La sombra del gato: El peso del silencio (Inspector Salazar 14) Capítulo 40
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Capítulo 40

N éstor estudió las posibles rutas durante casi media hora.

Después de fijar el punto exacto del secuestro con referencias que cualquier agente rural reconocería al instante, agregó notas dentro del radio que había establecido, marcando tiempos de conducción y accesos reales.

En cuanto tuvo una idea más clara de sus opciones, el inspector hizo varias fotografías rápidas del mapa.

Entonces, cogió el teléfono y llamó al cuartel de la Guardia Civil de Haro.

Le respondieron después de dos tonos. Una vez que se identificó, el guardia que recibió la llamada le pasó con el teniente Rodríguez.

—Dígame, inspector. ¿En qué podemos ayudarlo?

—Ah, sí. El caso relacionado con el hallazgo de la mochila. Ya sé de qué me habla. Lo escucho.

—En cuanto concluya la llamada, les haré llegar un mapa de la zona de interés.

Necesito que ustedes me proporcionen un listado de edificaciones aisladas dentro de ese perímetro: casas rurales vacías, naves sin actividad, casetas de aperos, almacenes abandonados…

cualquier construcción aislada que pudiera servir de refugio. Es urgente.

—De acuerdo.

El inspector apoyó la mano en el borde de la mesa.

—Añadan también caminos rurales practicables en coche, que conecten con la carretera del secuestro, en los que haya puntos ocultos… Den prioridad a los que no tengan tránsito habitual. Los que nadie usa sin un objetivo claro.

—Entendido. Me encargaré yo mismo. ¿Algo más?

Salazar cerró los ojos un segundo, imaginando el recorrido, el traslado, el margen de error.

—Sí. Necesito también los puntos donde un vehículo pueda desaparecer: me refiero a curvas ciegas, entradas de fincas, zonas de vegetación densa… cualquier sitio donde el secuestrador podría haberse detenido sin ser visto.

—De acuerdo.

Rodríguez le proporcionó su número telefónico para que dispusiera de un contacto directo.

—Se lo agradezco, teniente. Esto es contrarreloj. Cada minuto que pasa, el chico pierde una oportunidad de salir bien librado de esto.

—Entendido. Descuide, inspector, daremos prioridad absoluta a su solicitud.

Después de darle las gracias al teniente, Néstor se aseguró de que las marcas y referencias se vieran con nitidez en las fotografías del mapa. Solo entonces, abrió el correo oficial de la comisaría y las envió al del cuartel de la Guardia Civil, con atención al teniente Rodríguez.

La respuesta llegó al cabo de pocos segundos de haber enviado el mensaje: «Recibido».

Néstor bloqueó la pantalla y dejó el teléfono sobre la mesa. Se levantó y volvió a mirar el mapa. Sabía que no iban a encontrar el sitio revisándolo todo. Necesitaban identificar el lugar correcto.

Mientras esperaba la información por parte de la Guardia Civil, Salazar volvió a ponerse en la piel del secuestrador en el momento en que se encontraba en el arcén… Si él fuera un conductor que necesitara desaparecer en segundos, ¿qué ruta seguiría?

Con la única ayuda de su imaginación y el rotulador, reconstruyó el primer minuto tras el secuestro: tuvo en cuenta la visibilidad desde la carretera y precisó los puntos donde un coche pudo haberse detenido sin ser visto, ni llamar la atención.

Entonces, comenzó a descartar con lógica y con método.

Tachó la mayoría de las salidas desde la carretera por diversos motivos: accesos lentos, necesidad de maniobras forzadas, tramos demasiado expuestos…

Necesitaba descartar opciones. Cuando terminó, solo quedaban dos corredores posibles.

Todo lo demás había pasado a segundo plano.

El inspector se sentó en el borde del escritorio con los brazos cruzados, sin dejar de mirar el mapa.

El silencio del despacho era envolvente y pesado.

Todavía no le parecía suficiente. Necesitaba algo más.

Volvió a coger el móvil que reposaba sobre la mesa.

El contacto que buscaba en la lista de chats estaba casi al final.

¿Tanto tiempo hacía que no se comunicaban?

—Gálvez, soy Salazar.

—Ya. No conozco a nadie más cuyo avatar sea un monigote de palotes con la leyenda: «Ni lo hice ni lo volveré a hacer».

—¿Tan obvio soy?

—Yo diría que original, pero no me estás llamando para rememorar viejos tiempos. ¿Qué necesitas?

—Vale. Me declaro culpable. Tienes razón. ¿Todavía trabajas en las brigadas de mantenimiento de las carreteras de La Rioja?

—Sí.

—¿La LR-202 entra en tu zona?

—Por supuesto.

Néstor le dio la ubicación del arcén donde todo había comenzado.

—¿Sabes dónde es?

—Sí, además de que está en mi zona, paso por ahí con frecuencia.

—Bien. Saliendo de ahí, en dirección hacia Haro, dime un sitio donde un coche pueda meterse y evaporarse.

Al otro lado hubo un breve silencio que precedió a la respuesta.

—Baja hacia el río… en los caminos de servicio hay tramos que ni los mapas recogen bien.

Salazar entornó los ojos para revisar esa zona.

—¿Son entradas visibles?

—Si no sabes que están ahí, pasas de largo.

El inspector dibujó una sonrisa. Era lo que estaba buscando.

—¿Algún punto concreto?

—Hay varios. Te los enviaré marcados en un mapa: pasan por viñedos viejos, casetas de aperos… y también por alguna finca cerrada que nadie pisa desde hace mucho tiempo.

—Vale. No necesito decirte que es urgente.

—Ya lo suponía. Lo tendrás en unos minutos.

Después de agradecer a Gálvez por su colaboración, Salazar terminó la llamada. Entonces, localizó otro contacto.

En esta ocasión tardaron más en responder.

—¿Quién?

—Salazar.

Del otro lado de la línea se escuchó un gruñido.

—¿Qué quieres?

—La LR- 202 viniendo de Anguciana. Necesito desaparecer un coche.

Después de un segundo de silencio, se escuchó una carcajada.

—Hombre, eres la discreción en pasta.

—Es urgente, Barranco.

—¿No lo es siempre para ti? Bien, veamos… desde ahí se puede acceder al polígono viejo… naves, almacenes abandonados, puertas que siempre están abiertas y nadie visita.

Salazar desvió la mirada hacia la periferia del mapa para ubicar lo que estaba mencionando Barranco.

—¿Tiene accesos rápidos?

—Depende de lo que busques. Pero si vienes de la carretera… hay entradas que no miras dos veces.

—¿Hay movimiento?

—Muy poco. De día, quizá algo. De noche… nadie.

—Gracias.

Salazar terminó la llamada sin esperar respuesta, cogió el rotulador y regresó al mapa.

Con decisión, trazó la primera línea en dirección al río.

Incluía caminos agrícolas, curvas suaves y de acuerdo con la información de Gálvez, entradas no señaladas en el mapa.

Los viñedos se alineaban como un laberinto ordenado, lo cual implicaba casetas pequeñas, que no serían visibles desde la carretera, pero que estarían ahí para quien conociera la zona o la hubiera estudiado.

Entonces, pasó al segundo corredor. Este era más directo y terminaba en una zona industrial, que contaría con los escondites que había mencionado Barranco. Menos discreto, pero de acceso más fácil.

El inspector dio un paso atrás y volvió a mirar el mapa, ahora con otros ojos. Entonces comenzó a tachar: las carreteras abiertas, por demasiada exposición; los giros amplios, por ser muy visibles… Cada descarte limpiaba el mapa y con cada línea se estrechaba el cerco.

El despacho se llenó del olor de la tinta del rotulador. Metódico y paciente, siguió afinando, consciente de que cada trazo acortaba el espacio… y lo acercaba a un desenlace.