La sombra del gato: El peso del silencio (Inspector Salazar 14) Capítulo 52
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Capítulo 52

M ientras Salazar se asesoraba con el perito financiero de Científica, en la sala común, Rebeca trabajaba con dos expedientes abiertos junto al teclado y varias ventanas superpuestas en la pantalla.

Comprobaba y cruzaba información sobre fechas, pólizas, registros civiles y movimientos bancarios, que se relacionaban con las semanas posteriores a las muertes de Vilar y Beltrán.

Remigio, con la espalda apoyada en el respaldo de la silla, comprobaba los datos de filiación de Beltrán.

—Sigo pensando que esto es coger el camino largo para llegar al mismo sitio —murmuró.

Rebeca continuó con su tarea.

—No podemos dejar cabos sueltos, Remigio. Por poco importante que parezca, necesitamos descartarlo.

Toro soltó un resoplido leve por la nariz.

—Beltrán era soltero, padres fallecidos, sin hermanos, sin hijos conocidos. Este tío estaba más solo que el número uno.

—Yo tampoco encontré ningún familiar en los registros. Sin embargo, con Vilar la historia es diferente.

—Ah, ¿sí?

—Dejó viuda y dos hijos pequeños —Rebeca escribió una nota que le entregó a su compañero —. Ahí tienes el nombre y la dirección.

Remigio dejó la carpeta en el escritorio, cogió el papel y lo leyó.

—Rosa Prieto. ¿Algún dato interesante?

—La bodega pagó una indemnización complementaria, además del seguro obligatorio. Recibió diez mil euros en total.

Remigio asintió y se levantó despacio, al mismo tiempo que guardaba la dirección en el bolsillo interior de la chaqueta. Rebeca esperó a que su compañero saliera, para volver a centrarse en los documentos y registros.

El inspector Toro aparcó cerca de la calle Santa Lucía y avanzó a pie por la estrecha acera entre fachadas antiguas, que pedían a gritos una mano de pintura. El sol no parecía dispuesto a hacerse presente y la humedad de la tarde otoñal se colaba a través de la ropa, hasta los huesos.

El número apareció a mitad de la acera sobre un portal estrecho, hundido entre los edificios vecinos. El barniz de la puerta había perdido su brillo hacía años y la madera, entre agrietada e hinchada, no parecía dispuesta a soportar mucho más.

Remigio entró y lo alcanzó el olor a encierro y col cocida.

Con paso cansado, subió las escaleras estrechas y empinadas.

Los peldaños de madera crujieron bajo su peso con un sonido hueco y viejo.

El pasamanos bailaba un poco cuando lo tocaba.

Desde un piso superior se escuchó el llanto apagado de un niño pequeño.

Remigio siguió avanzando sin prisa, con el peso de la edad golpeando sus rodillas. Cada descansillo era igual al anterior: puertas antiguas, marcos sin brillo y paredes desconchadas.

Cuando llegó al piso correcto, sacó el papel del bolsillo y comprobó el número. El policía se quedó inmóvil un segundo frente a la puerta y entonces, tocó el timbre.

Una mujer le abrió después de algunos segundos. De mediana edad, sus ojos estaban hundidos en ojeras poco profundas, pero persistentes. Miró a Remigio con una mezcla de curiosidad y temor. Cuando el policía le mostró su identificación, ella entornó los ojos.

—¿Sí? ¿Qué desea, inspector?

—¿Señora Rosa Prieto?

Ella asintió, manteniéndose apenas asomada detrás de la puerta, como si esta fuera un escudo frente las amenazas del exterior.

—Necesito que me conceda algunos minutos para hablar con usted acerca de su difunto marido.

Ella frunció el ceño y abrió la puerta para permitirle pasar. Remigio entró. El piso era pequeño y viejo, pero limpio y ordenado. De reojo, el policía pudo ver dos mochilas infantiles apoyadas junto al radiador apagado.

—¿Ha pasado algo? —preguntó ella.

Toro suspiró.

—Estamos revisando un asunto relacionado con la bodega. Necesito hacerle algunas preguntas sobre lo que ocurrió después de la muerte de su marido.

—¿Después de tantos años?

—Es importante. Según la documentación, usted recibió una indemnización de diez mil euros. Debió representar un alivio en aquel momento —tanteó el policía.

—No ayudó lo suficiente. Entre el entierro, los abogados y las deudas…

desapareció enseguida —La viuda de Vilar miró a su alrededor y se encogió de hombros—.

Como puede ver, no pude sostener la hipoteca de nuestro piso en la calle Ventilla.

Tuve que vender, pero después de cubrir la deuda de la hipoteca no quedó mucho.

Tuvimos que mudarnos aquí. El piso es viejo y el alquiler es barato.

—¿En qué trabaja?

—Soy recepcionista en un bufete a jornada completa, con sueldo mínimo interprofesional, que no alcanza para mucho con dos niños.

—¿Eran muy pequeños cuando…?

—Tenían tres y seis años cuando murió su padre.

Remigio se mordió los labios. No necesitaba preguntar más, pues la casa hablaba por sí sola. Era evidente que el dinero de la indemnización no había mejorado la situación de la familia.

El policía asintió e hizo una última pregunta.

—¿La bodega la presionó para cerrar el asunto rápido?

—No. Pedro cometió una imprudencia, saltándose todos los protocolos. Los abogados me dejaron claro que la bodega no había tenido ninguna responsabilidad.

—¿Sabe por qué lo hizo? ¿Él le comentó algo antes del accidente?

Rosa sacudió la cabeza.

—Pedro solía inmiscuirse en asuntos que no le correspondían.

Yo siempre se lo reprochaba. Le decía que tarde o temprano le traería problemas, así que él evitaba hacerme comentarios al respecto.

No sé por qué entró en esa cámara de fermentación, pero conociéndolo, estoy segura de que fue por algo que despertó su curiosidad.

El inspector asintió despacio. Cuando salió del edificio unos minutos después, ya había llegado a una conclusión: con la muerte de Vilar, su viuda y sus hijos lo habían perdido todo.