Capítulo 55
D iez minutos después, Salazar salió de la comisaría.
El aire fresco de la noche otoñal le despejó la cabeza, mientras recorría la distancia que lo separaba de casa.
Los pocos transeúntes con los que se cruzó avanzaban con decisión en dirección a sus hogares.
Alguno que otro hacía una parada en su bar preferido para comer un pincho antes de la cena, tomar la última copa del día o tan solo reunirse con alguien.
Néstor subió las escaleras con paso cansado.
Ya en el pasillo, vislumbró las luces de la sala por debajo de la puerta.
La posibilidad de encontrar a Gabriela despierta consiguió que una sonrisa aflorara a su rostro, a pesar de que el eco del caso todavía daba vueltas en su cabeza.
Salazar abrió la puerta y en cuanto cruzó el umbral, escuchó una risa aguda, traviesa y repetida, que reconoció sin ninguna duda. La siguió el sonido inconfundible de unas patas que se deslizaban a toda velocidad por el pasillo.
De pronto, Paca cruzó delante de él como una sombra negra… y Salazar alcanzó a ver un calcetín diminuto que colgaba de su boca. Gabriela corría con torpeza detrás de la gata, en pijama, con un pie cubierto y el otro desnudo, riendo con una felicidad desproporcionada para la hora que era.
—¡Pa… ca! —gritó la niña, señalando a la gata.
Salazar escuchó un suspiro que provenía del pasillo. Levantó la mirada y vio a Rebeca apoyada en la pared del salón, con los brazos cruzados y una media sonrisa divertida.
—Estamos en modo «aquí nadie duerme».
El movimiento brusco de Paca volvió a atraer la atención de Salazar.
La gata giró en seco, esquivó la mesa baja con elegancia felina y se escondió bajo el sofá.
Gabriela intentó agacharse para seguirla, pero perdió el equilibrio y terminó sentada en el suelo.
Hubo un segundo de silencio y su labio inferior comenzó a temblar. Salazar se acercó a su hija.
En ese instante, Paca salió disparada de su escondite, todavía con el calcetín en la boca, tan cerca, que rozó el pijama de la niña. Gabriela levantó la cabeza… y estalló en carcajadas liberadoras, que dibujaron una sonrisa en sus padres. Salazar cogió aire y pretendió enseriarse.
—Esto es un secuestro textil en toda regla.
Paca volvió a pasar frente a él, esta vez más despacio, como si estuviera retándolo. Gabriela se puso de pie, se sujetó a la pernera del pantalón de su padre y señaló a Paca con autoridad.
Salazar intercambió una mirada con Rebeca.
—¿Intervengo?
—Creo que has recibido una orden oficial.
Él se quitó el gabán con solemnidad, dejándolo sobre el sofá con movimientos lentos. Entonces, inició la persecución de Paca con exagerada torpeza. Fingió tropezar, y se dejó engañar por los giros imposibles de la gata, alargando la mano y fallando a propósito.
—¡Te voy a pillar, Paca! Aquí no negociamos con secuestradores de calcetines.
Gabriela lo seguía con pasos torpes, riendo y dando pequeñas palmadas desordenadas. Paca saltó al sofá y desde allí dejó caer el calcetín al suelo, como si concediera un indulto por pura supremacía felina.
Salazar lo recogió y se volvió hacia su hija.
—¡Rescatado!
Gabriela, todavía riendo, se acercó a él y abrazó sus piernas.
—¡Papá!
Salazar la alzó en brazos sin esfuerzo. La niña, todavía con la respiración agitada por las emociones, apoyó la cabeza en su cuello. Él le acarició la cabecita y la acunó con movimientos suaves. Poco a poco, la respiración de Gabriela se fue calmando, hasta que se volvió lenta y profunda.
—Ya se durmió —anunció Rebeca con un suspiro.
—Bueno… —susurró Néstor, besándole el pelo—. Misión cumplida.
Rebeca se acercó y le acomodó el calcetín en el pie desnudo.
—Por fin la venció el sueño.
Desde el respaldo del sofá, Paca los observaba con actitud de superioridad indiscutible y expresión de juez imparcial.
—Maauuu.
Néstor sonrió. El cansancio del día seguía ahí, pero ya no pesaba igual. Con pasos medidos salió del salón para llevar a la pequeña a su cuna. Haciendo gala de toda su elegancia, Paca los adelantó y avanzó por el pasillo, como si estuviera guiando a su torpe humano por el camino correcto.
Después de conseguir la proeza de dormir a la niña y dejarla en su cuna bajo el cuidado amoroso de Paca, Néstor y Rebeca compartieron una cena frugal vegana que Débora les había dejado preparada, y se acostaron vencidos por el cansancio.
Salazar no pudo dormir en toda la noche.
Algo de lo que había visto en la casa de Beltrán le causaba incomodidad, como si se tratara de una comezón que no pudiera rascarse.
Se levantó de la cama antes de que el sol repuntara, incluso sin que Paca tuviera la oportunidad de despertarlo.
La gata lo miró ofendida. Aquella violación de la costumbre atentaba contra su dignidad gatuna.
Rebeca también se despertó cuando notó la ausencia de su peso y su calor en la cama.
—¿Adónde vas? ¿Es hora de levantarse? —preguntó ella, dispuesta a seguirlo.
Néstor negó con la cabeza, apoyó las manos en los hombros de su mujer y volvió a acostarla con suavidad.
—Es demasiado temprano, Rebe. No tiene caso que ambos comencemos a esta hora. Quédate unos veinte minutos más. Yo me adelantaré un poco.
—¿Estás seguro?
—El descanso es importante para el rendimiento.
—¿Y eso no aplica también para ti?
Néstor se encogió de hombros.
—Supongo que sí, pero yo ya no sería capaz de volver a dormir, así que lo mejor será que saque provecho del insomnio.
Rebeca asintió, programó su reloj para que la despertara en 20 minutos y volvió a relajarse.
Salazar se levantó de la cama y después de servirle el desayuno a su tiránica gata, ducharse y tomar un café, entró en la habitación de Gabriela, besó su cabecita y solo entonces, salió de la buhardilla para desafiar al día.
Lo recibió la oscuridad y en cuanto salió del portal, lo golpeó una corriente de aire frío, que penetró el gabán con facilidad y le llegó hasta los huesos.
La plaza de San Miguel estaba vacía y en silencio.
Las farolas dibujaban círculos de luz a su alrededor, apenas suficientes para que los transeúntes despistados no se desviaran de su camino.
Néstor avanzó, registrando cada detalle de su entorno de manera inconsciente. Una consecuencia de su entrenamiento.
La noche todavía no había cedido cuando llegó a la comisaría. En cuanto pisó la entrada, Mendoza, el agente de guardia, levantó la mirada con ojos irritados, lo saludó y le confirmó que no había novedades. La noche había sido tranquila.
El inspector jefe subió las escaleras hasta su despacho, que a esa hora seguía a oscuras, encendió el flexo de su escritorio y retomó los expedientes relacionados con el incendio.
Su instinto le decía que algo no encajaba y estaba decidido a descubrir qué era.
Mientras trabajaba, la luz natural que comenzó a entrar por la ventana fue reforzando poco a poco la iluminación artificial.
Salazar dio por terminado su análisis después de volver una y otra vez sobre los informes, tomar notas y desmenuzar detalles.
Solo entonces, apoyó la espalda en la silla y comprobó la hora.
Era un buen momento, así que marcó un número que ya tenía en sus contactos y pidió hablar con el jefe del parque de bomberos.
Una vez que se identificó, se lo pasaron de inmediato.
—¿Qué puedo hacer por usted, inspector?
—Estoy revisando un expediente antiguo proveniente de su departamento. Se trata de un incendio que ocurrió hace ocho años en una vivienda rural. Un fallecido. Se vincula con un asunto actual y necesito hablar con alguien que estuviera presente durante el peritaje del incendio.
—Comprendo. ¿Puede decirme cuál es el número del expediente?
—S-358941
—Un momento, por favor.
Después de una pausa, el jefe volvió a hablar.
—Sí, inspector. Aquí lo tengo. Ya recuerdo el caso. Ocurrió poco antes de mi ascenso. Yo mismo participé en ese peritaje.
—Entonces, necesito hablar con usted para precisar algunos detalles.
—Por supuesto. Lo mejor será encontrarnos en un lugar a mitad de camino entre la comisaría y el parque… Podría ser la cafetería La Delicia. Está en la calle Luis de Castejón.
—La conozco. ¿Diez minutos?
—Perfecto.
Salazar terminó la llamada, cogió la carpeta con los informes, aunque casi se los sabía de memoria, y salió del despacho.
Diez minutos después, el inspector detuvo el Clío a pocos metros del lugar de encuentro.
Ubicó la cafetería de inmediato por el toldo rojo que destacaba en la fachada, a pesar de que el nombre apenas era visible, a causa del paso del tiempo y la exposición a la intemperie.
Néstor entró con paso firme y sintió el contraste de la luz más cálida.
El aire estaba cargado con el olor del café recién hecho y la bollería.
Había pocas mesas. Después de pasear la mirada por el local, Salazar ubicó al jefe del parque, gracias a su uniforme.
Ocupaba una mesa del fondo, y miraba hacia la puerta con atención, dando un sorbo a su taza de café de vez en cuando.
El inspector avanzó, se presentó y le estrechó la mano.
—Gracias por venir.
El bombero señaló la silla.
—Debe ser un asunto importante.
—Sí, lo es.
Salazar sacó la copia del informe que llevaba en la carpeta y la puso sobre la mesa.
—No he venido a preguntarle sobre el informe. Sé que quedó demostrado que el incendio fue accidental. Sin embargo, necesito su experiencia en el terreno para algunos detalles.
El jefe del parque se tomó una pausa, mientras refrescaba su memoria, gracias al informe. Entonces, asintió y comenzó a relatar los acontecimientos que recordaba.
—Entramos con facilidad. No tuvimos que forzar nada y desde el primer momento, la situación quedó muy clara.
Llegamos a tiempo para evitar que el fuego se extendiera por toda la casa.
Todavía estaba localizado en el sofá. La amplitud de la sala, la ausencia de cortinas y las paredes de piedra jugaron a nuestro favor.
Por desgracia, no fue suficiente para salvar a la víctima.
El cuerpo estaba en medio de las llamas, aunque la autopsia luego reveló que ya había fallecido por asfixia cuando comenzó a quemarse.
—¿Recuerda cómo lo identificaron?
—Quedó irreconocible, pero la identificación no fue difícil: el inquilino vivía solo y estaba donde se suponía que debía estar a esa hora. Por supuesto que la Policía no se conformó con eso. Hizo algunas indagaciones para comprobarlo.
—¿Usted supo qué tipo de indagaciones?
—Se basaron en los documentos que encontraron en la casa.
—¿Volvieron más adelante? ¿Hubo alguna comprobación, más allá de la rutina?
El bombero negó con la cabeza.
—No. No había ningún motivo para profundizar más.
Después de agradecerle al jefe del parque por el tiempo que le había concedido, Salazar salió de la cafetería con la certeza de que el incendio fue accidental, pero esa convicción no fue suficiente para que desapareciera la sensación incómoda de que algo no encajaba.
El inspector subió al Clío y puso rumbo a la casa rural. Su intención era observar el lugar desde otra perspectiva. Quizá encontrara la clave que le permitiera descubrir qué era lo que no encajaba. Cuarenta minutos después, aparcó a cierta distancia del caserío y recorrió el perímetro con calma.
El lugar seguía igual que en su última visita: aislado y discreto.
Paseó por los alrededores sin encontrar señales de que alguien lo hubiera pisado en mucho tiempo.
Salazar se detuvo frente a una de las ventanas ennegrecidas.
Pensó en Beltrán, en su trágica muerte y en la rapidez con la que todo se había resuelto.
Aquel accidente no había despertado ningún interés.
Aunque la víctima era el principal sospechoso de un desfalco, ni siquiera la Policía se detuvo a mirar dos veces el asunto.
No era normal. El inspector rechinó los dientes cuando la imagen de Domingo acudió a su mente.
Respiró profundo para calmarse. Todo parecía encajar con los informes, pero ahí seguía la sensación de que se le estaba escapando algo muy importante. Y sabía que su mente no descansaría hasta que comprendiera de qué se trataba.