Capítulo 48
E l silencio se apoderó de la sala, mientras la pregunta de Rebeca permanecía flotando en el aire sin respuesta.
Todas las miradas estaban centradas en Salazar, quien cambió de postura, incapaz de ocultar su inquietud.
El peligro para Unai era real y el reloj seguía avanzando.
Necesitaban moverse rápido y llegar a conclusiones acertadas, lo antes posible.
Debían concentrar esfuerzos en la investigación del desfalco y las muertes sospechosas relacionadas.
Después de algunos segundos, el inspector jefe dejó escapar el aire. Centró su atención en Rebeca y consiguió darle instrucciones con voz calmada.
—Me preocupa que Domingo fuera quien se ocupó de ese caso.
Ya sabemos cómo se las gastaba… Quiero que revises cómo se hizo aquella investigación.
Céntrate en las decisiones que se tomaron al respecto en su momento.
Habla con Colmenares. Él era el comisario de San Miguel en aquellos días.
Está jubilado, pero quizá recuerde algo importante con respecto de esos detalles que no se incluyen en los informes oficiales —Rebeca asintió y tomó nota—.
Trata de averiguar cómo se cerró aquello desde adentro: qué prisas hubo, qué órdenes se dieron y qué fue lo que pasó debajo de la superficie.
—Vale.
Néstor se volvió hacia Ángela.
—Pídele a Toni una línea clara de lo que ocurrió en el servidor alrededor del momento en que Unai copió los archivos.
Cuando lo tengas, ordena esos movimientos en el tiempo y crúzalos con decisiones internas posteriores.
Nos interesa detectar si tocar esos documentos provocó alguna reacción que podamos monitorear.
Busca cierres discretos, cambios de acceso, cualquier comportamiento que no encaje con la rutina.
Quiero saber si alguien reaccionó y cómo.
Entonces llegó el turno de Pedrera.
—Miguel, trata de localizar a alguien que haya sido compañero de los fallecidos en su momento, pero que ya no trabaje en la bodega.
Quiero saber detalles sobre lo que ocurrió, pero desde la perspectiva de un testigo que ahora se encuentre fuera del entorno —Entonces, se volvió hacia Toro—.
Remigio, comprueba los planos de la bodega, para estudiar el lugar del accidente de Vilar.
Con respecto del incendio, revisa los mapas de los alrededores y las fotografías satelitales.
Me interesa determinar los accesos vinculados al lugar donde se desencadenó el incendio.
En ambos casos, señala con exactitud dónde alguien pudo moverse sin ser visto.
Intentemos averiguar quién pudo tener acceso.
—¿Qué harás tú?
—Yo me ocuparé de los informes oficiales sobre los accidentes.
No sabemos casi nada sobre el incendio. También buscaré el peritaje de los bomberos y el certificado de defunción de Elías Beltrán, para asegurarme de que estamos hablando del mismo hombre.
Su fallecimiento pudo ser una coincidencia, pero no lo creo.
En cuanto terminó la reunión, Salazar se encaminó a su despacho con la firme decisión de averiguar qué significaban aquellas dos muertes, para el caso del desfalco y lo que era más importante, cómo se relacionaban con el secuestro de Unai.
Si como sospechaba, tenían alguna relación.
Empezó por el accidente laboral en la bodega, el de Pedro Vilar.
Después de recuperar el atestado, los informes técnicos y la autopsia de los archivos, pasó las siguientes dos horas estudiándolos.
Todo estaba en orden. La causa de la muerte era coherente, los hallazgos forenses no dejaban resquicio para la duda y no encontró grietas en la investigación técnica.
Sin embargo, tampoco había ninguna explicación que satisficiera sus dudas.
Nada en los documentos oficiales del caso apaciguó la suspicacia que le ocasionaba que aquella muerte hubiera ocurrido en el mismo periodo en que se investigaba el desfalco, sirviendo, además, para desviar la atención.
Tampoco encontró ninguna explicación de por qué el fallecido, un administrativo, había aparecido muerto en la cámara de fermentación.
Aquel era un lugar al que nunca debería haber entrado.
¿Qué hacía Vilar allí? ¿Qué lo empujó a correr ese riesgo?
Por si fuera poco, era alarmante la rapidez con la que el caso se había cerrado, dejando demasiados cabos sueltos.
Sin embargo, encontrar un hilo del cual tirar después de tantos años necesitaría demasiado tiempo. Y eso era algo de lo que no disponían.
Entonces, Salazar comenzó a revisar toda la información oficial sobre el segundo accidente.
¿El incendio de la casa rural estaba relacionado?
La ventana temporal así lo sugería. Beltrán, cuyo nombre se repetía tantas veces en la auditoría, vivía solo y alquilado.
Nadie lo había mencionado en la bodega, a pesar de que era uno de sus empleados y de que también había sido señalado en los informes como sospechoso del desfalco.
Esa era una señal de alerta. El inspector revisó con cuidado el informe de los bomberos, la inspección ocular, el croquis del inmueble y la causa probable del fuego.
Todo encajaba: un cigarrillo caído sobre un sofá viejo, fabricado con materiales inflamables; un incendio localizado, sin signos de forzamiento ni propagación; un aviso vecinal que tardó algunos minutos, debido al aislamiento de la casa.
No había nada concreto, pero sí una cadena de coincidencias que debían ser tenidas en cuenta.
Con esa inquietud, Salazar pidió el certificado de defunción de Beltrán.
Lo primero que hizo fue acceder a los datos básicos.
Después de asegurarse de que la víctima del incendio era la misma persona cuya firma aparecía en la auditoría, el inspector solicitó el certificado literal al Registro Civil.
Prestó especial atención a la fecha, el lugar y la causa oficial de la muerte: «Inhalación de humos tóxicos».
Debido a que todos los indicios apuntaban a un accidente fatal por imprudencia, la autopsia fue rutinaria y aportó pocos datos, más allá de la causa de la muerte.
Cuando Beltrán falleció por la inhalación de los gases, su cuerpo estaba sobre el sofá, que se había convertido en una hoguera, así que el cadáver había quedado carbonizado por completo.
La identificación se llevó a cabo mediante la documentación que encontraron en su casa, y por el reconocimiento indirecto del propietario.
Todo había sido legal. Sin embargo, Salazar sintió que había resultado demasiado simple…
demasiado conveniente. A partir de ese momento, lo invadió una sensación de incomodidad.
Su instinto le gritaba que aquel asunto no había terminado ahí.