Capítulo 43
L as calles estaban casi vacías cuando Salazar salió de la comisaría.
Lo recibió el frío de una noche otoñal que parecía tener prisa por alcanzar el invierno.
Una fina lluvia había dejado charcos sobre los adoquines y la luz de las farolas se reflejaba en ellos.
Néstor llenó sus pulmones del aire renovador cargado de humedad y emprendió la marcha a casa.
La caminata lo relajó un poco, pero no lo suficiente.
Cuando llegó a los bajos del edificio donde vivía, la tensión del caso seguía aferrada a sus hombros, como un parásito devorador de su paz.
Se desvió por un momento para entrar en el bar de Gyula.
El contraste con la calle fue inmediato.
Como si hubiera traspasado la barrera hacia otro mundo.
Se sintió arropado por el calor de la calefacción, pero también por el rumor sordo de las voces de los clientes, el tintinear de los cubiertos sobre los platos y los aromas que salían de la cocina.
El bar estaba lleno, pero ninguno de los parroquianos se interesó en el recién llegado. Gyula se encontraba detrás de la barra, ocupado en preparar las comandas que le iba dejando Chicho, el camarero. Néstor se acercó a él.
—Te veo muy ocupado esta noche.
Su amigo se encogió de hombros, sin dejar de servir bebidas y preparar bandejas con movimientos que, gracias a la práctica, ya eran automáticos.
—Esta es la hora de las carreras. Y no me quejo.
—Supongo que no es buen momento para una conversación.
Gyula sonrió, al mismo tiempo que llenaba dos vasos de vino con la cantidad justa. Chicho los retiró en una bandeja de inmediato y después de saludar al inspector, se alejó en dirección a las mesas.
—Todavía puedo hablar mientras trabajo —dijo el tabernero, al mismo tiempo que colocaba un pincho de tortilla en un plato—, pero me temo que no tengo mucho que contarte. No he encontrado nada.
—Ya lo suponía.
Gyula suspiró y apoyó las manos en la barra.
—Te aseguro que he preguntado a amigos y enemigos, pero nada. El tío que persigues debe ser muy cuidadoso… o no es de aquí.
Néstor suspiró y paseó la mirada por el comedor, donde los clientes se relajaban después del largo día. La voz de Gyula volvió a captar su atención.
—Si me entero de algo, te avisaré de inmediato, por supuesto.
Salazar asintió.
—Gracias, colega. Sé que será así. También quiero pedirte un favor personal.
—Tú dirás.
—Mañana, Rebeca y yo debemos comenzar la jornada incluso antes de que amanezca. ¿Dika podría cuidar a Gabriela hasta que llegue Débora?
—Por supuesto. Estoy seguro de que estará encantada. Dika adora a Gabi… y no es la única. Sabes que abrimos el bar muy temprano. Puedes traerla. La cuna de Quino todavía está en la oficina.
Néstor le agradeció la ayuda y dio una palmada suave en la barra a modo de despedida.
Al salir a la calle volvieron a recibirlo el frío, la humedad y el silencio de unas calles que ya no eran acogedoras.
Entonces, entró a su portal y subió las escaleras con paso cansado.
Cuando llegó a la buhardilla, la encontró en una calma que ya no era habitual.
Rebeca levantó la vista desde la cocina.
—Llegas justo a tiempo. Gabi ya está dormida y mi madre nos ha dejado la cena preparada: paella de verduras vegana. La estoy recalentando.
Salazar recibió la información sobre el menú con un parpadeo y asintió sin decir palabra. Sus hábitos gastronómicos habían sufrido algunos cambios en los últimos meses, pero lo llevaba bien.
Después de lavarse las manos, se encaminó a la habitación de Gabriela.
La niña dormía atravesada en la cuna y abrazada a un peluche.
A sus pies, Paca también reposaba, con la serenidad de una guardiana que sabe hacer bien su trabajo.
En cuanto Paca sintió la presencia de su humano, levantó la cabeza, lo miró con severidad y maulló su protesta.
¡Que el descanso de una gata se respeta!
Salazar sonrió y acarició la cabecita de Paca, al mismo tiempo que se inclinaba para dar un beso en la frente a su hija.
Se enderezó para contemplarla con ternura.
El peso que cargaba sobre los hombros pareció evaporarse y en su rostro surgió una sonrisa espontánea, pero a los pocos segundos, su ceño se frunció.
Las manos y los pies de Gabriela competían con el color del pelaje de Paca. Salazar salió en silencio y se acercó a la cocina. Paca lo siguió. Nunca se sabía. Cuando el humano estaba por ahí, siempre podía caer algo.
Salazar se acercó a la barra americana y se sentó en su banqueta habitual. Rebeca seguía ocupándose de la cena.
—Maaauuuu —exigió Paca con energía, desde el suelo.
Con movimientos automáticos, Salazar se levantó y se acercó a la despensa, para sacar una galleta para gatos con sabor a sardinas, que le entregó a Paca sin ceremonias. Mientras la gata devoraba su chuche, Salazar habló en tono muy suave.
—Rebeca…
—¿Mmm?
—¿Por qué nuestra hija tiene las manos y los pies teñidos de negro?
Rebeca soltó el cucharón, se giró despacio y contuvo la risa a duras penas.
—Ah, eso. Siéntate, que ya voy a servir.
Él obedeció sin rechistar, al mismo tiempo que ella colocaba los platos sobre la barra y se sentaba junto a él. Salazar continuó mirando a su mujer, esperando con paciencia su explicación.
—Verás, hoy Gabriela descubrió que la impresora no solo sirve para hacer ruido. Encontró la tinta.
Salazar parpadeó.
—Me da miedo preguntar.
Rebeca se encogió de hombros.
—Mi madre estaba meditando… o intentando hacerlo. Yo acababa de llegar y estaba en la ducha. Solo fueron diez minutos, pero ya sabes que tu hija no necesita más.
—En eso se parece a mí —respondió él, enderezando la espalda y con un deje de orgullo en la voz.
—De eso no hay duda.
Salazar entornó los ojos.
—Pero la impresora está en alto…
—La impresora sí, pero la botella de tinta para recargar había quedado sobre el escritorio —respondió Rebeca con serenidad.
Salazar dejó el tenedor en el plato.
—Aun así, es demasiado alto para…
—Estás subestimando a tu hija… y a tu gata.
Salazar se llevó la mano a la frente.
—¿Cómo llegó la botella al escritorio? La última vez que la vi, estaba en el armario.
Rebeca suspiró.
—Mi madre rellenó la impresora esta mañana y dejó la botella de tinta negra «vacía», sobre el escritorio. Lo hizo para no olvidar llevársela a reciclar cuando se marchara. Es evidente que también subestimó a nuestra banda doméstica de guerrilleras urbanas.
Salazar cogió aire y lo retuvo durante algunos segundos.
—La palabra «vacío» resulta muy optimista para esa situación.
—Estoy contigo. El caso es que Gabriela y Paca la descubrieron.
En ese momento, mi madre salió de su trance y vio lo que estaba pasando.
Trató de evitarlo, pero no llegó a tiempo.
Paca derribó la botella con la pata, y cuando nuestro pequeño terremoto la tuvo entre sus manos, la agitó, la volcó y confirmó que aún tenía contenido.
—¿Y Paca?
—Subida al escritorio, supervisando el proceso, hasta que cayó la primera gota. Entonces, bajó al suelo y metió la pata. Literal.
—No.
—Sí. Después, comenzó a caminar con elegancia, dejando huellas perfectas. Gabriela lo vio… y decidió sumarse a la fiesta.
Salazar se mordió los labios, para ocultar la risa que pugnaba por salir.
—Colaboración artística —comentó.
—Con toda su inspiración. Comenzó por las manos y luego pisó la tinta para dejar sus propias huellas junto a las de la gata.
—¿Tenemos daños estructurales?
Rebeca suspiró.
—Solo desde el punto de vista de la limpieza doméstica. Por cierto, la tinta negra tiene tendencia a la rebeldía.
Salazar apoyó los codos en la mesa y sujetó su cabeza con ambas manos.
—Nuestra hija ha descubierto la impresión… en su sentido más literal. No voy a negarte que eso me asusta mucho.
—Además, Paca ha sido su mentora, lo cual convierte el hecho en muy peligroso.
Salazar suspiró y centró su atención en el pasillo que separaba las habitaciones. Paca avanzaba con elegancia felina en dirección a la habitación de Gabi. Había perdido el interés en la cena cuando comprobó que se trataba de paella vegana.
—¿Qué vamos a hacer con esas dos?
—Supongo que solo tenemos dos opciones: arrestarlas por subversión y vandalismo o amarlas como son y disfrutar sus travesuras.
Salazar cogió la mano de Rebeca sobre la mesa.
—Somos afortunados.
Ella sonrió.
—Lo seremos si sobrevivimos a una infancia y adolescencia tuteladas por Paca.
Néstor levantó el vaso de agua.
—Por el arte contemporáneo.
Rebeca levantó el suyo, para acompañar el brindis.
—Por el arte: un estudio profundo sobre la huella y el territorio, con evidente influencia de la escuela felina.