La sombra del gato: El peso del silencio (Inspector Salazar 14) Capítulo 51
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Capítulo 51

U na hora después, Salazar llegó a la comisaría.

El silencio dominaba la sala común, a pesar de que el resto del equipo ya estaba allí.

Cada uno de sus colegas se encontraba concentrado en su propia tarea.

Rebeca fue la primera en levantar la mirada cuando escuchó sus pasos. Lo recibió con una sonrisa.

—Ya estás aquí. Te estábamos esperando.

Las palabras de Rebeca alertaron de su presencia a los demás. Ángela apartó la atención de la pantalla, Remigio se apoyó en el respaldo de su silla sin disimular su cansancio y Miguel se estiró como un gato.

—Veo que seguís en el tajo —comentó Salazar—. ¿Habéis conseguido algún avance?

Ángela fue la primera en hablar para exponer sus hallazgos.

—Unai accedió a la auditoría antigua sin necesidad de permisos especiales. No pasó nada de inmediato. El archivo era viejo, olvidado y sin ninguna protección. Sin embargo, al día siguiente, hubo un acceso externo al servidor.

—¿Externo? ¿Estás segura?

Ángela asintió.

—Por completo. Quienquiera que fuera revisó permisos, consultó registros antiguos y tocó carpetas colaterales. No abrió la auditoría, pero tampoco necesitaba hacerlo. Poco después, ciertos accesos secundarios fueron cerrados con discreción, sin que nadie lo notara.

—No es una reacción de empresa —comentó Remigio—. Es personal.

Ángela se encogió de hombros.

—El acceso externo no buscaba información. Buscaba averiguar quién había tocado la auditoría.

Remigio asintió.

—Y esa persona querría callar a quien se interesó en el documento.

—Unai —sentenció Rebeca.

Salazar mostró su acuerdo con un asentimiento.

—¿Qué encontraste tú, Remigio?

Toro tomó la palabra para informar acerca de su análisis de los lugares donde ocurrieron los «accidentes».

Primero desplegó los planos de la bodega sobre el tablero, para mostrar la ubicación de los despachos en un ala del complejo, las salas técnicas y los accesos a las zonas de producción, llegando a la conclusión de que no era difícil que alguien ajeno pasara desapercibido.

Luego, llegó el turno de la casa rural incendiada.

Esta vez desplegó un mapa de las cercanías de la bodega, en el cual señaló el punto donde se encontraba la antigua casa de Beltrán.

Les mostró que se trataba de una construcción aislada con poca protección, a la que se podía acceder desde varios puntos.

—Son dos escenarios distintos —concluyó—, pero los dos habrían permitido actuar sin testigos y sin prisa. No obligan a improvisar.

Se hizo una pausa, mientras los policías calibraban el alcance de la explicación de Remigio. Entonces, Salazar le dio la palabra a Rebeca.

Ella les informó los detalles de su entrevista con Colmenares.

—El excomisario reconoce que el caso se cerró demasiado pronto. Él confiaba en González y aceptó sus decisiones como correctas.

—Y es evidente que a Domingo le interesaba que se cerrara —comentó Remigio.

Salazar suspiró.

—Me pregunto quién estuvo detrás de González para que tomara esa decisión. ¿Qué encontraste tú, Miguel?

Pedrera informó lo que había averiguado que se comentaba sobre Vilar y Beltrán en la bodega en los días en que todo había ocurrido.

Salazar se quedó pensativo por un momento.

—Por lo visto, el cierre del caso representó un alivio para todos, sin excepción.

—Lamentable, pero cierto —comentó Remigio.

El inspector jefe asintió y comenzó a resumir los detalles que revelaban los informes sobre las muertes de Vilar y Beltrán. También les habló sobre su visita a la casa rural donde había muerto Beltrán y su percepción de que algo no encajaba. Remigio resopló como un toro.

—Este asunto huele muy mal. Es evidente que el secuestro se decidió cuando Unai tocó el documento que alguien quería que permaneciera enterrado. Y me temo que eso aumenta el riesgo para el chico.

Nadie lo contradijo.

—Está claro que esas dos muertes cerraron el caso en falso —concluyó Salazar—. Aunque se consideraron accidentes, si el sujeto que cometió el desfalco estuvo involucrado, no va a dudar en matar por tercera vez. Esto sube el nivel. Debemos darnos prisa.

La melodía del móvil de Salazar anunció la entrada de una llamada. Él consultó la pantalla y asintió.

—Telmo. ¿Alguna novedad? —Salazar escuchó a su compañero con atención y terminó la conversación, antes de volver a dirigirse al equipo—.

Gracias a la madre de Unai, Telmo descubrió que el chico usaba una aplicación en el móvil para jugar ajedrez, y que solía hacerlo siempre con el mismo contrincante.

Al parecer, sostenían conversaciones a través de la App y él lo llamaba «mi amigo, el jugador».

Remigio se enderezó en la silla.

—¿La madre sabe de qué hablaban?

Salazar negó con la cabeza.

—Solo le comentó que era muy listo y que estaba aprendiendo mucho con él. También le dijo que tenían intereses similares. Por eso siempre lo escogía como contrincante.

—Tenemos que averiguar quién es ese sujeto y el contenido de ese chat —sentenció Rebeca.

—Estaba a punto de decir lo mismo —admitió Salazar—. Ángela, vuelve a llamar a Telmo para que te proporcione todos los detalles que pueda. Luego, solicita una orden judicial para revisar los chats de esa App.

—Sí, señor.

El inspector jefe se quedó algunos segundos en silencio, mientras organizaba sus ideas. Cuanto más avanzaban, más urgente se hacía encontrar a Unai.

—Remigio, Rebeca, quiero que investiguéis a cualquier familiar o amigo cercano de Vilar y Beltrán.

Averiguad cómo influyeron esas muertes en ellos.

Revisad seguros, herencias, indemnizaciones…

Quiero saber si alguien se benefició de forma directa con la muerte de cualquiera de las víctimas, más allá del desfalco.

Remigio resopló por la nariz.

—No lo veo. Me perdonas, pero creo que estás rizando el rizo.

Familiares y amigos no encajarían en este asunto.

Todo apunta en la misma dirección: dos muertos útiles que cierran un desfalco, el chico curioseando en documentos que podían despertar una investigación dormida…

y alguien interesado en que la verdad nunca vea la luz.

Lo siento, pero no creo que las familias tengan algo que ver…

—Yo tampoco, pero lo que te estoy pidiendo es que mires qué pasó alrededor de ellos, después de sus muertes. Quiero saber quiénes pudieron beneficiarse de lo que les ocurrió. Me refiero a gente que cobró herencias, seguros…

—¿Qué esperas encontrar?

—Quiero saber si alguien recibió una indemnización conveniente, si una deuda desapareció, si una propiedad cambió de manos sin problemas o si algún trámite se resolvió demasiado rápido.

—¿Estás buscando cómplices en el entorno de las víctimas? —preguntó Rebeca.

—Más bien, estoy pensando en gente que debió hacer preguntas sobre lo que había ocurrido, pero que guardó silencio.

Rebeca intercambió una mirada con Remigio y asintió.

—De acuerdo. Yo me ocuparé de revisar los registros y la documentación —dijo la inspectora.

—Yo me encargaré de hacer las entrevistas —confirmó Remigio.

Salazar se volvió hacia Pedrera.

—Miguel, averigua qué efecto tuvo el fallecimiento de Beltrán en el entorno donde vivía. Alguien tenía que conocerlo. Trata de averiguar quién era cuando salía de la bodega: cuáles eran sus rutinas, sus gustos y con quién se relacionaba. Vamos a averiguar quién era ese hombre en su día a día.

—Entendido.

Salazar se dirigió a todo el equipo.

—¡Vamos! Tenemos que darnos prisa y localizar a Unai, antes de que sea demasiado tarde.

La reunión se disolvió sin ceremonias. Ángela cogió el teléfono, Miguel y Rebeca desbloquearon sus correspondientes ordenadores, y Remigio se sentó frente a su compañera.

Al mismo tiempo, Salazar abandonó la sala común, salió de la comisaría y cogió el Clío para poner rumbo a Logroño.

Era hora de presionar para conseguir resultados rápidos.

Su preocupación era tal, que ni siquiera pensó en detenerse en una cafetería de camino a la Jefatura Superior.

Salazar llegó al laboratorio de Científica con la urgencia de quien siente que corre contrarreloj. Cuando Casimiro lo vio aparecer en la puerta, dirigió la mirada a sus manos, en las que solo había una carpeta. El jefe Barros frunció el ceño.

—¡Otra vez con las manos vacías! Así que ahora no solo vienes a molestar, sino que ni siquiera eres capaz de traer un mal desayuno. ¡Y no me vengas con que son las 18 horas! Yo desayuno cuando me sale del protocolo.

—Lo lamento, Casi. Reconozco que lo volví a olvidar.

—¡Qué lo volviste a olvidar! Hay que ser descarado. ¿Vienes a arruinarme la tarde y encima tienes la cara dura de decirme que otra vez lo olvidaste? ¡Abusador! Eres más molesto que un moscón con una trompeta.

Néstor suspiró, demasiado preocupado para seguirle el juego a Barros.

—Se trata del secuestro. Mientras más avanzamos en la investigación, más temo por el chico.

El jefe Barros enderezó la espalda y frunció el ceño.

—Mmm, muy mal deben estar las cosas para que pierdas el humor.

—Es posible que el secuestrador ya haya cometido dos homicidios para protegerse de lo que descubrió el chaval.

—Mierda. ¿Cómo puedo ayudar?

—¿El perito financiero ya tiene resultados sobre la auditoría? Su análisis quizá pueda darnos alguna pista, acerca de quién fue el responsable del desfalco.

—Todavía no me ha entregado el informe, pero acompáñame. Quizá ya haya conseguido algún avance.

El jefe Barros condujo al inspector hasta la oficina del experto. En la medida en que se internaban en los pasillos del laboratorio, los olores del alcohol y el plástico se hacían más penetrantes.

Casimiro golpeó con los nudillos y abrió sin esperar respuesta.

—Almagro, han venido a meterte caña.

El perito levantó la vista del monitor.

—Jefe, inspector. Llegan a tiempo. Acabo de terminar la revisión que me pidieron sobre la auditoría de la bodega.

Salazar cogió aire y lo retuvo.

—¿Cuáles son sus conclusiones?

—Puedo confirmarle que el documento original es auténtico. La estructura, el lenguaje y el tipo de análisis encajan con una auditoría profesional de hace una década. También puedo asegurarle que quien la redactó sabía lo que hacía.

—Pero… —sugirió el inspector.

—Pero fue modificada después. No estamos hablando de que fuera falsificada por completo. El cuerpo principal es coherente y mantiene una línea técnica sólida. El problema aparece al final del recorrido.

—¿A qué se refiere?

—Hay apartados que no encajan y conclusiones que no se corresponden con los datos por completo. También encontré algunas observaciones que fueron eliminadas y otras reescritas con torpeza. Fue alterada para cambiar el sentido y llegar a conclusiones diferentes.

Salazar se mordió los labios.

—¿En qué consistió la torpeza? ¿Dónde fallaron?

—Yo diría que quien manipuló el documento entendía las cuentas, pero no dominaba la lógica completa de una auditoría profesional. Sabía de finanzas, pero no lo suficiente para que no se notaran los ajustes.

—¿Cuándo hicieron esos cambios?

—Pocos días después del documento original.

Salazar guardó silencio por unos segundos.

—Entonces, quien lo hizo debió estar cerca y tener acceso al archivo.

—Eso parece.

—¿Puede hacerme llegar un informe? —preguntó el inspector.

—Por supuesto.

—Yo me ocupo —intervino el jefe Barros—. Lo tendrás en la bandeja de la comisaría, antes de que salgas de aquí.

Salazar asintió y le agradeció al perito y a Casimiro por su ayuda.

Las conclusiones del experto le daban vueltas en la cabeza: la auditoría era inconsistente consigo misma.

Reflejaba precisión y descuido al mismo tiempo.

Quien lo hizo era profesional, pero no experto.

Cuando el inspector salió del laboratorio de Científica, recordó la sugerencia de Remigio: Unai no había descubierto aquel documento por casualidad.

Alguien debió inducirlo y señalarle dónde mirar.

Néstor emprendió el camino de regreso a Haro, con la convicción de que la desaparición de Unai no era el secuestro de un chico curioso que se había tropezado con algo que no debía.

El chaval interfirió en un equilibrio del pasado que se había roto.

El policía intuyó que detrás de todo lo que estaba ocurriendo había dos fuerzas opuestas, que orbitaban alrededor del mismo documento: una interesada en sacarlo a la luz y la otra dispuesta a que siguiera enterrado.

El secuestro empezaba a parecer más una reacción que un fin en sí mismo