Capítulo 47
E n cuanto salió del departamento de Científica y antes de emprender el regreso a Haro, Salazar envió un mensaje a Lali para que convocara una reunión urgente del equipo.
Durante todo el trayecto, su mente trató de integrar los resultados que acababa de recibir dentro del nuevo enfoque de la investigación.
Encajaban, pero todavía no era suficiente.
Tenía la incómoda sensación de que les estaba llevando demasiado tiempo resolver el secuestro y encontrar a la víctima.
Era consciente de que cada minuto que pasaba se reducían las probabilidades de salvar a Unai.
Cuando por fin llegó a San Miguel y subió a la sala común, ya el resto del equipo lo estaba esperando.
La expresión de sus compañeros y el silencio expectante que llenaba la sala, le hizo comprender que su preocupación por el chico era compartida.
Salazar entró con paso decidido y esperó a que las miradas se apartaran de las pantallas y los documentos, para centrarse en él. Entonces, comenzó la reunión. Aunque su voz mantuvo un tono normal, llevaba impresa la urgencia que lo estaba azuzando.
—Hemos perdido demasiado tiempo persiguiendo consecuencias, así que es hora de volver a la causa y centrarnos en ella.
Remigio fue directo al grano, sin esperar a que Néstor le diera la palabra.
—Os puedo asegurar que el lugar del secuestro no admite improvisaciones: para que el tío haya podido ejecutarlo con éxito, tuvo que conocer los tiempos, la visibilidad real y los espacios exactos para que su coche pasara desapercibido.
—Está claro que escogió el lugar con cuidado —comentó Salazar.
Toro asintió.
—No tengo ninguna duda sobre ese punto. La captura de Unai fue planificada y cuidó cada detalle.
Por otro lado, después de leer el informe que Científica envió hace algunos minutos sobre los rastros de tierra que se encontraron en el arcén, todo encaja con el camino que desciende hacia el río y da paso a senderos agrícolas, que ni siquiera aparecen en el mapa.
—¿Te inclinas por esa ruta? —preguntó Miguel.
—Yo diría que es la más interesante —confirmó Remigio—.
Por ahí abundan las casas rurales abandonadas, los cobertizos y las casetas de herramientas.
Además, se trata de un terreno ideal para ocultar un zulo.
El problema es que, aunque estemos sobre la pista correcta, a menos que consigamos más información, no será fácil localizar el lugar al que el secuestrador llevó a Unai, después de capturarlo.
—Eso sin contar con que quizá ya lo trasladó —comentó Salazar, antes de darle la palabra a Rebeca.
La inspectora informó acerca de sus indagaciones sobre los acontecimientos del pasado de la bodega.
Libreta en mano, les relató la información que había recopilado con respecto del desfalco, el fallecimiento del responsable administrativo en un accidente doméstico, y los detalles sobre la inexplicable muerte de Pedro Vilar.
El inspector jefe asintió. Tanto el desfalco como los accidentes rondaban su cabeza como un moscón impertinente. Entonces, le dio la palabra a Ángela, quien informó los resultados de sus indagaciones:
—En los archivos de recursos humanos, yo también encontré información que menciona a un responsable administrativo dado de baja por fallecimiento, quince días después de la fecha del accidente de la cámara de fermentación.
Salazar frunció el ceño.
—¿Cuál era su nombre?
Ángela consultó un papel que tenía sobre la mesa.
—Elías Beltrán.
El nombre resonó en la cabeza de Néstor. Era el sujeto cuya firma aparecía por todas partes hasta cierto momento, para luego esfumarse sin explicación. Ahora sabía por qué.
—¿Qué averiguaste sobre él?
—No encontré mucho. Tan solo la nota de que fue dado de baja de la nómina por fallecimiento.
Salazar rechinó los dientes. Era la primera vez que surgía información sobre una segunda muerte y le resultaba difícil creer que hubiera sido casual. Allí había un patrón y sería importante desvelarlo.
Antes de que Salazar tuviera oportunidad de llegar a ninguna conclusión, Miguel intervino.
—Yo descubrí información que encaja muy bien con ese asunto.
En un bar cercano a la bodega, alguien recordó un incendio que se desató por esas fechas en una vieja casa rural cercana.
El inquilino fue la única víctima. Los testigos no recordaban su nombre, pero sí que era empleado de la bodega. Debe tratarse del mismo sujeto.
Toro bufó, haciendo honor a su apellido.
—Debe serlo, o estaríamos hablando de tres muertos. Y ya dos son demasiada coincidencia.
—Aun así, tendremos que comprobarlo —advirtió Néstor, antes de volver a centrar su atención en Pedrera—. ¿Puedes decirnos algo más sobre la víctima del incendio?
—Solo algunas deducciones. Al parecer, no tenía una gran relación con sus compañeros de trabajo, pues estos decidieron no asistir a las exequias.
Por otro lado, los testigos coincidieron en que, según los bomberos, el accidente fue consecuencia de un cigarrillo encendido, que cayó sobre un sofá inflamable.
Salazar escuchó sin interrumpir. Las piezas se alineaban en su cabeza y la inquietud crecía por momentos.
Dos muertos. ¿Cómo pudo pasar desapercibido algo así?
Néstor tomó la palabra y expuso la información que había recibido de Científica, acerca de la antigua auditoría que el chico estaba revisando.
Cuando el inspector jefe terminó su explicación, se hizo un breve silencio, mientras el equipo procesaba la información.
Fue Rebeca quien hizo el primer comentario en un murmullo, como si hablara para sí misma:
—Un desfalco que se cerró en falso… Una auditoría que reapareció después de años ignorada… dos fallecidos en circunstancias sospechosas y un chico que decidió mirar donde no debía… antes de desaparecer.
—Es evidente que esto no se trata de dinero —intervino Remigio—. Aquí el dato importante es quién se benefició de que el caso se cerrara en falso y quedara enterrado por la burocracia. Sería el mismo interesado en que no fuera rescatado del olvido.
Miguel chasqueó la lengua.
—Genial, estamos tratando de resolver un desfalco y tal vez dos homicidios ocurridos hace ocho años. Y por si fuera poco, relacionados con un secuestro cometido ayer.
—Ocho años —repitió Néstor, al mismo tiempo que paseaba la mirada entre Remigio y Miguel—. Yo todavía me encontraba en Madrid. ¿Alguno de vosotros estuvo aquí en ese tiempo?
Miguel negó con la cabeza.
—Es más o menos la fecha en que me trasladaron a Haro, pero ese caso debió investigarse antes de mi llegada, porque no lo recuerdo.
—Yo sí estuve presente en alguna de esas reuniones —reconoció Remigio—. Recuerdo haber escuchado algo, pero estaba demasiado ocupado en una investigación complicada y no le presté mucha atención al desfalco.
—¿No te pareció extraña la coincidencia de los accidentes? —preguntó Miguel.
—Eso no se discutió en las reuniones de equipo.
Solo se mencionó que el principal sospechoso falleció en un incendio.
González estaba seguro de que ese había sido el culpable, así que, según él, no tenía sentido seguir investigando.
Domingo debe habérselas apañado para tomar las decisiones en privado con el comisario.
Fue un caso rutinario más. Lo había olvidado por completo hasta hoy, que Salazar sacó a relucir la auditoría y se comenzó a hablar del incendio.
Me temo que no puedo aportar nada nuevo.
Néstor asintió.
—Es comprensible, Remigio. Han pasado muchos años.
—Señor, hay algo que no comprendo con respecto de la forma en que se intervino en el servidor —comentó Ángela de repente.
Salazar se volvió hacia ella y esperó que se explicara—.
¿Por qué la persona que accedió al ordenador de la bodega no borró la auditoría?
Quiero decir… Si el sujeto tenía acceso al servidor para saber que el chico había copiado el documento, también lo habría podido borrar. ¿Por qué no lo hizo?
Las miradas se cruzaron y hubo algún parpadeo.
—Joder, Ángela tiene razón —la respaldó Remigio—. Si el tío hubiera borrado el archivo, el chaval no lo habría encontrado.
Salazar se quedó pensativo por algunos segundos, antes de intervenir.
—Es una excelente pregunta, que tendremos que responder en el curso de la investigación. Debió tener algún motivo que no somos capaces de ver. En cualquier caso, lo importante ahora es descubrir de quién se trata y encontrarlo.
—Lo que sí está claro es que son demasiadas coincidencias —comentó Rebeca.
Néstor cogió aire y asintió.
—Tienes razón. Demasiadas coincidencias, que además, fueron investigadas por un policía corrupto como era Domingo.
¿Queréis saber lo que pienso?… Alguien sobornó a Domingo para que el caso no se resolviera.
El accidente de Vilar fue la excusa perfecta para desviar la atención del desfalco.
Y la muerte de Beltrán le permitió cerrar el caso sin demasiadas explicaciones, porque ya lo había señalado como el principal sospechoso.
—¿Crees que Beltrán fue quien cometió el desfalco? —preguntó Remigio.
—No lo sé. Tal vez sí o tal vez no. Domingo pudo haber sido sobornado desde el principio, para que buscara un chivo expiatorio: Beltrán.
Miguel entornó los ojos y planteó una alternativa.
—Beltrán también pudo ser culpable y haberlo sobornado para que desviara la atención del desfalco, después de haberse convertido en el principal sospechoso.
—Es cierto —reconoció Néstor—, pero Beltrán está muerto, y tanto el secuestro como la intervención en el servidor apuntan a que hay alguien interesado en que el asunto siga enterrado.
—¿Tal vez Beltrán tenía un cómplice? —sugirió Ángela.
—Si no era un cómplice, era el verdadero culpable —respondió Remigio—. ¿Qué papel creéis que jugó Vilar en todo esto?
Salazar se encogió de hombros.
—Creo que a Vilar lo perdió la curiosidad. Vio algo que le intrigó y que, de alguna manera, lo empujó a la cámara de fermentación.
—¿Qué motivo pudo tener para correr el riesgo de bajar allí? —preguntó Ángela.
—¿Una cita? —comentó Rebeca.
Salazar asintió.
—Tendremos que averiguarlo, pero lo más probable es que alguien lo haya citado allí, para «darle una explicación» … Y terminó siendo víctima de una trampa mortal
—¿Qué opinas del incendio? —preguntó Remigio.
Néstor se encogió de hombros.
—También fue una muerte demasiado oportuna.
En especial, si como sospechamos, Beltrán era inocente o tenía un cómplice.
Querría decir que ese «accidente» permitió que alguien saliera bien librado.
Lo primero que tenemos que hacer es confirmar la identidad del fallecido, sin lugar a duda.
Averiguar si la persona que murió en el incendio fue Beltrán.
Remigio se inclinó hacia adelante, apoyándose en su escritorio.
—Si confirmamos que esos «accidentes» fueron homicidios y que se perpetraron para proteger al verdadero desfalcador, ya no estaríamos hablando solo de meter la mano en la caja y maquillar algunas cifras. Cuando tocó ese documento, el chico despertó a un escorpión.
—Eso me temo —confirmó Néstor—. Por eso tenemos que darnos prisa. El sujeto no puede retener a Unai por tiempo indefinido. En manos de ese hombre, la vida del chaval corre un grave peligro que aumenta, con cada minuto que pasa.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Rebeca.
Salazar no respondió de inmediato. Se mordió los labios, cogió aire y permaneció pensativo durante algunos segundos, reorganizando sus ideas.