Capítulo 45
U na vez terminada la reunión, Salazar salió de la sala común, se encerró en su despacho y volvió a centrarse en el expediente antiguo, como quien revisa una herida mal cerrada.
La firma de Domingo González al final del documento le hacía dudar acerca de la veracidad de todo su contenido, pero era lo que tenía.
Un nombre se repetía con insistencia a lo largo del informe: Elías Beltrán.
Se trataba del responsable administrativo: la firma recurrente en los movimientos irregulares y el hilo del que tiraba toda la investigación.
De repente, desapareció sin ninguna explicación.
Ni una sola nueva mención. No hubo exoneración, no hubo imputación, ni tampoco conclusión.
No fue absuelto ni condenado. Tan solo dejó de mencionarse su nombre hacia el final del documento.
Desapareció sin ninguna explicación, poco antes de que se abandonara la investigación con un cierre en falso, a causa del accidente laboral mortal.
Domingo anotó el fallecimiento como incidencia relevante, que le sirvió como justificación para desviar las investigaciones del delito financiero.
El foco de atención se desplazó hacia la muerte del empleado administrativo que no tenía motivo para estar en la cámara de fermentación.
El desfalco quedó relegado y se le comenzó a tratar como un asunto colateral.
Todo se había resuelto deprisa, con demasiada simplicidad.
No encontró ninguna acusación formal contra Beltrán.
En ningún momento se le mencionó como principal sospechoso, pero tampoco se investigaron otras opciones.
Todas las indagaciones de Domingo se centraron en ese hombre, que de un momento a otro había salido de la escena sin justificación aparente.
Tal vez con otro investigador, Salazar habría considerado la torpeza o la negligencia como motivo, pero no tratándose de Domingo.
González conocía el oficio, pero lo ejercía en beneficio propio.
Aquello no era un error policial. Salazar estaba seguro de que se había tratado de una decisión dolosa.
Hubo interés en que la investigación del desfalco se dejara a un lado, y el accidente fue la coartada perfecta.
Néstor tomó notas en una libreta para ordenar sus razonamientos.
Era evidente que Beltrán había sido el principal sospechoso, pero cuando todo apuntaba en su dirección, de repente, su nombre desaparecía del tablero.
¿Por qué? ¿Quién era Elías Beltrán y dónde estaba ahora?
Néstor revisó la lista de empleados de la bodega. Beltrán no aparecía en ella. El inspector experimentó la urgencia de despejar el misterio, encontrar a Beltrán y sostener una conversación con él. Tenía mucho que explicar.
Con esta nueva perspectiva, Salazar comenzó a enfocar el secuestro de Unai desde otro ángulo.
El chico había copiado la auditoría en su usuario.
¿Por qué? ¿Qué interés pudo despertar un documento como ese en un chaval en prácticas, aficionado a los números y demasiado curioso?
Tal vez Remigio estaba en lo cierto y el interés del chico había sido inducido por alguien.
Pero ¿por quién? Y, ¿qué sentido tenía el secuestro en todo aquello?
El cuaderno de notas ya no era suficiente.
En la cabeza de Salazar surgían ideas que se conectaban unas con otras, como piezas de un rompecabezas que estaban buscando su encaje.
Así que, rotulador en mano, comenzó a reestructurar la información sobre la pizarra de su despacho.
Trazó X sobre hilos y sospechosos descartados y anotó nuevos datos.
Unai había tocado un documento dormido, quizá bajo inducción.
Alguien lo supo, lo cual significaba que existía un control sobre la auditoría.
A partir de ahí, comenzó la vigilancia sobre el chaval.
Dos hombres. ¿Estaban juntos en ese asunto?
La curiosidad de Unai lo empujó a investigar y el chaval se convirtió en un peligro para alguien.
Era muy probable que uno de esos hombres, o los dos, quisieran que aquel desfalco permaneciera en el olvido.
Y el chico estaba a punto de desempolvarlo, con lo cual había desencadenado una reacción defensiva y peligrosa…
Salazar observó el tablero y suspiró, después de asumir una certeza incómoda: ya no estaban buscando solo a un secuestrador.
El objetivo era alguien que llevaba años oculto detrás de un cierre en falso, alguien muy peligroso, que había decidido que aquel hilo no debía moverse nunca más…
La urgencia por encontrar al chico lo apremió.
El inspector salió de su despacho y de la comisaría con paso apurado.
Ya habían perdido demasiado tiempo. Cogió el Clío y cincuenta minutos después, aparcó en la Jefatura Superior.
Sacó una bolsa de magdalenas del maletero del coche y se detuvo frente a la máquina de café de uno de los pasillos, para servir un capuchino.
Cuando llegó al laboratorio de Científica, lo recibió el gruñido inequívoco del jefe Barros.
—Ya está aquí el moscón que viene a echarme a perder el día. ¿Por qué no te vas a explorar el Everest y te pierdes? Sería un gesto de tu parte.
Néstor sonrió. Casimiro estaba de buen humor y eso facilitaría su trabajo.
—A mí también me alegra verte, Casi —Salazar levantó ambas manos para mostrarle la bolsa de magdalenas y el café—. Hoy no olvidé tu desayuno.
Barros le arrancó la bolsa y cogió el vaso de café.
—Trae acá —Se asomó al contenido de la bolsa—. Más cutre y te mueres. ¿Esto qué es? ¿Una broma… o me odias sin disimulo?
—Es tu desayuno, Casi. Sé que te gustan las magdalenas y prefieres el capuchino.
Casimiro sacó una magdalena de la bolsa y la examinó como si se tratara de una evidencia.
—Esto tiene menos sustancia que tus coartadas. Y el café… —olfateó el vaso—… Esto no es café, es un engaño con espuma.
—Me complace que valores el detalle.
Barros lo miró con los ojos entornados.
—Eres más miserable que un lunes sin desayuno. Resuelves los casos gracias a mi trabajo, y a cambio, te apareces aquí con repostería de cafetería de gasolinera.
—Me alegra que reconozcas mi esfuerzo.
—¿Esfuerzo? Esto es abandono nutricional —Salazar sonrió, al mismo tiempo que Casimiro daba el primer mordisco con fingida resignación—. Uno de estos días, te voy a peritar a ti, solo para entender cómo es posible que existas.
Después de que Casimiro comenzó a disfrutar de su desayuno, pese a las protestas, Néstor le comentó acerca de sus sospechas con respecto de los documentos que fueron encontrados en el servidor de la bodega.
—Ya la estás liando, otra vez —se quejó el jefe de Científica, después de empujar un bocado de magdalena con el último sorbo de café—. Ven conmigo.
Barros lo condujo hasta el departamento de finanzas y lo presentó a uno de los peritos.
—Escucha lo que tiene que decir el inspector, Almagro. Y luego dinos qué opinas.
Salazar volvió a explicar la situación y Almagro lo escuchó con atención.
—¿Qué es lo que necesita de nosotros, inspector?
—Quiero determinar frente a qué tipo de documento nos encontramos. Si se trata de una auditoría auténtica o una copia retocada. Si fue manipulada después de crearse… También si su lenguaje, su estructura y su lógica encajan con una auditoría profesional de la fecha que se señala en el documento.
—Quiere comprobar su legitimidad.
El policía asintió.
—Necesitamos saber si la víctima tropezó con algo legítimo o con una falsificación.
El perito tomó nota.
—De acuerdo. ¿Algo más?
—Me gustaría determinar el nivel técnico del contenido: si los cálculos podrían estar al alcance de un estudiante en prácticas curioso, o si exigirían una formación más sólida en finanzas.
—¿Qué diablos estás buscando con todo eso? —preguntó el jefe Barros—. Aparte de darnos trabajo y hacernos perder el tiempo.
—Quiero medir el peligro real del documento. Es muy probable que esté relacionado con el secuestro de Unai y necesitamos entender por qué causaría inquietud el hecho de que un chaval lo hubiera abierto.
El perito financiero asintió, terminando de tomar nota en su libreta.
—Me pondré con ello ahora mismo.
—No debería decir esto, porque va contra mis principios —dijo Barros—, pero tengo que reconocer que estaba a punto de llamarte. Mientras Almagro estudia el documento, quiero que veas algo. Ya tenemos los resultados de la escena del secuestro.
Salazar siguió al jefe de Científica hasta su despacho y ocupó la silla frente a su escritorio, mientras Barros localizaba el informe correcto.
—Aquí está. Hay un par de detalles interesantes. El coche no llegó limpio al arcén. Entre las marcas de los neumáticos encontramos barro oscuro húmedo con restos vegetales. Se trata de tierra de caminos agrícolas.
—Eso es interesante.
—¡Cállate y déjame hablar! —Néstor pasó dos dedos por sus labios como si fueran un cierre—. Bien, sigo. Las fibras que encontramos en el terreno corresponden a ropa oscura común. Me temo que no sirven de mucho. No hay ninguna señal de lucha ni de caída. Sin embargo, sí de microarrastres.
—¿Microarrastres?
—¡Qué te calles, joder!
—Vale.
—Es probable que hayan arrastrado a alguien inconsciente unos pasos para subirlo al coche. La bicicleta no la tocaron.
—Esto no fue un arrebato —comentó el inspector—. El secuestrador estaba preparado y ejecutó un plan preestablecido.
—Me haría feliz contradecirte, pero pienso lo mismo.
—¿Puedes enviarme el informe completo al correo de la comisaría?
Casimiro abrió la boca para protestar, pero Almagro los interrumpió.
—Inspector, necesitaré tiempo para un análisis a fondo de la auditoría, pero sé que tiene prisa y puedo darle algunas conclusiones preliminares —Néstor asintió—.
En primer lugar, es un documento que no tiene nada de académico.
No le habría servido al chico para sus prácticas, aunque estas hubieran sido sobre economía.
Mucho menos si estamos hablando de enología.
La estructura, el lenguaje y la lógica interna corresponden a alguien experimentado en la materia.
La persona que lo creó estaba acostumbrada a manejar balances complejos. No fue el trabajo de un estudiante.
—Eso significa que el chaval solo lo encontró y lo copió —el perito asintió—. Me pregunto por qué.
Con un encogimiento de hombros, Almagro continuó.
—Tampoco encontré señales de manipulación reciente, pero sí huellas antiguas de limpieza, de retoque cuidadoso…
Néstor envaró la espalda.
—¿Cuándo se hicieron esos retoques?
—Son coincidentes con la fecha del desfalco —El perito cogió aire, antes de dar su conclusión—: puedo asegurarle que ese trabajo lo hizo alguien con mucha experiencia.
La manipulación del documento tenía la finalidad de maquillar cifras, para ocultar desbalances sin dejar marcas visibles.
Y yo diría que lo consiguieron. Habría pasado desapercibido para cualquier auditor intermedio.
Cuando Salazar salió del laboratorio de Científica, ya tenía la convicción de que la auditoría no explicaba el secuestro por sí misma, pero sí justificaba el miedo que se pudo desatar cuando un chaval curioso la rescató del olvido, para echarle una ojeada.