Capítulo 56
C uando Salazar regresó a la comisaría, encontró a parte del equipo ya reunido en la sala común.
El ambiente estaba cargado. Era evidente que la preocupación por la suerte del chaval pesaba sobre el ánimo de todos.
Remigio se encontraba encorvado sobre su mesa, con las gafas bajas y el ceño fruncido, mientras leía con atención.
Ángela tecleaba sin pausa, con dos pantallas abiertas en el monitor.
Al fondo, junto a la pared, Rebeca y Miguel, con un café en la mano, mantenían una conversación en voz baja.
No estaban descansando… Compartían información y afinaban detalles.
Cuando el inspector jefe entró, todas las miradas se centraron en él.
Rebeca y Miguel dejaron de conversar y se desplazaron hasta sus escritorios, Ángela apartó la mirada del ordenador y Remigio cerró el documento, después de marcar la página. Salazar esperó un par de segundos, mientras sus colegas se preparaban.
—Me alegra encontraros a todos. Tenemos el tiempo en contra y debemos ponernos al día con lo que hemos avanzado hasta ahora. Comienza tú, Miguel.
Pedrera tiró el vaso a la papelera y se recostó en la silla.
—He pasado la mañana haciendo preguntas sobre Beltrán cerca de su casa. Amplié un poco el radio y cubrí las calles más importantes de Agunciana.
Salazar asintió para animarlo.
—Continúa.
—Teniendo en cuenta lo que averigüé ayer, le di prioridad a los lugares donde un jugador de ajedrez no llamara la atención —Miguel se encogió de hombros—. Encontré una cafetería donde suelen organizar partidas. Allí lo recordaron.
—¿Su presencia era predecible? —preguntó Néstor.
—No. Según me contaron los testigos, acudía al azar, siempre con un tablero bajo el brazo y jugaba con cualquiera que estuviera dispuesto. Sin buscar conversación ni establecer amistades. Podía ir con frecuencia o desaparecer por semanas, sin seguir ningún patrón.
—Está claro que el tío era un ermitaño y lo único que le interesaba era satisfacer su afición por el juego —comentó Remigio—. Esa vía de investigación no parece tener ningún interés para el caso.
Salazar frunció el ceño.
—No lo sé, Remigio. El ajedrez ha cobrado una dimensión inesperada en todo este asunto. No olvides el chat.
—No lo olvido, Salazar, pero este tío está muerto.
Néstor se mordió los labios sin responder. Entonces, le dio la palabra a Rebeca. Ella dio un último sorbo a su café y tiró el vaso a la papelera junto a su escritorio.
—Estuve comprobando la actividad de los servicios básicos en las casas que rodean la vía que desciende al río, durante las últimas seis semanas. No ha habido nuevos contratos ni reactivación de cuentas viejas. Nada que me haya llamado la atención.
Salazar asintió.
—Como Remigio señaló ayer, eso significa que si el chaval está en esa área, lo tienen retenido en un lugar con energía aislada del sistema o que ya estaba conectado antes del secuestro.
—¿Conectado antes del secuestro? —preguntó Miguel con una mueca—. ¿Crees que lo oculta en el sótano de su casa?
—A estas alturas, ya nada me sorprendería. En todo caso, lo importante es que no ha dejado un rastro que seguir —comentó Salazar, antes de mirar a Remigio, quien se inclinó hacia adelante y tomó la palabra.
—Aún no termino, pero todavía no he encontrado nada extraño en los accidentes en cuyas investigaciones participó Domingo González.
Son unos cuantos años, así que todavía tengo tela que cortar.
Para mi sorpresa, los que he revisado hasta ahora han sido cerrados con corrección.
Sin embargo, son demasiados, así que aún no he podido llegar a una conclusión. Necesito más margen.
El inspector jefe asintió.
—De acuerdo. Continúa con eso, Remigio. Ángela, ¿qué puedes decirnos tú?
En un gesto inconsciente, la subinspectora se acomodó las gafas antes de hablar, al mismo tiempo que todas las miradas se centraban en ella.
—Yo… ya recibimos el volcado del chat y lo que he revisado hasta ahora es muy interesante.
Los policías tensaron los músculos, como depredadores que se estuvieran preparando para saltar sobre una presa. Con un gesto, Salazar la invitó a seguir.
—El jugador que interactuaba con Unai, cuyo nombre de avatar era Tablero , le comentó que conocía bien la bodega porque había trabajado allí.
Mantenía un tono ligero, casi casual. Hacía comentarios lanzados como si no tuvieran importancia, siempre en medio de partidas, siempre envueltos en bromas o reflexiones que aparentaban inocencia.
En ellos, despertaba la curiosidad del chico acerca del pasado de la bodega, le dejaba caer datos y hacía comentarios intrigantes.
—¿Puedes darnos un ejemplo? —preguntó Rebeca.
Ángela asintió y leyó en voz alta:
—… «los números viejos nunca mueren del todo. A veces cuentan una historia y basta con saber dónde mirar».
Miguel escuchó con el ceño fruncido.
—¿Eso es todo?
—Todo el chat es por el estilo… hasta que el chaval comenzó a interesarse.
Cada vez que Unai hacía alguna pregunta, Tablero retrocedía un paso y cada vez que dudaba, le ofrecía un pequeño incentivo.
Nunca hablaron de delitos ni de personas concretas.
Solo de archivos antiguos, de balances olvidados y de lo fácil que es que algo importante quede enterrado, sin que nadie vuelva a abrirlo.
De este modo, lo condujo con astucia hacia la auditoría que Unai copió más tarde en el servidor.
Nunca le mencionó que estuviera relacionada con un desfalco.
—Manipuló al chaval —comentó Remigio.
Algo hizo clic en la cabeza de Salazar: un jugador de ajedrez en línea anónimo había inducido a Unai a hurgar en el viejo caso mal cerrado de la bodega.
Sin embargo, el único jugador de ajedrez conocido, que se relacionaba con el caso, estaba muerto.
Entonces, la pieza cayó en su lugar. Esa que daba vueltas en su cabeza desde que había visitado la casa donde había muerto Beltrán.
Ahora sabía qué era lo que su subconsciente había intentado mostrarle.
Lo que no encajaba en la escena del siniestro y ahora lo hacía con claridad.
Decidió no mencionarlo todavía. Antes, necesitaba hacer una comprobación.
Con un gesto, Salazar invitó a Ángela para que continuara.
—Poco después de que Unai comenzó a copiar documentos antiguos en su usuario, Tablero cambió un poco el tono de su conversación. Comenzó a mostrarse satisfecho, como si el chico ya estuviera haciendo lo que él quería.
El silencio se instaló en la sala, hasta que Salazar lo rompió.
—Esto no encaja con el intento de bloquear el acceso a los documentos antiguos, después de que Unai los copió.
—Tal vez lo que quería este sujeto era poner a prueba la seguridad de esos documentos, para blindarse —comentó Miguel.
Ángela negó con la cabeza.
—No lo creo. La persona que accedió al servidor para cerrar los accesos no habría necesitado que Unai tocara esos archivos. Poner al chico sobre su pista habría sido un riesgo innecesario.
Salazar llenó sus pulmones de aire y guardó silencio, mientras su cabeza trabajaba a marchas forzadas. Al cabo de algunos segundos, expresó su teoría en voz alta.
—Es evidente que Unai quedó atrapado entre dos fuerzas: una que lo utilizó para despertar el pasado y otra que lo siguió y lo acosó, empeñada en mantener oculta toda esta historia. Encaja a la perfección con los dos individuos que vigilaban a Unai en la biblioteca.
—No eran cómplices —comentó Remigio.
Néstor negó con la cabeza despacio.
—No. Cada uno se movía por sus propios intereses.
—¿Cuál de ellos perpetró el secuestro? —preguntó Rebeca.
Salazar se acercó al tablero.
—Todavía no tenemos suficientes indicios para responder esa pregunta, pero la lógica apunta al que no quería que el asunto del desfalco saliera a la luz. Ese sería el más interesado en quitar al chico del medio.
—Y también, el más peligroso —precisó Remigio.
Un silencio incómodo llenó la sala, hasta que la entrada de un mensaje en el móvil de Salazar lo rompió. Él lo leyó y asintió.
—No tenemos tiempo que perder. Es crucial identificar y encontrar a ambos sujetos lo antes posible. Rebeca, acabo de recibir un mensaje de Toni. Tiene información para nosotros. Comunícate con él para saber lo que tiene que decir.
—De acuerdo.
—Miguel, vete a la biblioteca y busca nuevas pistas sobre cualquiera de los dos sujetos que vigilaban a Unai. No regreses hasta que encuentres un hilo del cual tirar.
—Hecho.
—Ángela, sigue con el análisis del chat hasta el último detalle. Infórmame de inmediato sobre cualquier novedad.
—Sí, señor.
—Remigio, continúa con los accidentes investigados por Domingo. Quizá encontremos alguna relación entre González y los hombres que buscamos.
—Muy bien.
Una vez terminada la reunión, Miguel cogió su chaqueta y salió con prisa.
Mientras el resto del equipo se ocupaba de las tareas asignadas, Salazar regresó a su despacho.
La pieza que faltaba había caído en su sitio.
Por fin había comprendido qué fue lo que le incomodó en la escena del incendio: no había ceniceros.
En sí mismo, el detalle no probaba nada, pero era una ausencia lo bastante significativa, como para poner en duda la explicación oficial de que Beltrán se había quedado dormido con un cigarrillo encendido.
En cuanto llegó a su despacho, el inspector buscó los expedientes administrativos de la bodega relacionados con Elías Beltrán, y revisó aquellos documentos que reflejaban su historial médico básico: bajas laborales, reconocimientos periódicos de empresa, informes de prevención…
No esperaba encontrar una etiqueta que dijera «fumador», pero sí buscó referencias, advertencias o menciones indirectas.
Quizá, alguna nota sobre tos crónica, problemas respiratorios o cualquier huella mínima de un hábito tabáquico crónico. No encontró nada.
Esa ausencia no era una prueba por sí sola, pero merecía atención. Un fumador crónico rara vez no deja huella en la documentación de su empresa. De inmediato, Salazar cogió el teléfono y llamó al encargado de la bodega.
—Ríos, necesito que me ayude con un detalle muy concreto.
—Usted dirá, inspector.
— ¿Beltrán fumaba?
Hubo una pausa de desconcierto.
—No. Muchos empleados aprovechan las pausas laborales para salir del edificio y fumar un cigarrillo. Beltrán nunca estuvo entre ellos.
Salazar le agradeció la respuesta y colgó. Ya tenía la confirmación externa de sus sospechas.