La sombra del gato: El peso del silencio (Inspector Salazar 14) Capítulo 44
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Capítulo 44

N éstor se despertó muy temprano, incluso antes de que Paca comenzara a lijarle la oreja para exigir su desayuno.

La gata lo miró confundida, como si él hubiera quebrantado un acuerdo tácito.

Sin embargo, perdió el interés en su humano en cuanto vio su tazón lleno con su leche sin lactosa para gatos. ¡Lo primero era lo primero!

Después de ducharse y vestirse, Salazar despertó a Rebeca y comenzó a preparar café.

Al menos, ya conseguía que resultara bebible.

Cuando ambos estuvieron listos, él entró en la habitación de la niña, la cogió en brazos, todavía dormida, la envolvió en una manta y volvió a la sala.

Antes de salir de la buhardilla, Rebeca comprobó que estaba bien abrigada.

—¿Estás seguro de que no será un problema para Dika quedarse con la niña un par de horas? —preguntó ella.

—No te preocupes. Gyula me aseguró que puede hacerlo y necesitamos reanudar la investigación lo antes posible.

—De acuerdo. Ya le avisé a mi madre para que la recoja, la prepare y la lleve a la guardería.

Cuando llegaron a La Callecita, Dika recibió a la niña y la dejó en la cuna de Quino.

—Id tranquilos, que ya me ocupo yo de esta dulzura hasta que llegue la yaya.

—Con todo el trabajo que tenéis, ¿no os dará mucha guerra? —preguntó Rebeca con preocupación.

—Quita, quita… que después de lidiar con el Quino, que no se queda quieto ni dormido, tengo yo un máster en críos revoltosos. Que os vayáis tranquilos. De la Gabriela ya me ocupo yo.

—Mi madre vendrá a recogerla en un par de horas.

—Que sí, mujer, que sí. Marchaos, que yo cuido al angelito.

Néstor y Rebeca besaron a la niña en la cabeza con mucho cuidado para no despertarla, antes de irse, y salieron del bar de Gyula con repetidas manifestaciones de gratitud. Un viento frío y cortante los acompañó en su trayecto hasta la comisaría.

Fueron los primeros en llegar. Saludaron a García al paso por la recepción y subieron al segundo piso.

La iluminación de la sala común todavía dependía de las luces fluorescentes del techo.

La luz que provenía de las ventanas tenía un tímido tono gris, como si no se aventurara a desplegarse en todo su potencial.

Salazar notó las ojeras de Ander y saboreó la experiencia de las guardias en su memoria.

Eran amaneceres agridulces. La noche no terminaba de golpe.

Se retiraba en silencio, dejando paso a una luz que avanzaba con sigilo y marcaba el final de la vigilia.

El cansancio pesaba en los hombros, sí, pero entonces llegaba el alivio, la promesa de descanso y el café que tenía un aroma y un sabor diferente, que solo podría reconocer quien ha pasado por la experiencia.

Concentrado en el ordenador de Ángela y con los cascos en las orejas, Ander tardó un segundo en notar la presencia de sus superiores. Entonces, parpadeó, estiró la espalda y bajó los cascos al cuello, pero mantuvo la mirada en la pantalla, por si surgía un aviso de actividad. Salazar se acercó.

—¿Alguna novedad?

El agente se encogió de hombros.

—Infante tuvo contactos con el número de su abogado hasta las 23 horas. A partir de ahí, silencio total.

—¿Y el teléfono de su mujer?

—Nada.

—De acuerdo, Ander. Has hecho un buen trabajo. Déjalo activo. Configura avisos y que Ángela lo mantenga abierto cuando llegue. Vete a descansar.

Echevarría asintió.

—Sí, señor.

Mientras esperaban al resto del equipo y Ander se preparaba para marcharse, Salazar y Rebeca sacaron sus móviles y marcaron al mismo tiempo. Néstor se comunicó con Telmo, quien respondió al segundo tono.

—La noche ha transcurrido sin novedad, jefe.

—¿Cómo está la madre?

—Ya lo puede imaginar: destrozada, la pobre, pero haciendo el esfuerzo por resistir. No sabe las ganas que tengo de que le echemos el guante al cabrón que se llevó al chico.

Salazar parpadeó. Aquel arranque no era propio de Telmo.

—Nos pasa a todos, chaval. Y sé que es difícil, pero trata de no dejar que se involucren tus emociones o perderás foco.

—Lo sé, jefe, lo sé, pero veo a esta pobre mujer sufriendo así por su hijo y no puedo evitar pensar en mi madre…

—Te comprendo, Telmo. En este trabajo, la coraza no siempre es lo bastante resistente. Trata de sobreponerte.

—Descuide, jefe. Me desahogo con usted porque le tengo confianza y sé que me comprende, pero le prometo que me mantendré firme por el bien del chaval y de su madre.

—Eso quería oír.

Salazar terminó la llamada con una mezcla de preocupación y confianza. Sabía que su compañero no le iba a fallar, pero se preguntó qué precio tendría que pagar el propio Telmo para conseguirlo. Suspiró. Era parte del fuego y los golpes de la forja que hacían resistente al acero.

Néstor guardó el móvil en su bolsillo, y respondió a la despedida de Echevarría, quien en ese momento abandonó la sala.

Rebeca todavía se mantenía al teléfono. Salazar comprendió enseguida que estaba hablando con los agentes que se habían encargado de vigilar a Infante en la puerta de su casa.

En cuanto vio que él había terminado su llamada, ella activó los altavoces de su móvil.

—… Así que fue una noche tranquila, inspectora. El sujeto llegó a su casa acompañado por su abogado y no ha vuelto a salir.

—¿Estáis seguros? ¿No hay puertas traseras?

—No las hay. Romero y yo lo comprobamos antes de comenzar la vigilancia. Las ventanas posteriores dan a un patio cerrado y el portal es la única salida posible.

—De acuerdo. Avisad cualquier novedad.

—Sí, inspectora.

Apenas habían pasado algunos minutos, cuando el resto del equipo comenzó a llegar. La reunión empezó una vez que todos estuvieron listos. Después de que Salazar informó la falta de resultados en las escuchas de Infante, Rebeca dio parte sobre la vigilancia.

—No se ha movido de su casa.

—Ese tío es una pérdida de tiempo —opinó Remigio—. Solo ha conseguido desviar nuestra atención.

Salazar asintió.

—Estoy de acuerdo. Rebeca, deja un coche patrulla vigilándolo para asegurarnos, pero cada vez me convenzo más de que Infante dijo la verdad en su confesión.

—Lo cual no lo exculpa —precisó Miguel.

—No. Nos aseguraremos de que responda por su conducta, pero debemos enfocar el caso desde otro ángulo.

—Tienes algo en mente —sugirió Remigio. No era una pregunta.

—Solo es una idea.

—¿La compartirás o piensas guardártela para ti? —preguntó Miguel con sarcasmo.

Salazar dudó por un momento, antes de comunicarles sus hallazgos y conclusiones, acerca del desfalco y el accidente ocurridos en la bodega hacía algunos años.

—¿Cómo se conectaría con el secuestro del chaval? —preguntó Remigio.

—La auditoría antigua que apareció en el usuario de Unai se corresponde con ese desfalco…

Estoy comenzando a sospechar que habíamos centrado nuestra atención en el documento equivocado.

Rebeca, quiero que entrevistes de forma discreta al personal veterano de la bodega.

Deja de lado a los que tienen menos de nueve años trabajando allí.

Trata de localizar a los antiguos administrativos, encargados de turno de esos días. El desfalco ocurrió hace ocho años.

La inspectora recibió la orden con un fruncimiento de ceño.

—De acuerdo. ¿Te interesa algo en concreto?

—Habla con empleados que vivieron el accidente y el escándalo. Averigua cuál fue su experiencia cuando ocurrió todo aquello. Qué información recibieron y qué se comentó.

Rebeca asintió. Salazar se volvió hacia Pedrera.

—Miguel. ¿Encontraste algo de interés anoche?

—Me temo que no. En la calle no hay rastro de traslados urgentes ni favores extraños. Todo apunta a que el secuestrador, se trate de quien se trate, es un lobo solitario.

—Sí. Es una de las razones por las que este caso está resultando tan complicado.

Cambiemos el enfoque: indaga fuera del ámbito policial si alguien más «desapareció» cerca de la fecha en que ocurrieron el desfalco y el accidente.

Muévete por los alrededores de la bodega.

Contacta con antiguos vecinos, conocidos del barrio y bares frecuentados por el personal.

Pregunta por gente que dejó de aparecer por ahí de un día para otro. Veamos qué surge.

—De acuerdo. Pareces muy seguro de que la desaparición de Unai está relacionada con lo que ocurrió en esos días.

—Analizando el asunto con lógica, debe haber alguna explicación para la auditoría antigua que apareció en el servidor del chico.

Si bien hasta ahora no le habíamos dado suficiente importancia, el hecho de que coincida con la fecha en que se desarrolló una investigación por desfalco, seguida por una muerte accidental, lo cambia todo.

—Han pasado ocho años —le recordó Miguel—. Si el expediente no se tocó en todo ese tiempo, el desfalco ya habrá prescrito.

—El desfalco, sí —admitió el inspector jefe—, pero es posible que alguien también quiera evitar que se vuelva a investigar el accidente.

Además, aun cuando ya no tenga consecuencias judiciales, si esa información sale a la luz, podría arruinar la reputación de cualquiera que estuviera involucrado. Y eso puede destruir carreras.

Miguel asintió.

—Debo reconocer que tienes razón.

El inspector jefe desvió su atención hacia Ángela.

—Mantente alerta por si aparece un aviso en tu ordenador, en relación con las escuchas de Infante, pero tengo otra tarea para ti: cruza los datos administrativos antiguos que relacionen el accidente con el desfalco.

También revisa actas de defunción, informes de siniestros, bajas laborales y cambios de padrón.

Céntrate en coincidencias temporales, documentos que se cerraron con demasiada rapidez o inconsistencias menores en fechas o domicilios.

Remigio intervino sin esperar a que Néstor fijara su atención en él. Les recordó que esa mañana saldría al terreno para contrastar el trabajo que había dejado preparado la noche anterior.

—¿Has llegado a alguna conclusión con la revisión del mapa? —preguntó Salazar.

—Prefiero no adelantarme. Sabremos más cuando tenga barro en los zapatos. ¿Estás seguro de que esa investigación antigua es el camino correcto?

Salazar suspiró.

—Reconozco que todavía no lo considero una teoría cerrada, pero sí lo veo como una opción con muchas probabilidades. Mientras más pienso en ello, más convencido estoy de que el antiguo caso cerrado es la mejor explicación para la desaparición de Unai.

—Hay que reconocer que encaja bien con los últimos pasos conocidos del chaval —intervino Miguel—. Y ese accidente laboral de la bodega, que empujó el cierre de la investigación por desfalco, huele demasiado mal.

—Sin olvidar la intervención de Domingo, que huele aún peor —sentenció Salazar—. Si Unai lo rozó, aunque fuera sin saberlo, pudo haber activado antiguas alarmas. El chico es curioso, metódico y persistente. Es posible que haya tocado un hilo viejo que alguien se había esforzado en mantener oculto.

Ángela intervino con voz segura.

—Tiene razón, señor. Las reacciones del acosador: su vigilancia sobre la víctima y que no haya exigido rescate, encajan con el temor a que se redescubra algo que quiere que se mantenga oculto.

El inspector jefe le dio la razón con un asentimiento y concluyó con voz firme.

—A partir de ahora, nuestro principal objetivo debe ser averiguar qué estaba haciendo Unai que pudiera resultar peligroso para alguien, y a quién habrían perjudicado sus movimientos. Yo me ocuparé de estudiar el expediente original del accidente laboral y de la investigación por desfalco.