Capítulo 42
C uando Rebeca regresó a la comisaría, pasó por el despacho de Salazar. En cuanto la vio, él comprendió que las noticias no eran buenas. En pocas palabras, ella le informó acerca del resultado del registro.
—No cabe ninguna duda de que Infante estaba en su casa a la hora del secuestro —confirmó ella—. Él no pudo ser quien lo ejecutó.
Néstor torció el gesto.
—Con esa evidencia y no teniendo antecedentes, no será difícil que el defensor le consiga libertad provisional.
No lo descartaremos como cómplice, pero, aun así, hemos regresado a la casilla de salida —Salazar despegó el mapa del tablero y lo dobló con cuidado—.
Vamos, el tiempo se nos viene encima. Tenemos que movernos rápido.
Ambos subieron a la sala común. La oscuridad ya cubría Haro y la única luz de la calle provenía de las farolas.
En cuanto entraron, sus compañeros interrumpieron sus actividades para escuchar con atención, tanto el resultado del registro como los avances de Salazar, acerca de la posible ruta después del secuestro.
—¿Qué habéis encontrado vosotros? —Néstor se volvió hacia Pedrera—. Miguel.
El aludido se echó hacia atrás en el asiento y suspiró.
—Reconozco que mis indagaciones encajan. Infante no dispone de mucho margen para maniobras largas ni dobles vidas. Sus rutinas son previsibles. Es un tío bastante aburrido. Sin más.
—Yo he confirmado esa conclusión con los cruces técnicos —intervino Ángela—. Sus horarios, accesos y registros no dejan espacios compatibles con el secuestro.
Salazar asintió.
—Parece que todo nos lleva por el mismo camino: no fue él. Remigio, ¿tú encontraste algo interesante?
—Escuché la grabación del interrogatorio hasta aprendérmela de memoria. Puedo asegurarte que el tío tiene más miedo que una hormiga en una marcha, pero no encontré ningún indicio de que estuviera mintiendo.
Salazar asintió y se acercó a la pizarra.
—Eso significa que nos dejamos desviar del camino correcto. Tenemos que reconducir toda la investigación. La noche se nos viene encima, pero trataremos de avanzar todo lo posible.
—¿Dejaremos en paz al técnico? —preguntó Remigio, casi en tono de protesta.
—No, pero ampliaremos el abanico. Estoy seguro de que el abogado de Infante conseguirá que salga bajo fianza esta misma noche.
Nos vendrá bien. Rebeca, consigue una orden del juez para intervenir sus teléfonos.
Si está involucrado y tiene un cómplice, es posible que trate de comunicarse con esa persona en cuanto ponga un pie en la calle.
—Entendido.
—Una vez que lo tengas preparado, que Echevarría y Pérez hagan guardia aquí durante la noche para que nos avisen, en caso de que surja alguna novedad.
—¿No prefieres que me ocupe yo misma?
—En situación normal, sí lo preferiría, pero mañana te necesito descansada. Confío en Ander. Si algo ocurre, nos lo hará saber de inmediato.
—De acuerdo.
—Además, antes de irte a casa, organiza una vigilancia discreta sobre el sospechoso. Necesitamos precisar con quién se reúne y cuáles son sus movimientos a partir de ahora. Luego puedes dar por terminada la jornada.
—De acuerdo.
—Miguel, aprovecha la fauna que traerá la noche.
Quiero que salgas a la calle ahora mismo y prestes atención a lo que se dice.
Averigua si alguien ha tenido que pedir algo fuera de lo normal: un traslado sin destino claro, ayuda para mover a alguien, un favor urgente que no admite preguntas…
Necesitamos comprobar si el secuestrador se vio obligado a que intervinieran terceros.
Pedrera asintió y se marchó sin perder un minuto. Salazar se acercó a Toro y le entregó el mapa que traía de su despacho.
—Remigio, trabaja estas rutas sobre el mapa esta misma noche.
Quiero que descompongas cada trayecto en puntos concretos, que precises dónde un coche tendría que reducir la velocidad, maniobrar o detenerse, y que anotes esos lugares como focos de interés.
Cruza el plano con fotografías aéreas y de detalle para localizar puntos de interés.
—Vale.
—Cuando lo tengas todo precisado, deja preparada la inspección del terreno para la primera hora de la mañana.
Remigio levantó el pulgar y comenzó a desplegar el mapa sobre su mesa. Néstor se volvió hacia la subinspectora.
—Ángela, hasta aquí por hoy. Lo que había que ordenar, ya está ordenado. Mañana lo retomaremos con datos nuevos. Antes de irte, comunícate con Telmo y dile que continúe con la madre. Prefiero que la acompañe alguien en quien ya confía.
—Sí, señor —respondió ella, al mismo tiempo que se levantaba y comenzaba a recoger.
Salazar dio por terminada la reunión, se sirvió un café de la máquina, regresó a su despacho y decidió volver sobre sus pasos. Con un suspiro, abrió de nuevo el expediente que había quedado en suspenso cuando la llamada de rescate obligó a dar un giro a las prioridades de todo el equipo.
Una hora más tarde, en la tercera lectura, un evento comenzó a dar vueltas en su cabeza como si se tratara de un gusano musical.
Releyó los detalles sobre la muerte del administrativo en la nave de fermentación y el cierre apresurado del caso.
La participación de Domingo era como una bengala brillando en la oscuridad.
El vaso de café permanecía sobre la mesa medio vacío y olvidado.
Salazar buscó la firma en el atestado del accidente.
Entonces, consultó algunos contactos en su móvil, hasta que por fin consiguió el número telefónico que le interesaba.
Carlos Mora, ya jubilado, era uno de los policías de San Miguel que había coincidido con Domingo, muchos años atrás, y cuya firma estaba al final del documento.
Respondieron al tercer tono. Néstor se presentó a sí mismo y después de solicitar su colaboración al policía retirado, mencionó el accidente de la bodega. Situó el momento, el lugar, el nombre del fallecido, y dejó que el silencio hiciera su trabajo. La respuesta llegó al cabo de algunos segundos:
—De eso hace demasiado tiempo y como ya debe saber, no estoy en activo.
El tono de voz delató un leve deje de entusiasmo debajo de la queja. Salazar insistió.
—Es probable que aquella situación se relacione con una investigación en curso, y estoy seguro de que usted podrá ayudarnos.
Del otro lado hubo una corta pausa.
—Lo escucho.
Néstor se apoyó en el respaldo de la silla y por primera vez fue consciente de la tensión que estaban soportando los músculos de su espalda.
—Revisando los acontecimientos del momento, es evidente que aquel «accidente» resultó muy oportuno para quien estuvo involucrado en el desfalco. Desvió el foco de la investigación y el caso económico nunca se resolvió como debía.
—Las cosas no siempre terminan como se quisiera —argumentó el expolicía—. Usted ya debe saberlo.
—¿Quién se sintió aliviado con el cierre de la investigación del desfalco?
Se escuchó una exhalación lenta del otro lado de la línea y la respuesta tardó un segundo más de lo que debía.
—¿Aliviado? No podría decirlo, pero si reconozco que había prisa por resolverlo.
—¿Usted participó en la investigación del desfalco?
—No de forma directa. Fue un caso de Domingo González. En esos días, había falta de personal, él no tenía un compañero fijo asignado y solía trabajar solo. Creo que lo prefería así.
Salazar no lo dudaba.
—Sin embargo, fue usted quien firmó el atestado.
—Cuando ocurrió el accidente, el asunto escaló y el comisario asignó algunas tareas… A mí me correspondió interrogar a los testigos.
Salazar entrecerró los ojos.
—Entiendo que hayan cambiado las prioridades, pero cómo fue que el desfalco se cerró en falso.
—Eso fue cosa de Domingo. Convenció al comisario y la orden salió de su despacho.
Néstor consultó sus notas. Colmenares había sido el comisario por esos días.
—¿Quién se sintió aliviado por el cierre de la investigación financiera?
Hubo una corta pausa, antes de la respuesta de Mora.
—Supongo que más de uno. La sospecha y la intervención policial resultaron incómodas para todos.
—De acuerdo con los informes, el accidente fue solo eso: un accidente. ¿Qué puede decirme al respecto?
—Usted lo dijo. Está en los informes. Ahí tiene todos los detalles.
—No me refiero solo a lo que está escrito.
Mora suspiró.
—Bien. No le niego que al principio hubo rumores y sospechas. Una muerte accidental relacionada con una investigación, cualquiera que sea, levanta suspicacias y no fue diferente en esta ocasión. Sin embargo, todas las evidencias concluyeron que se trató de un accidente por imprudencia. Nada más.
—¿El accidente también lo investigó Domingo?
—Sí, claro, era su caso.
Salazar guardó silencio por un segundo.
—¿Usted nunca tuvo sospechas de que algo no estaba bien?
—Al principio, pero después de que González informó sobre sus indagaciones, quedamos convencidos de que no había nada más.
Otra vez Domingo.
—¿Se pasó algo por alto? —insistió Salazar.
La pausa fue más larga en esta ocasión.
—Eso no se lo puedo asegurar. Nunca conocí los detalles de la investigación. Yo solo interrogué a algunos testigos del accidente y firmé el atestado. Las conclusiones le correspondieron a González.
El inspector cambió de postura en la silla.
—¿Usted lo habría hecho de otra manera?
—No creo que sea correcto que yo juzgue a un compañero. Y menos a uno que ya falleció y no puede defenderse.
Néstor comprendió que Mora no estaba enterado de las corruptelas de Domingo González, pero no era momento de alargarse en explicaciones, que solo desviarían el tema.
—No le estoy pidiendo que lo juzgue, inspector Mora. Solo quiero su opinión sobre cómo lo habría hecho usted.
—Muy bien. Supongo que yo habría profundizado un poco más en el asunto, pero yo tenía otra forma de trabajar. Domingo era más… pragmático.
Salazar fijó la mirada en los informes. Pragmático. Un adjetivo que justificaba más de lo que debía.
—Gracias, inspector.
Cuando colgó, Salazar meditó acerca de la conversación.
Tal vez el accidente había sido auténtico, pero resultó demasiado oportuno y la intervención de Domingo agudizaba sus sospechas…
En conclusión: todo el asunto chirriaba.
Era evidente que el accidente había resultado oportuno para el responsable de los desfalcos.
Quienquiera que fuera, había salido indemne gracias al cierre precipitado.
Eso explicaba las alarmas dormidas en el expediente de la auditoría antigua que todos habían pasado por alto.
Quizá Unai no descubrió un delito reciente. Tal vez lo que hizo fue rozar un hilo antiguo. Un hilo que había desencadenado una reacción inmediata.
Salazar apagó la lámpara, dejó el expediente cerrado sobre la mesa y salió del despacho, mientras su mente daba vueltas a nuevas posibilidades. Una idea comenzó a surgir con fuerza: quizá, Unai no había sido el objetivo… tal vez el chico fue el detonante.