Capítulo 41
L a melodía del móvil anunciando una llamada rompió la concentración de Salazar. Se trataba de la respuesta de la Guardia Civil. Ya el mapa estaba marcado con dos líneas firmes. ¿Confirmarían sus conclusiones o tendría que comenzar de nuevo?
Néstor atendió y escuchó la voz del teniente Rodríguez del otro lado de la línea.
—Inspector, le estoy enviando el informe acerca de la zona que me solicitó, pero decidí comunicarme también con usted, por si tiene alguna pregunta.
El policía abrió el informe en la pantalla del ordenador y desplegó el mapa que acababa de recibir de la Guardia Civil. Confirmó con alivio que coincidía con sus trazos.
—Se lo agradezco, teniente. Lo escucho.
—Bien. Al sur de la LR-202, a escasa distancia del arcén, existen varios caminos agrícolas que descienden hacia el Tirón.
Le señalamos los más importantes. También hay pistas estrechas que son usadas por viñedos y fincas.
Estas son interesantes para lo que usted está buscando, porque por ellas es posible abandonar la carretera con discreción —Salazar asintió para sí mismo, y agregó las marcas en el mapa de papel, sin dejar de escuchar a Rodríguez—.
En ese corredor figuran dos casetas de aperos sin actividad desde hace años y también hay algunas casas rurales dispersas.
Cada una cuenta con su correspondiente cobertizo.
El inspector dejó escapar el aire.
—Me temo que esto será como buscar una aguja en un pajar.
—No será una tarea fácil. Todas las construcciones que le estoy mencionando comparten lo mismo: acceso directo, ausencia de tránsito y ningún vecino inmediato.
—Tendremos que conseguir nuevos indicios que nos permitan aproximarnos. ¿Qué puede decirme de la segunda ruta?
—Esa es más corta y directa. Comienza en la periferia norte, entre la salida hacia Anguciana y los límites del polígono.
Allí tenemos constancia de un par de naves cerradas desde hace tiempo.
No se trata de lugares invisibles, pero sí que pasan lo bastante desapercibidos como para que un vehículo aparcado en su terreno no llame la atención.
Salazar se sentó en el borde de la mesa con la mirada fija en el mapa.
—Muchas gracias, teniente. Si surge algo, me comunicaré con usted.
—Estamos a su disposición, inspector. Espero que encuentren pronto al chaval, sano y salvo.
Cuando el policía terminó la llamada, dejó el móvil a un lado y clavó la mirada en las nuevas marcas que había añadido al mapa.
Los puntos que sugería la Guardia Civil encajaban con exactitud dentro de los dos corredores, que ya había delimitado desde el arcén de la LR-202.
Y, sin embargo, todavía eran demasiados.
Mientras Salazar se enfocaba en tratar de identificar el lugar donde podría haber sido retenido Unai, después del secuestro, Rebeca aparcó frente al edificio donde vivía Infante.
Apagó el motor del coche, pero permaneció quieta, al mismo tiempo que ubicaba el piso en la fachada.
Tercera planta, izquierda. La cortina apenas estaba corrida y a través de ella se veía la luz encendida.
Miró la hora. Científica todavía tardaría algunos minutos, así que, mientras esperaba, la inspectora se ocupó de observar la calle.
Era un barrio tranquilo: edificios de cuatro pisos, comercios en los bajos, poco tráfico. Todo normal y predecible.
La espera ya comenzaba a sentirse demasiado larga, cuando vio que la furgoneta negra dobló la esquina, se acercó y aparcó delante de ella.
Rebeca salió del coche y fue recibida por el viento frío de la tarde, que comenzaba a cerrarse sobre Haro.
Del vehículo de Científica comenzaron a bajar los peritos, que de inmediato se pusieron manos a la obra para descargar los instrumentos que necesitarían durante el registro.
La inspectora reconoció al jefe del equipo y se acercó a él.
—¡Inspector González!
El perito se volvió hacia ella, al mismo tiempo que cerraba la puerta de la furgoneta.
—Inspectora… El jefe Barros nos envió para un registro urgente, pero no nos dio muchos detalles.
—Se trata del piso de Raúl Infante. Sospechamos que está relacionado con el secuestro de Unai Ibáñez.
—¿El chico?
La inspectora asintió y el jefe del equipo señaló el edificio con un gesto de la cabeza.
—Vamos.
Entraron al portal en silencio. González y Rebeca subieron por las escaleras, permitiendo que los miembros del equipo usaran el ascensor para subir los instrumentos.
Rebeca se detuvo frente a la puerta y llamó. Una mujer de mediana edad se asomó con precaución.
—¿Qué desean?
La inspectora le mostró su identificación y le entregó la orden de registro.
—¿Esta es la residencia habitual de Raúl Infante Saavedra?
—Eh, sí, pero…
—Policía Nacional. Tenemos autorización judicial para realizar un registro en la vivienda.
La mujer parpadeó, al mismo tiempo que su rostro perdía el color.
—¿Un registro…? Yo… no entiendo… ¿qué ha pasado?
—¿Es usted Carla Vielma, la mujer de Raúl Infante?
—Sí, pero…
—Necesitamos que nos permita el acceso, se mantenga en silencio y no toque nada. Terminaremos pronto.
Carla dudó por un momento, con el papel en la mano.
Los policías no esperaron confirmación. La inspectora entró y se posicionó junto a la mujer.
Los peritos la siguieron, desplegándose con movimientos decididos y con la seguridad de quien ha repetido el procedimiento docenas de veces.
Después de que entró el último, Rebeca oyó el clic seco de la cerradura electrónica, que se cerró sola detrás de ellos.
La inspectora escaneó el lugar en segundos. La vivienda era minimalista y ordenada.
—Quédese aquí, por favor —le indicó Rebeca a Carla, señalando el sofá.
La mujer obedeció sin discutir. La policía se sentó a su lado y le explicó el procedimiento con voz serena.
—Pero… ¿qué hacen aquí?, ¿por qué registran mi casa? No lo entiendo…
—Terminaremos pronto. Le agradezco que me responda algunas preguntas. ¿Dónde estuvo usted ayer a las 19:30?
Carla parpadeó como si estuviera intentando despertar de un mal sueño.
—Ayer, a esa hora, estaba en el hospital. Asistí a mi cita a las 19:20. Pueden comprobarlo si lo desean. ¿Por qué les interesa saberlo?
Rebeca tomó nota, pero no respondió la pregunta. Minutos después, uno de los técnicos llamó la atención de su jefe. Era el que revisaba el panel digital de la calefacción. González se acercó a él y Rebeca le siguió los pasos. El perito esperó a que ambos llegaran junto a él para explicarse.
—Tenemos suerte. Este es un equipo casi nuevo y guarda el historial. Ayer se hizo un ajuste manual de la temperatura a las 19:18. Alguien subió los grados a esa hora.
—Eso fue pocos minutos antes de la desaparición del chico —murmuró Rebeca, solo para los oídos de los policías que se encontraban junto a ella—. ¿Pudo haber sido programado o automatizado?
El perito negó con la cabeza y respondió en el mismo tono de voz.
—El ajuste se ejecutó desde el propio panel, dentro del piso, sin control remoto ni acceso externo posible.
Rebeca se volvió hacia Carla.
—¿Alguien más vive o tiene acceso al piso, aparte de Raúl Infante y usted?
—No, inspectora. No tenemos hijos y vivimos solos.
Los policías se miraron entre sí. Rebeca hizo la siguiente pregunta con el ceño fruncido.
—¿Existe alguna copia de la llave?
—No —respondió Carla sin titubeos.
—¿Por qué está tan segura?
—Mi marido es obsesivo con la seguridad. Por eso hizo instalar una cerradura digital con acceso por huella y registro de entradas.
Rebeca miró a González, quien se acercó al perito que revisaba la puerta y sostuvo una corta conversación con él en murmullos. Entonces, le confirmó las palabras de la mujer a la inspectora con un gesto. Rebeca se acercó a la puerta.
—¿Podemos revisar el historial de la cerradura?
—Es lo que estoy haciendo en este momento, inspectora —respondió el experto—. Hay un registro de entrada de Raúl infante a las 19:18 de ayer. El acceso se hizo con huella digital.
Rebeca asintió, comprendiendo el alcance del hallazgo. Le habló a González en voz baja.
—El registro de la cerradura y la regulación de la calefacción, ubican a Infante en su casa en el momento del secuestro. No contaba con esto. Es una prueba imposible de fabricar a posteriori, de la que el propio sospechoso no tenía conciencia.
—¿Son malas noticias? —preguntó González.
—Las peores. Significa que la posibilidad de que Infante fuera el secuestrador queda descartada por completo.
Él fue quien solicitó el rescate, pero no quien cometió el secuestro.
En todo caso, podría ser un cómplice, pero no el secuestrador.
Lo cual implica que, si queremos encontrar a Unai, tendremos que volver al principio.