La sombra del gato: El peso del silencio (Inspector Salazar 14) Capítulo 53
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Capítulo 53

M ientras Remigio y Rebeca investigaban a las familias de las víctimas de los accidentes, Miguel permanecía en su escritorio, dispuesto a averiguar qué ocurrió después de la muerte de Beltrán en el entorno donde había vivido.

Le interesaba descubrir quién apareció después del incendio.

Podía tratarse de su casero, un compañero o alguien que reclamara una deuda.

La muerte suele dejar pequeñas estelas humanas y él estaba dispuesto a seguir las de Beltrán.

Pedrera cruzó los datos disponibles en relación con el fallecimiento.

No encontró reclamaciones laborales pendientes, conflictos, ni gestiones abiertas.

Beltrán no había dejado cabos sueltos. Y eso, cuanto más lo pensaba, menos lógica le encontraba.

El inspector mantuvo la mirada centrada en la pantalla cuando marcó el primer número. Le respondieron al segundo tono.

—Necesito un favor.

—Eso seguro o no me estarías llamando. ¿De qué se trata?

—Elías Beltrán Zuloaga. Falleció hace ocho años en un incendio. No hubo otras víctimas.

Al otro lado se oyó un teclado.

—Vale. Te paso lo que encuentre.

El inspector terminó la llamada y enseguida marcó el segundo número. Esta vez tuvo que esperar varios tonos.

—Funeraria San Mateo.

Miguel se identificó y solicitó hablar con el encargado. La mujer transfirió la llamada sin hacer preguntas. Un nuevo tono y esta vez respondió una voz masculina y serena.

—¿Qué puedo hacer por usted, inspector?

—Necesito información sobre un servicio que llevaron a cabo hace ocho años. El nombre del fallecido era Elías Beltrán Zuloaga.

Hubo algunos segundos de silencio.

—Lo recuerdo, pero déjeme comprobarlo, por favor… Sí, aquí lo tengo. Fue algo muy simple. El servicio más básico. Un velatorio corto, seguido de incineración.

—¿Cómo es que lo recuerda si han pasado ocho años?

—Es que este caso me resultó muy deprimente, porque nadie se presentó en el funeral.

El señor Beltrán no tenía familia y por lo visto, tampoco amigos.

No es común que alguien deje tan poco tras de sí.

Quiero decir, casi siempre hay deudos: familiares, amigos, vecinos, compañeros de trabajo…

Estoy en este negocio desde hace muchos años, y pocas veces he visto que alguien dejara tan poca huella en su paso por la vida.

A nadie pareció importarle esa muerte. Y eso es bastante triste.

—Si no tenía familia ni amigos, ¿quién pagó los gastos funerarios?

—A ver… Sí, la bodega Umbravara. Creo que el fallecido trabajaba allí.

Miguel le dio las gracias por su colaboración y colgó.

Mientras procesaba los datos en su cabeza, se acercó a la máquina de café.

El primer vaso se lo llevó a Ángela, quien le dio las gracias sin apartar la mirada de su ordenador.

Luego le sirvió uno a Rebeca, que lo recibió con un asentimiento.

Cuando iba a por el suyo, el teléfono sonó en su bolsillo.

Miró la pantalla y vio el nombre de su primer contacto. Respondió de inmediato.

—Dime.

—Ya lo tengo. La defunción fue certificada por el forense de turno del día.

—¿Hubo autopsia?

—Sí, pero solo para determinar la causa de la muerte. Todos los informes concluyeron causa accidental. Encajó con los resultados de la autopsia.

—¿Quién gestionó los trámites posteriores al fallecimiento?

—No figura ningún familiar directo. Se hizo a nombre de la bodega Umbravara y lo tramitó una secretaria.

Pedrera terminó la llamada y olvidó el café.

Salió a la calle, cogió el coche y se acercó a Agunciana, el pueblo más cercano a la casa donde Beltrán había muerto.

Si bien había vivido aislado como un ermitaño, habría necesitado comprar víveres, medicinas, un contacto humano mínimo.

El policía recorrió las calles preguntando por él en tiendas, bares y asociaciones locales.

No mencionaba que había muerto. Quería saber si alguien lo recordaba.

Después de un par de horas, ya comenzaba a pensar que aquel hombre había sido un fantasma.

Antes de darse por vencido, decidió entrar en un bar discreto que hacía esquina.

El policía cruzó la puerta. El interior era estrecho, con una barra de madera oscura y tres mesas ocupadas.

El olor del café se mezclaba con el del vino.

Nadie se interesó en su presencia. Miguel se acercó a la barra y se identificó con discreción. Las cejas del tabernero se levantaron en un arco perfecto.

—¿En qué puedo ayudarlo?

—De momento, sírvame un cortado.

El hombre asintió, preparó el café y puso la taza frente al policía.

Miguel dio un sorbo a la taza y dejó que pasaran algunos segundos.

—Busco a una persona. Su nombre es Beltrán.

El tabernero se quedó pensativo por un segundo y luego negó con la cabeza.

—No me suena —dijo por fin.

—¿Beltrán ha dicho? —preguntó una voz a su espalda.

Miguel se volvió hacia la voz y vio a un hombre mayor que ocupaba una de las mesas, sobre las cuales había un tablero de ajedrez con una partida a medio terminar.

—¿Lo conoce? —preguntó el policía.

El jubilado se encogió de hombros.

—No sé si es el mismo… pero aquí solía venir uno que se llamaba así. No aparece desde hace tiempo. Quizá se mudó. Lástima, era un buen jugador.

Miguel señaló el tablero.

—¿Jugaba ajedrez?

—Siempre. Un par de vecinos y yo somos aficionados y nos reunimos aquí para jugar. El solía venir los jueves por la tarde.

—¿Cómo era?

El vecino se encogió de hombros.

—Muy callado. Le apasionaba el juego. Podía tirarse horas jugando.

—¿En alguna ocasión hizo comentarios sobre sí mismo?

—Nunca. Solo hablaba sobre la partida.

Miguel entornó los ojos.

—¿Bebía?

—No era de esos. A veces se bebía un vino o dos, pero más por justificar el tiempo en la mesa que por otra cosa.

—¿Solo venía a jugar?

—Traía su tablero, jugaba algunas partidas y se iba en cuanto terminaba la última. Nunca lo vi hacer otra cosa.

—¿Tenía algún amigo?

El hombre soltó un leve bufido.

—No. Nunca pareció interesarle la gente. Venía, jugaba y se marchaba. Un día, solo dejó de aparecer. Sin despedidas, sin explicaciones. Eso fue hace años.

—¿Alguien ha preguntado por él desde entonces?

Esta vez quien respondió fue el tabernero.

—No que yo sepa. Usted es el primero.

Miguel bebió el último sorbo de café, dejó algunas monedas sobre la barra y se marchó.

La temperatura había descendido mientras se encontraba en el bar.

Beltrán había visitado ese lugar lo suficiente como para ser recordado, pero, aun así, su ausencia no llegó a pesar.

Había desaparecido sin hacer ruido. Miguel subió a su coche y puso rumbo a la comisaría.

Mientras conducía de regreso, meditó acerca de sus hallazgos.

Tuvo la incómoda sensación de que aquella muerte, más bien, había sido un borrado.

Era como si Beltrán nunca hubiera existido.

Llegó a una conclusión preocupante: aquel hombre había desaparecido sin dejar el menor rastro tras de sí.