Capítulo 50
C uando terminó de revisar los informes y registros del fallecimiento del único sospechoso del desfalco, Salazar comprendió que no descubriría nada más entre los papeles, así que decidió visitar el lugar de los hechos.
Era consciente de que había pasado demasiado tiempo como para que pudiera conseguir una pista, pero ver el lugar donde había ocurrido el incendio, quizá le aportara alguna idea.
El inspector buscó el dato que necesitaba en los informes: el nombre del propietario de la casa rural era Francisco Ramos.
Entonces, cogió su teléfono y marcó el número que figuraba en el registro.
La respuesta llegó al tercer tono. Después de identificarse y comprobar que se había comunicado con la persona correcta, el policía expuso su deseo de visitar la casa rural.
—Esa casa lleva años cerrada —advirtió Ramos.
Néstor guardó silencio por un segundo.
—¿Podría decirme desde cuándo?
—Desde el incendio en el que murió el último inquilino.
Salazar hizo una pausa. Que nadie la hubiera ocupado después de Beltrán era una buena noticia.
—Necesito visitarla lo antes posible.
Del otro lado, se escuchó la voz de Ramos alejándose del teléfono y sosteniendo una corta discusión con alguien más. El inspector no alcanzó a entenderle. El propietario volvió a acercarse al teléfono.
—No hay problema. Muy cerca hay un bar: El Reparo. Nos reuniremos allí. Le enviaré la ubicación por el móvil. Luego, lo acompañaré hasta la casa. No es fácil encontrarla si no se conoce bien la zona. Puedo llegar en una hora.
Salazar le agradeció su colaboración y terminó la llamada.
Una hora después, el policía aparcó frente al bar. Se trataba de un local pequeño, de fachada encalada y con el cartel descolorido, ubicado en un cruce de caminos. Sin el mapa enviado por Ramos, le habría resultado muy difícil encontrarlo.
El frío atravesó el gabán del inspector cuando bajó del Clío.
Una sensación que no desapareció al entrar en el rústico bar, cuyo ambiente no se diferenciaba mucho del de una cueva.
Había pocas mesas. Los clientes que las ocupaban registraron la entrada de Néstor con un vistazo y siguieron a lo suyo, con la excepción de un hombre corpulento y calvo que estaba apoyado sobre la barra de madera, y que era evidente que esperaba a alguien.
No le quitó la vista de encima a Salazar hasta que llegó a su lado.
—¿Inspector? —preguntó sin disimular su sorpresa, al mismo tiempo que su mirada se clavaba en la corbata de aguacates.
Néstor asintió.
—¿Señor Ramos?
—No tengo ningún inconveniente en que visite la casa, pero quisiera saber de qué se trata todo esto.
El policía pidió un café y adoptó una postura relajada.
—Es comprensible. No debe preocuparse, señor Ramos.
No está en problemas. No se trata de un registro ordenado por un juez, pero es probable que la desaparición de un chaval tenga relación con el incendio en el que murió su inquilino.
Solo necesito realizar una inspección ocular.
No tocaré nada. Aun así, está en todo su derecho de negarse.
Ramos lo pensó por un momento y entonces se encogió de hombros.
—No tengo ningún inconveniente en que visite la casa. En especial, si puede ayudar a que encuentren a ese chaval. Sin embargo, no creo que le sirva de mucho. No hay nada que ver allí.
—Me comentó por teléfono que no había vuelto a alquilarla después del incendio.
—Ha estado cerrada desde entonces. Aunque no hubo grandes daños, para lo que se sacaba de alquiler, no merecía la pena meter dinero.
Néstor asintió.
—¿Podemos verla ahora?
—Por supuesto. Está cerca, pero hay que internarse en caminos de tierra. Si me sigue en su coche, lo guiaré hasta allí.
Después de terminar sus correspondientes tazas de café, ambos salieron del bar.
Salazar subió al Clío y siguió a Ramos. El coche dejó atrás el asfalto sin aviso.
El cambio fue progresivo y se notó en el sonido del motor, que comenzó a escucharse un poco forzado.
El camino irregular puso a prueba los amortiguadores y el paisaje comenzó a vaciarse de referencias.
Los viñedos aparecían y desaparecían entre curvas suaves, dejando huecos de terreno muerto donde nada crecía.
De vez en cuando atravesaban algún camino de tierra estrecho y sin señalizar, de esos que no aparecen en los mapas y que se pierden en direcciones que solo un lugareño sabría dónde terminan.
Cuando Ramos bajó aún más la velocidad, el inspector comprendió que estaban llegando. Después de una curva cerrada apareció la casa… o lo que quedaba de ella. Las paredes habían perdido el color con los años y las ventanas estaban cegadas con tablones viejos.
Ramos bajó del coche y Néstor lo imitó. El viento allí circulaba con más furia, como si quisiera echar a los intrusos que no pertenecían al lugar. El inspector miró a su alrededor. No se veía ni una casa cercana. Ni un huerto… nada.
El propietario rebuscó en su bolsillo y sacó una llave antigua. A pesar del óxido de la cerradura, el mecanismo cedió con un chasquido seco.
Entraron. El aire olía a encierro y humedad.
Salazar recorrió las estancias sin prisa, fijándose en la distribución, en la relación entre los espacios, en la sensación de soledad que lo envolvía todo.
Una fina capa de polvo y hollín cubría todas las superficies.
El sofá en el que había muerto Beltrán había sido removido, pero no lo sustituyeron por uno nuevo.
La pared detrás del lugar donde solía estar el sofá estaba oscurecida con marcas verticales, que se difuminaban a medida que ascendían, como si las llamas hubieran intentado trepar… y se hubieran quedado sin fuerza.
El techo, apenas había sido tocado. Solo conservaba un ligero oscurecimiento por el humo. El resto del salón seguía intacto, tal como lo habría encontrado Beltrán, aquel fatídico día cuando llegó a su casa.
—¿Cómo se desarrolló el incendio? —preguntó el inspector.
El dueño señaló las manchas de humo.
—El sofá estaba pegado a esa pared. Beltrán se quedó dormido mientras fumaba, y el cigarrillo encendió la tela sintética. Murió por los gases, pero para cuando llegaron los bomberos y consiguieron apagar el fuego, el cuerpo ya estaba carbonizado.
Néstor observó la distancia entre el sofá y la puerta, comprobando la ausencia de salidas alternativas. Además, el espacio tenía mala ventilación. Con las ventanas cerradas, el humo no habría tenido por dónde salir.
—¿Cree que habría podido salvarse, de haber despertado a tiempo?
El propietario se encogió de hombros.
—Supongo que sí… pero eso no fue lo que ocurrió.
El inspector asintió, sin hacer ningún comentario. Se detuvo unos segundos más de lo necesario en la sala principal y dejó que el lugar le contara su historia.
La vieja casa conservaba casi todos los muebles: una mesa baja, un par de sillas, estanterías sencillas y la televisión antigua apoyada sobre un mueble auxiliar.
Todo estaba en su sitio, como si el tiempo se hubiera detenido la noche del incendio y nadie hubiera vuelto a intervenir.
Aquel espacio congelado en el tiempo confirmaba las palabras de Ramos acerca del abandono de la casa.
Tampoco había signos de saqueo ni de nuevas ocupaciones.
Sin embargo, algo no terminaba de encajar, aunque no fue capaz de determinar de qué se trataba.
Salazar tomó nota mental de esa impresión. No pudiendo ponerle nombre, la identificó como una incomodidad leve, persistente, de esas que los años le habían enseñado a no ignorar. Algo no estaba bien.
Una vez que se sintió satisfecho con la inspección de la sala, continuó avanzando por la vivienda, comprobando lo que quedaba.
—Después del incendio, ¿qué se hizo con la casa?
—Nada especial. La Policía retiró el cadáver y el sofá. Luego vino el seguro, evaluó los daños y pagó una miseria. Eso fue todo. Desde entonces, ha estado cerrada, hasta hoy.
—¿Usted no había regresado?
—Para serle honesto, no me apetecía volver a visitarla.
—Comprendo. ¿Alguien más lo hizo por usted? ¿Retiraron algo después del incendio?
—Nada. ¿Aquí no había nada que recuperar?
—¿Qué me dice de la familia de la víctima? ¿No solicitaron las pertenencias de su pariente?
—Beltrán era un solitario. No tenía familia. Me temo que pocos lloraron su muerte.
El inspector asintió y tomó nota mental del detalle. Siguió preguntando, siempre en el mismo tono neutro.
—¿La casa estuvo precintada?
—Sí, durante un tiempo, pero no recuerdo cuánto. Luego levantaron el precinto y todo terminó.
—¿Alguien volvió a interesarse por este lugar después?
El propietario negó con la cabeza.
—Nadie. Pensé que habría más… papeleo, más visitas, pero no. Se cerró y punto.
Salazar regresó al salón y se detuvo un momento en el centro, echando una última ojeada alrededor. Volvió a invadirlo la sensación de que algo no encajaba.
—Todas las puertas y ventanas están cerradas. ¿Encontró alguna abierta después del incendio?
—No, todo estaba cerrado. Supongo que eso contribuyó a que Beltrán falleciera por los gases.
Salazar asintió pensativo, antes de continuar.
—¿Hizo alguna reparación posterior al incendio, aunque fuera pequeña?
—Nada.
—¿Cuándo fue la última vez que habló con su inquilino?
—Unos días antes. Se acercó a mi casa en el pueblo para pagarme el alquiler y se fue. Lo habitual.
—¿Y después del incendio? ¿Vino alguien preguntando por él?
Ramos lo pensó por un momento.
—Nadie.
El policía le agradeció al propietario por su tiempo y salió de la casa. No había encontrado nada concreto. Sin embargo, regresaba cargado de sensaciones. La muerte de Beltrán había sido silenciosa. Fue un final que no incomodó a nadie, en un lugar donde todo se cerró con demasiada facilidad.
Mientras regresaba al coche, Néstor no pensó en el incendio ni en su origen. Pensó en lo mismo que empezaba a repetirse en todos los frentes del caso. Alguien había necesitado que ciertas historias terminaran sin preguntas, y lo había conseguido.