La sombra del gato: El peso del silencio (Inspector Salazar 14) Capítulo 49
77%

Capítulo 49

A ntes de salir de la comisaría, Rebeca se comunicó con el antiguo comisario de San Miguel, ya jubilado.

Colmenares aceptó encontrarse con ella en un café de la Avenida Ventilla, muy cerca de su casa.

La cafetería hacía esquina y tenía una vista panorámica de la calle, a través de los cristales de su fachada.

El aroma a café recién hecho y bollería la envolvió, en cuanto puso un pie en el interior del local.

Rebeca paseó la mirada por las mesas. No conocía al excomisario, pero le resultó fácil identificarlo.

Era el único sentado de espaldas a la pared y con la puerta dentro de su ángulo de visión.

Aunque su actitud era relajada, a la inspectora le resultó evidente que él no perdía detalle de su entorno.

Suficiente para identificar al veterano expolicía sin necesidad de presentaciones.

Cuando lo miró, comprendió que él también la había reconocido.

La inspectora se acercó y se detuvo frente a la mesa, al mismo tiempo que él se ponía de pie.

—Comisario Colmenares.

—Inspectora.

Después de los saludos de cortesía, ambos tomaron asiento. La mesa era pequeña, suficiente para dos tazas y poco más. El camarero tomó nota y se retiró. Colmenares esperó a que se alejara.

—¿Cómo van las cosas por la comisaría?

Rebeca captó el tono de nostalgia y dibujó una leve sonrisa.

—Todo funciona.

Colmenares asintió despacio.

—Eso ya es decir bastante.

El excomisario entrelazó los dedos sobre la mesa.

—¿Salazar sigue allí?

—Sí.

—Nunca me lo puso fácil, pero debo reconocer que tiene buen olfato —Colmenares cambió la postura—. ¿Cómo se lleva con mi sucesor? ¿Cuál era su nombre…? Ortiz.

Rebeca dibujó una sonrisa.

—Tienen sus momentos.

El camarero dejó los cafés sobre la mesa y se marchó.

—¿Qué puedo hacer por usted, inspectora?

—Se trata de un antiguo caso: el desfalco en la bodega Umbravara. Se cerró en falso después de un accidente fatal en el que murió uno de sus empleados.

El antiguo comisario parpadeó, como si eso le ayudara a localizar la información en su cerebro.

—Me suena… Sí, ahora lo recuerdo. Lo investigó Domingo González. Fue hace años.

—Sí, pero el asunto ha vuelto a cobrar vida. Lo estamos relacionando con un delito reciente.

El expolicía guardó silencio por un segundo.

—¿En qué puedo ayudar?

—He venido a preguntarle cómo se cerró aquello —Colmenares cogió aire y lo dejó escapar despacio—. Nuestra intención no es juzgar sus decisiones, pero necesitamos entender cuándo y cómo cambió el rumbo del caso.

El policía jubilado se inclinó hacia adelante y apoyó los antebrazos en la mesa.

—Comprendo. No fue uno de los casos más emblemáticos que investigamos, pero lo recuerdo por la serie de coincidencias que lo rodearon. ¿Qué desea saber?

Rebeca se encogió de hombros.

—¿Cómo se planteó al principio?

Colmenares esbozó una media sonrisa cansada.

—Recibimos una denuncia del dueño de la bodega. Alguien había metido la mano en la caja. Intentaron maquillarlo, pero fueron descubiertos. Nada espectacular. Solo era un delito financiero rutinario… Se lo asigné a Domingo. En esos días confiaba en él. Creía que era un buen policía.

—¿Qué pasó después?

El excomisario dio un sorbo al café, como si necesitara tiempo para alcanzar el recuerdo. Entonces, respondió con calma.

—Las cosas se complicaron con el accidente. Ya había un muerto y eso llevaba la investigación a otro nivel. Desvió nuestra atención. No olvidamos el desfalco, por supuesto. Era evidente que podía estar relacionado, pero le dimos prioridad a los sucesos que condujeron a la muerte del administrativo.

—¿Encontraron algo?

Colmenares sacudió la cabeza.

—Nada. Todo apuntó a que en realidad sí se había tratado de un accidente. Lo revisamos a fondo, pero no hallamos ningún tipo de intervención en los sucesos. El chico fue imprudente y lo pagó con su vida.

—¿Usted quedó conforme?

El expolicía se removió en la silla.

—No. Fue demasiado oportuno y nunca pudimos explicar qué hacía un administrativo en la cámara de fermentación.

—¿Por qué no continuaron investigando?

—Estábamos fallos de personal y había otros casos más urgentes… Además, Domingo nos aseguró que el accidente solo había sido una coincidencia desafortunada.

—¿Usted no sospechó del propio Domingo?

—Por esos días no había ningún motivo para hacerlo. Pasaron años, antes de que Salazar descubriera que González era una manzana podrida. Me temo que confié demasiado en él y consiguió engañarme por mucho tiempo.

—¿Y el desfalco? ¿Por qué no siguieron investigándolo?

—Reconozco que las evidencias eran circunstanciales, pero todas apuntaban a uno de los administrativos. No recuerdo su nombre. González iba tras él, pero antes de que pudiéramos detenerlo, murió en un incendio. Entonces, el caso se cerró.

—¿Qué puede decirme acerca de ese incendio? ¿Lo investigaron?

Colmenares asintió.

—Por supuesto.

—¿Encontraron algo?

—Nada. El peritaje de los bomberos y el de Científica coincidieron. Lo que ocurrió fue una negligencia de la víctima, que se quedó dormida, mientras fumaba en el sofá. El cigarrillo encendido sobre los materiales inflamables hizo el resto. Lamentable, pero ocurre.

Rebeca inclinó ligeramente la cabeza.

—Usted es un policía veterano, ¿percibió que había prisa en que la investigación se cerrara?

Colmenares soltó un breve suspiro.

—Nadie llamó de arriba, pero tengo que reconocer que Domingo sí influyó en la decisión…

—¿Considera que González estaba interesado en cerrarlo?

—Tanto como interesado… Fue más sutil. Solo hizo algunos comentarios sueltos como «estamos perdiendo el tiempo» o «esto ya no va a dar más».

—¿En qué fundamentó sus argumentos?

—Sus sospechas apuntaban a un solo responsable: el hombre que murió en el incendio. Así que, después de su muerte, González sugirió que no tenía sentido dedicarle más recursos a la investigación.

—¿Recuerda cuándo dejaron de hacerse preguntas?

El antiguo comisario se mordió los labios, antes de responder.

—Cuando las dos muertes quedaron calificadas como accidentales. Ahí se dio todo por terminado.

—¿Qué piensa ahora?

Colmenares bajó la mirada al café ya frío.

—Después de haber descubierto las actividades de Domingo, supongo que es evidente que supo manipularme.

No hubo más que añadir. Rebeca cerró la conversación con un agradecimiento sincero. Cuando ella se levantó de la silla, Colmenares dibujó una sonrisa de complicidad.

—Transmita mi saludo a los chicos. En especial a Salazar. Me alegra saber que sigue dando la tabarra.

—Dejaría de ser él si no lo hiciera —reconoció ella con una sonrisa.

Rebeca salió del café con la certeza de que aquel caso había dejado demasiados cabos sueltos, y que el difunto Domingo González había sido el responsable de todos y cada uno de ellos.

Mientras la inspectora hurgaba en el pasado desde el punto de vista del excomisario, Miguel usó la lista que le había entregado Ángela, para identificar a los empleados que ya no trabajaban en la bodega.

Escogió aquellos cuya actividad debió mantenerlos cerca de Vilar y Beltrán por más de cinco años, pero que, al momento actual, ya estaban jubilados.

Su intención era descubrir detalles personales sobre las víctimas de los «accidentes».

El primero de la lista era Manuel Díaz. Marcó su número y le respondieron al tercer tono.

El policía se presentó con voz amable y le dijo que quería hacerle algunas preguntas sobre sus antiguos compañeros fallecidos. Díaz aceptó con resignación.

—¿Los conocía? —preguntó el inspector.

—Sí, por supuesto. A Pedro lo conocía bien. Beltrán era más reservado.

—¿Qué me puede decir sobre Pedro Vilar?

El exadministrativo tardó un segundo en responder.

—Pedro… era curioso. A veces, demasiado. Ya sabe, el tipo de persona que quiere saberlo todo sobre todos. Era el único que encontraba emocionante lo que estaba ocurriendo. Hacía muchas preguntas y solía meterse en asuntos que no eran de su incumbencia.

Miguel tomó nota de la información.

—¿Y Beltrán?

El suspiro de Díaz se escuchó a través del móvil.

—Beltrán era el otro extremo. Iba a lo suyo.

Hablaba muy poco y nunca sobre temas personales, pero cuando se trataba de números…

—el testigo hizo una pausa—. Era brillante.

Por eso, cuando empezó a decirse que estaba metido en lo del desfalco, a muchos nos sorprendió.

No tanto porque sustrajera dinero de la caja.

No lo conocíamos lo suficiente para saber si era capaz o no.

Lo que no podíamos creer era que fuera el responsable de semejante chapuza con los números. No me lo hubiera esperado de Beltrán.

—Cuando murió Vilar… ¿qué se dijo en la bodega?

—Fue un golpe —respondió el hombre, bajando la voz—. Un accidente absurdo. Nadie pudo explicarse qué hacía en la sala de fermentación.

—Y poco después, Beltrán murió en el incendio…

—¡Desconcertante! No lo podíamos creer. Dos accidentes mortales en tan poco tiempo… Algunos comenzaron a usar amuletos.

Miguel se mordió los labios.

—¿Nadie pensó mal? Me refiero a si el hecho de que ocurrieran con tan poco tiempo de diferencia no levantó suspicacias.

—Si le soy honesto, quizá alguien lo pensó —reconoció Díaz—, pero… nadie lo dijo en voz alta. Lo que queríamos era que todo aquello terminara, para poder volver a la normalidad. Y la Policía afirmó que fueron simples accidentes.

—¿Cambió algo en la bodega después de las muertes?

Díaz dudó un segundo.

—Sí. Después de que Beltrán falleció, se acabaron las visitas de la Policía. Cuando ese inspector dejó de ir, quedamos tan aliviados, que hicimos lo posible por pasar página.

Miguel le agradeció a Díaz por su colaboración y terminó la llamada, al mismo tiempo que buscaba el siguiente nombre de la lista. Mientras lo hacía, con los indicios dando vueltas en su cabeza, su olfato de policía le advirtió que en ese caso había mucha basura debajo de la alfombra.