toni y se quedó pensando en el descubrimiento. ¿Había sido ese el cebo de una trampa? ¿Una en la que Unai cayó por su inocencia? C ontrol actuó con rapidez, pero también con precisión. No improvisó. Estaba preparado y reaccionó siguiendo un protocolo.

Cuando Rebeca dejó el móvil sobre su escritorio, ya no solo consideraba a Unai como un chico curioso que se había metido donde no debía. Comenzó a pensar en él como el primer movimiento visible en una partida que llevaba años congelada.