La sombra del gato: El peso del silencio (Inspector Salazar 14) Capítulo 46
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Capítulo 46

A l mismo tiempo que Salazar seguía el rastro de la antigua auditoría en el laboratorio de Científica, Rebeca se desplazó hasta la bodega, para entrevistar a los empleados que habían vivido en carne propia los días del desfalco y el accidente fatal.

La inspectora entró por la sala de cata, que en ese momento se encontraba vacía.

Ignoró el cuidado ambiente que rezumaba lujo, con las baldosas de mármol pulido y las botellas de vino organizadas, como libros en una biblioteca.

Llegó hasta la puerta del fondo en la que un cartel advertía: «Restringido.

Solo empleados». Apenas la cruzó, la golpeó el olor denso y dulzón de la uva en fermentación.

La bodega estaba en plena actividad. Uno de los trabajadores se le acercó a paso apresurado, con la actitud propia de quien está dispuesto a frenar su avance.

—Esta zona está restringida al público. ¿Puedo ayudarla?

Rebeca llevaba su credencial en la mano.

—Policía Nacional. Estoy aquí en una investigación oficial.

—Soy el encargado de esta planta. Por su propia seguridad, no debe deambular sola por aquí. La acompañaré hasta el despacho del señor Ríos, el director técnico.

La inspectora negó con la cabeza.

—Todavía no. Antes, necesito hablar con alguien que trabaje aquí desde hace más de ocho años.

El empleado se encogió de hombros.

—Yo mismo llevo más de veinte años.

—Entonces, tal vez usted pueda ayudarme. ¿Cuál es su nombre?

—Joaquín Restrepo.

Rebeca tomó nota en una pequeña libreta.

—Muy bien, señor Restrepo, necesito que me cuente qué recuerda del desfalco y el accidente que ocurrieron aquí hace ocho años.

Joaquín resopló.

—Aquellos días preferiría olvidarlos. Fueron difíciles para todos en la bodega. Nadie se sentía seguro. Vino un policía, se paseó por aquí con aires de mando, hizo preguntas…

—¿La investigación duró mucho tiempo?

—Lo suficiente para que todos nos sintiéramos incómodos. En especial los administrativos. Se hablaba de que alguien había metido la mano en la caja, pero nadie tenía claro el alcance del problema o si la bodega entera resultaría perjudicada por el escándalo.

—¿Qué pasó después?

Joaquín suspiró.

—El accidente. Fue desconcertante. A partir de ahí, el ambiente se volvió más pesado… ya sabe, de sospecha.

—¿Por qué?

—No podíamos creer que hubiera ocurrido algo así.

—¿Se siguió investigando el desfalco después de eso?

Restrepo negó con la cabeza.

—No hicieron más preguntas sobre ese asunto. Se quedó como aparcado. Ya no parecía interesarle a la Policía.

Rebeca tomó nota y asintió.

—Hábleme sobre el accidente. ¿Por qué les pareció extraño? Los accidentes laborales ocurren.

Joaquín sacudió la cabeza.

—Ocurren, pero no así —La inspectora cambió de postura y esperó—.

El empleado falleció en la cámara de fermentación a causa de los gases.

No respetó las medidas de seguridad y lo pagó caro…

El caso es que nadie se explica por qué estaba allí.

Era uno de los administrativos. No tenía nada que buscar en la cámara.

La inspectora tensó los músculos de la espalda.

—¿Recuerda su nombre?

Joaquín suspiró.

—Como para olvidarlo… Pedro Vilar.

Rebeca asintió y tomó nota.

—¿Tiene idea de qué hacía en la zona de fermentación?

—Nunca se supo y todavía no me lo explico.

La inspectora guardó silencio por un segundo, antes de continuar.

—¿Entró solo en la cámara de fermentación?

—Sí, ese fue el problema. Aunque las normas de seguridad lo prohíben, él las ignoró y entró solo a la cámara. Se desmayó por los gases y murió porque nadie sabía que estaba allí.

Rebeca asintió despacio, le agradeció al testigo por su información y le solicitó hablar con un administrativo.

Restrepo la condujo hasta las oficinas acristaladas que daban a la nave principal.

En cuanto la puerta se cerró a sus espaldas, el ruido quedó amortiguado hasta casi desaparecer.

El encargado de la bodega se acercó a uno de los empleados, que solo apartó la vista del ordenador cuando Joaquín y Rebeca estuvieron frente a su escritorio.

Después de las presentaciones, Restrepo se marchó.

—¿Qué puedo hacer por usted, inspectora?

—¿Cuál es su nombre y en qué consiste su trabajo?

—Arturo Fonseca. Soy auxiliar administrativo.

La inspectora tomó nota.

—¿Desde cuándo trabaja en la bodega?

—Desde hace unos doce años.

—Entonces, conoció a Pedro Vilar.

Fonseca enderezó la espalda.

—Sí. No éramos cercanos, pero trabajábamos juntos.

—¿Qué recuerda de esos días?

El auxiliar se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz.

—Recuerdo más de lo que quisiera. Alguien advirtió que las cuentas no cuadraban. No recuerdo quién dio la voz de alarma, pero la auditoría lo confirmó. Se llamó a la Policía y a partir de ahí se desataron los demonios.

Rebeca asintió.

—Continúe.

Arturo dejó las gafas sobre la mesa.

—El ambiente de trabajo se volvió imposible. Vino un policía. Tenía una actitud bastante tosca, como si nos considerara culpables a todos. Entonces, comenzó a pedir documentos y hacer preguntas…

—¿Cómo lo tomó Vilar?

—Le afectó, como a todos, pero Pedro era… bien, no me malinterprete, no lo estoy criticando… No es que fuera cotilla, pero necesitaba encontrarle explicación y conocer los detalles de todo. No soportaba la incertidumbre, así que esa situación lo puso muy inquieto.

—¿Qué pasó después?

Fonseca volvió a ponerse las gafas.

—Ese policía estuvo rondando por aquí durante un par de semanas… hasta que ocurrió el accidente.

—¿Qué recuerda sobre el accidente?

—Fue espantoso. Quiero decir… Nadie podía creer que hubiera ocurrido algo así. Yo no me lo explico todavía.

—¿Qué fue lo que pasó con exactitud?

—Pedro se metió solo en la cámara de fermentación, pero él no tenía nada que hacer ahí. No formaba parte de su trabajo. Ninguno de nosotros la ha visitado nunca.

—¿Vilar conocía los riesgos?

—Sí, claro. Todos hacemos un curso de seguridad antes de comenzar a trabajar aquí.

Ahí nos explican lo fundamental para evitar accidentes en una industria como esta.

Aunque los empleados administrativos nunca nos internamos en las naves de procesamiento, debemos aprender las medidas de seguridad básicas.

Rebeca cruzó los brazos.

—Entonces, ¿por qué entró allí, solo y sin haber avisado a nadie?

El hombre la miró a los ojos.

—Esa es la pregunta que nadie ha podido responder.

Rebeca se mordió los labios, antes de volver a preguntar.

—¿Qué le llamó la atención del accidente, aparte de que fue inexplicable? Me refiero a lo que ocurrió en la bodega después.

—Si el ambiente ya era malo, a partir de ese momento se volvió insoportable. Hasta que supimos que en realidad sí se había tratado de un accidente, todos sospechábamos de todos. Y era evidente que el policía también.

—¿Qué pasó entonces con el desfalco?

Arturo negó con la cabeza.

—¿A quién le preocupa que las cuentas no cuadren del todo cuando hay un muerto de por medio? El desfalco se diluyó. Tan solo, se dejó de hablar del tema.

—¿Nadie más mostró interés?

Fonseca se encogió de hombros.

—Lo que queríamos era pasar página y olvidarnos de ese asunto. Volver a nuestra rutina: aburrida, pero sin sobresaltos. Por desgracia, los sustos no terminaron ahí.

—Ah, ¿no? ¿Qué paso después?

—Hubo otro accidente. Ese no ocurrió en la bodega. Se trató de un incendio doméstico en el que murió otro de los compañeros. No es que tuviera muchos amigos ni fuera muy sociable, pero un fallecimiento siempre impresiona.

—¿Recuerda su nombre?

Fonseca entornó los ojos.

—Como le dije, apenas cruzábamos palabra y ahora mismo no me viene el nombre a la memoria. Lo que sí puedo decirle es que era el responsable de control administrativo.

La inspectora tomó nota y asintió.

—¿Puede decirme con exactitud, en qué consistía su trabajo?

—Sí, claro. Él era quien gestionaba parte de los movimientos y después comprobaba que todo cuadrara.

Rebeca levantó la mirada de la libreta.

—¿La misma persona que llevaba a cabo las operaciones era quien las supervisaba?

—Sé que suena extraño, pero ocurre con frecuencia en bodegas medianas como esta. Llevaba muchos años trabajando aquí y se había ganado la confianza de los dueños. La doble función que ejercía abarataba costos y simplificaba la operatividad.

—Comprendo. Volvamos a Vilar. ¿Hizo algún comentario respecto del desfalco antes de morir?

—Si lo hizo… no lo recuerdo. Ahora no me siento orgulloso de ello, pero reconozco que no solía prestarle mucha atención a Pedro, que en paz descanse.

—¿Sabe si alguien se benefició por el cierre del caso?

—Eso no lo sé. Supongo que quien cometió el desfalco debe haberse sentido aliviado, pero no tengo idea de quién puede haber sido.

—¿No hubo sospechosos?

—Si los hubo, la Policía nunca los mencionó.

Rebeca le agradeció al empleado su colaboración y salió de la oficina. No había conseguido una conclusión, pero sí preguntas interesantes que señalaban un camino.

Mientras Rebeca investigaba el pasado en la bodega, Miguel se dedicó a indagar en sus alrededores.

Entró en un bar, que a esa hora estaba casi vacío.

Solo un jubilado aburrido jugaba al solitario en una mesa junto a la barra, mientras degustaba un sorbo de vino, de vez en cuando.

El olor a fritura que provenía de la cocina le permitió al policía deducir que se estaban preparando para el descanso laboral de las empresas cercanas.

Se sentó en la barra y pidió un cortado.

El tabernero asintió y se giró hacia la máquina de café.

Miguel guardó silencio, mientras observaba los movimientos hábiles y automáticos del encargado del bar.

—Debe haber mucho trabajo por aquí en las horas pico —dejó caer con tono casual.

—Depende del día —respondió el hombre, al mismo tiempo que dejaba la taza frente a su cliente.

Miguel dio un sorbo al café.

—Lo digo por la bodega que está cerca.

El tabernero se encogió de hombros.

—Si no fuera por eso, aquí no vendría ni el tato.

Miguel asintió.

—He escuchado historias de esa bodega. De hace años. Dicen que hubo jaleo por dinero que se esfumó… Ya sabe —El policía hizo un gesto inequívoco con la mano.

El tabernero chasqueó la lengua.

—Sí hubo lío, pero eso fue hace mucho tiempo.

El inspector dio otro sorbo a la taza y dejó pasar unos segundos.

—Debió haber mucho escándalo en su momento.

—No tanto como cree. Al menos, hasta que las cosas se complicaron.

—¿Cómo fue que se complicaron?

El hombre cogió aire, como si le incomodara tocar el tema. Aun así, respondió

—Me refiero al accidente. Durante los días siguientes, los empleados no hablaron de otra cosa. Comentaban que la muerte había sido por imprudencia y que le podía haber pasado a cualquiera.

Miguel asintió despacio.

—¿Alguien comentó algo más?

—¿Algo sobre qué?

—Sobre el motivo de esa imprudencia.

—Si dijeron algo al respecto, yo nunca lo escuché.

—No fue la única imprudencia que costó una vida en esos días —comentó el jubilado, olvidando su juego de solitario por un momento.

El policía se giró hacia él.

—¿A qué se refiere?

El hombre se levantó despacio, se acercó y se sentó junto a Miguel, animado por la conversación y deseoso de participar en ella.

—Hubo otro muerto.

El tabernero lo miró de reojo.

—Déjalo, Evaristo. No es un tema para tratar con desconocidos.

El jubilado frunció el ceño.

—¿Por qué? Solo estoy diciendo la verdad —El policía guardó silencio, pero se inclinó hacia el cliente parlanchín—. Por esos mismos días se incendió una casa de por aquí. El que vivía allí trabajaba en la bodega y estaba adentro.

El inspector envaró la espalda y prestó atención.

—¿Cómo pasó?

El tabernero dejó escapar un suspiro de resignación y respondió.

—Según los bomberos, fue un descuido. El hombre vivía solo y se quedó dormido en el sofá, mientras fumaba.

—Y el sofá ardió en pocos minutos como una hoguera —sentenció Evaristo.

Miguel hizo una corta pausa.

—¿Falleció? —el cliente asintió.

—¿Alguno de ustedes sabe cómo se llamaba?

Tabernero y cliente intercambiaron una mirada, seguida de una negativa con la cabeza. Evaristo fue el primero en responder.

—Nunca lo supe.

—Yo tampoco. Las pocas veces que venía aquí no hablaba mucho.

—¿Dónde lo enterraron?

—En el Cementerio Municipal —respondió el dueño del bar—. Lo mencionaron algunos empleados de la bodega. Lo recuerdo porque me pareció extraño escucharlos decir que no tenían intenciones de asistir a los actos fúnebres.

—¿Sabe por qué?

El hombre negó con la cabeza. Miguel dio el último sorbo de café, dejó algunas monedas sobre la barra, les dio las gracias por la conversación y asintió a modo de despedida.

Mientras salía al aire frío del otoño, en su cabeza las piezas comenzaban a engranar: un desfalco que nunca se resolvió y dos accidentes mortales que sucedieron cuando las preguntas comenzaron a surgir.

Tal vez era deformación profesional, pero se le hacía muy difícil creer que aquello podía ser casualidad.