Capítulo 54
M ientras Miguel trataba de dilucidar el misterio que representaba la muerte de Beltrán, Salazar llegó a la comisaría y subió a su despacho para revisar y analizar toda la información que habían descubierto hasta ese momento.
Era imperativo encontrar un hilo del cual tirar.
No tenía duda de que cuando el chico copió la auditoría, alguien tuvo la necesidad imperativa de hacerle callar.
Y si esa persona ya había matado dos veces para protegerse, no iba a dudar en cometer un tercer crimen.
Las horas transcurrieron con rapidez y el final de la tarde lo sorprendió sin haber encontrado ningún dato revelador.
Solo la sensación incómoda de que había pasado por alto algo importante.
Después de consultar su reloj, decidió subir a la sala común.
El resto del equipo ya estaba allí. La sala se encontraba en silencio, mientras cada uno de los policías se ocupaba de sus propias indagaciones.
Los restos de café permanecían fríos sobre las mesas.
En cuanto Salazar entró, sus compañeros regresaron al mundo real.
Rebeca lo recibió con una sonrisa de bienvenida, Ángela apartó la mirada de la pantalla, Remigio se apoyó en el respaldo de la silla y Miguel estiró los músculos de los hombros como si necesitara recolocarlos.
Néstor les concedió un par de segundos para salir de su concentración.
—¿Cómo vais, chicos? ¿Tenemos algo?
Ángela fue la primera en romper el silencio.
—El juez ya envió la orden. Nos permitirá acceder a los chats completos de la aplicación de ajedrez. Eso incluye mensajes, horarios y patrones de conexión.
—¿Cuándo tendremos acceso a la información?
—La empresa nos los enviará mañana, a primera hora.
Salazar asintió y miró a Rebeca.
—¿Y vosotros? ¿Conseguisteis alguna información importante?
Rebeca cambió de postura, antes de tomar la palabra.
—He comprobado todo el entorno familiar de Beltrán. Me temo que no he encontrado nada. Nunca se casó ni tuvo hijos. Por otro lado, sus padres y tíos ya fallecieron.
Ángela dejó de teclear un segundo.
—¿Primos? ¿Algún hermano?
Rebeca negó con la cabeza.
—O están muertos o se marcharon hace años.
Miguel soltó un leve gruñido.
—Eso sí es soledad.
Rebeca se encogió de hombros.
—Beltrán es un callejón sin salida.
Salazar suspiró
—¿Qué hay sobre Vilar?
—Vilar sí tenía familia. Esposa y dos hijos —respondió Rebeca. Hubo una indemnización de la bodega, pero moderada. Remigio fue quien entrevistó a la viuda.
Las miradas de todo el equipo se centraron en Toro, quien permaneció unos segundos en silencio, antes de hablar.
—La viuda no ganó nada con aquella muerte.
La bodega le pagó diez mil euros, pero desaparecieron en los costos del entierro, pagos y deudas.
Ella y sus hijos perdieron su piso en la calle Ventilla, porque no pudo mantener la hipoteca.
Ahora vive de alquiler con los dos niños, en un apartamento viejo de la calle Santa Lucía.
Un breve silencio se apoderó de la sala.
—¿Recibió presiones de la bodega? —preguntó Salazar.
Remigio negó con la cabeza.
—No. Ella tiene asumido que su marido cometió una imprudencia. Está convencida de que se inmiscuyó donde no debía por curiosidad. Según ella, Vilar tenía la costumbre de meter la nariz en asuntos ajenos. Dice que solían discutir por eso.
—¿Él no le hizo ningún comentario acerca de qué había despertado esa curiosidad?
—No, debido a esas discusiones, él evitaba mencionar esos temas. La familia de Vilar también es una vía cerrada. Solo encontré una mujer intentando sobrevivir y dos chavales creciendo sin padre, en un piso que se cae a pedazos.
Salazar asintió, dando el asunto por cerrado. Entonces, se volvió hacia Pedrera.
— Miguel, ¿qué pudiste averiguar?
Pedrera se acomodó en su silla y abrió su libreta, para no olvidar ningún detalle.
—Beltrán no solo no tenía familia. Al parecer, tampoco amigos. Apenas dejó rastro después de su muerte.
—¿A qué te refieres? —preguntó Rebeca—. Tiene que haber algo.
—No hubo preguntas ni reclamaciones y a nadie pareció importarle su desaparición. Solo encontré un dato curioso.
—Te escuchamos.
—Era aficionado al ajedrez —la información causó un intercambio de miradas entre los presentes—.
Acudía a un bar cerca de su casa, donde jugaba partidas informales.
Beltrán era asiduo. Hablaba poco, no bebía y no establecía lazos sociales.
Solo llegaba, jugaba un par de partidas y se marchaba.
Cuando dejó de aparecer, nadie preguntó. Pensaron que se había mudado.
Un silencio incómodo y breve llenó la sala. Salazar cruzó los brazos.
—Hay demasiadas piezas que no encajan. Estamos pasando por alto algo importante.
—¿Qué? —preguntó Remigio.
—Ojalá lo supiera. Seamos lógicos. Cada vez estoy más convencido de que la desaparición de Unai se relaciona con ese caso mal cerrado.
Analicemos lo que tenemos —Antes de que sus compañeros pudieran responder, Salazar comenzó a enumerar con los dedos— Un desfalco que salió a la luz y desencadenó una investigación, un policía que ya sabemos que era corrupto, un administrativo curioso que murió en circunstancias sospechosas y cuya muerte desvió la atención del desfalco.
—No creo que fuera un accidente —intervino Miguel.
—Estoy seguro de que no lo fue —corroboró Salazar, antes de continuar—, pero ahora viene lo más extraño: el caso se cierra porque el principal sospechoso muere en un incendio.
—¿Crees que también fue provocado?
Salazar meditó la pregunta por un momento. Entonces, sacudió la cabeza.
—Los informes, tanto de los bomberos como de los peritos del seguro, determinaron que el incendio fue un accidente. Después de tanto tiempo, no tendría sentido tratar de encontrar evidencias que contradigan esa conclusión.
—Sin embargo, tengo la impresión de que tú no estás conforme —apuntó Remigio.
Salazar sacudió la cabeza.
—El relato no termina de convencerme, pero si os soy honesto, no sería capaz de precisar por qué.
—Quizá fue demasiado oportuno —sugirió Rebeca—. Quiero decir, Beltrán era el principal sospechoso del desfalco y al igual que en el accidente de la bodega, su muerte apresuró el cierre del caso. Parece un patrón.
Salazar entornó los ojos.
—Tienes razón, pero… ¿a quién benefició?
—¿A Domingo?
—Sí, claro —reconoció Salazar—, es evidente que Domingo tuvo mucho que ver con el desarrollo de los acontecimientos y el cierre del caso en falso, pero Domingo está muerto, así que no puede estar involucrado en la desaparición de Unai.
—Quizá Beltrán tenía un cómplice —comentó Remigio—. Alguien a quien no le interesa que este asunto salga a la luz.
Salazar entornó los ojos y asintió.
—Buen punto, Remigio. Es evidente que el responsable de la desaparición de Unai no quiere que se remueva el pasado.
Y si estamos en lo cierto, se trata de alguien muy peligroso.
Debemos darnos prisa, pero me temo que es poco lo que podemos avanzar esta noche —Salazar se quedó pensativo por un momento, antes de comenzar a repartir tareas—.
Ángela, mañana a primera hora, en cuanto llegue el volcado del ajedrez, no te levantes de ahí hasta que desmenuces todos los detalles. Quiero horas, tonos, silencios… todo
—Entendido.
—Miguel, sigue con Beltrán. Quizá su afición al ajedrez nos conduzca a algún lugar. Rastréalo en clubes, asociaciones, cualquier lugar donde pudiera jugar sus partidas y en el que alguien pudiera conocerlo.
Pedrera asintió.
—Rebeca, traza un radio de dos kilómetros alrededor de la vía que desciende desde el arcén hasta el río. Comprueba si alguna de las casas rurales de esa zona ha tenido un súbito despertar. Me refiero a consumo eléctrico, de agua o de cualquier servicio, que haya comenzado hace algunas semanas…
Remigio negó con la cabeza.
—Comprendo cuál es tu razonamiento, Salazar. Y no quiero ser aguafiestas, pero no tenemos ningún indicio de que el chico esté retenido en una casa rural. Podrían haberlo ocultado en una caseta o un zulo, y disponer de una planta eléctrica.
—Lo sé, Remigio, pero vale la pena intentarlo.
—Lo indagaré —confirmó Rebeca.
Salazar miró a Remigio.
—Remigio, mañana quiero que investigues a Domingo. Ya sabemos cómo intervino en este caso, pero quiero averiguar su conducta en otros. Compara todos los accidentes de los que él se ocupó. En especial, los que se cerraron rápido y no hicieron ruido.
—¿Estás pensando lo que yo creo?
Salazar llenó sus pulmones de aire.
—Tenemos que saber si él intervino en alguno de esos accidentes y hasta dónde fue capaz de llegar.
Si bien sabemos que él no puede estar relacionado con la desaparición de Unai, el enfoque será muy diferente si él tuvo algo que ver en esas muertes.
Su patrón de conducta puede arrojarnos indicios acerca de hasta dónde pudo llegar en este caso.
Remigio asintió.
—Comprendido. Me pongo con ello a primera hora.
Salazar recorrió la sala con la mirada.
—Muy bien. Ahora id a casa, pero os quiero a todos aquí, mañana a primera hora —Se volvió hacia Rebeca—. Yo te seguiré en un par de horas.
—De acuerdo, te esperaré en casa.
Los policías comenzaron a moverse, cerrar carpetas, apagar ordenadores y recoger abrigos.
Cuando se marcharon, Salazar se quedó mirando el tablero del caso, hizo algunas anotaciones, conectó ideas y trató de encontrarle sentido.
Al final, escribió una frase: «¿A quién benefició?
» Dio un paso atrás y se quedó mirando el panorama completo de nuevo.
Entonces, le hizo una fotografía al tablero con su móvil.
Con gesto cansado se acercó a la puerta, se detuvo un instante y volvió la vista atrás.
«El que consiguió enterrar esto una vez…
va a intentar hacerlo de nuevo.» Con esa convicción, Salazar apagó la luz y bajó a su despacho.
Una vez allí, abrió el expediente antiguo y volvió al punto exacto en el que todo se había cerrado con demasiada facilidad. Se centró en lo que había ocurrido después de las muertes. Fue analizando las decisiones una a una, siguiendo un rastro que no tenía huellas visibles.
Cada documento confirmaba lo mismo: después del accidente, el dinero del desfalco dejó de ser una preocupación.
Algunos permanecieron en sus puestos, como si nada hubiera ocurrido.
Otros, incluso, mejoraron su posición por ascensos o porque formaron sus propias empresas.
Analizó cada historia buscando una grieta.
Sin embargo, no encontró ningún dato concreto que señalara un sospechoso.
Alguien había salido airoso cuando todos dejaron de mirar, pero esa persona hizo un buen trabajo ocultando sus huellas.
Varias horas después, el inspector consultó su reloj y con un suspiro de cansancio, decidió que había llegado la hora de dar por finalizada la jornada, así que cerró el expediente y se preparó para salir.