La sombra del gato: El peso del silencio (Inspector Salazar 14) Capítulo 39
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Capítulo 39

S alazar y Toro salieron de la sala de interrogatorios. El clic seco de la puerta al cerrarse a sus espaldas sonó con un eco definitivo. Néstor abrió la marcha y Remigio avanzó a su lado. Cada uno iba sumido en sus pensamientos hasta que alcanzaron la escalera. Entonces, Remigio rompió el silencio.

—¿Le creíste? —preguntó, sin rodeos.

Néstor no respondió de inmediato. Apoyó la mano en la barandilla, descendió un par de escalones y se detuvo.

—No es el resultado que esperaba, pero explicaría algunos detalles que no encajaban.

—¿Te refieres a la ejecución del secuestro?

El inspector jefe asintió.

—El secuestrador es metódico, cuida los detalles. Este tío es más torpe que un pulpo con guantes de boxeo.

—Podrían trabajar juntos.

Salazar lo pensó por un momento y frunció el ceño.

—Es posible, pero… si estuvieras en el pellejo del secuestrador, ¿te buscarías un socio como este?

Toro se encogió de hombros.

—Tal vez no tenía dónde escoger… Los secuestradores no crecen en los árboles.

—Es posible.

—Parece que te convenció. ¿Lo consideras un idiota con mala suerte?

Néstor sacudió la cabeza.

—No. Más bien, considero que su relato encaja en los indicios, pero eso no lo descarta. Aquí no se trata de lo que yo crea. Lo importante es lo que podamos demostrar.

Reanudaron el descenso.

—Si tal como afirma Infante, él nunca ha tenido al chico, ¿dónde está y en manos de quién?

—Eso es lo que más me preocupa.

—¿Qué hacemos ahora?

—No podemos dar ni un solo paso en falso. La vida de Unai podría depender de las decisiones que tomemos ahora. Lo primero será determinar con evidencias si Infante dijo la verdad o si pretendió engañarnos.

—¿Y luego?

—Actuaremos en consecuencia, pero tendremos que hacerlo rápido y con precisión.

Como si sus propias palabras fueran un acicate, Néstor aceleró el descenso por la escalera, mientras la incertidumbre se apoderaba de su ánimo.

¿Infante habría dicho la verdad o era más listo de lo que parecía y mentía para protegerse?

¿Dónde estaba el chico? Un escalofrío le recorrió la espalda, cuando por su cabeza pasó la posibilidad de que el secuestro se le hubiera ido de las manos al sujeto que lo había ejecutado.

En cuanto pisaron la sala común, la voz de Rebeca sacó a Salazar de sus cavilaciones.

—Ya tenemos la orden de registro para la residencia de Infante —afirmó, al mismo tiempo que se apoyaba en el respaldo de su silla.

Néstor enarcó las cejas.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace cinco minutos. La solicité mientras estabais adentro. Sabía que la íbamos a necesitar. Científica ya va de camino.

Salazar dibujó una sonrisa de orgullo, al mismo tiempo que recibía una fuerte palmada en el hombro que le propinó Remigio, cuando se alejó de él, en dirección a su escritorio.

—¡Excelente! —la felicitó Néstor—. Bien pensado. Es justo lo que necesitábamos. Encárgate tú misma.

Rebeca se puso en movimiento de inmediato. Néstor la siguió con la mirada, mientras ella cruzaba la sala en dirección a la puerta. El primer movimiento ya estaba en marcha, pero no era suficiente. Néstor centró su atención en Pedrera.

—Miguel, quiero que visites la bodega.

—¿No estuviste allí hace pocas horas indagando sobre Infante?

—Sí, para determinar medios y oportunidades, pero esta vez nos centraremos en su comportamiento.

Quiero saber qué tipo de persona es en su vida laboral y cómo lo perciben sus compañeros.

El hombre al que acabamos de interrogar estaba dominado por el pánico, pero podría comportarse de forma muy diferente en su día a día normal.

—Buen punto —opinó Remigio—. Algunos tigres se vuelven gatitos cuando se sienten acorralados.

—Es lo que quiero comprobar —reconoció Salazar.

Miguel asintió, al mismo tiempo que apagaba su ordenador y se ponía la chaqueta.

—Entendido.

—Ya admitió que él hizo las llamadas, pero esta vez iremos un poco más lejos. Averigua también cuáles son sus limitaciones reales y cuál fue su margen de maniobra, justo el día y la hora del secuestro.

—Dalo por hecho.

—Ángela, procesa los datos que te proporcione Miguel. Trata de identificar incompatibilidades. No quiero cabos sueltos ni sorpresas de última hora.

—Sí, señor.

Salazar centró la mirada en Remigio, pero antes de que pudiera hablar, el veterano policía se le adelantó.

—Yo me ocupo de analizar la grabación del interrogatorio y contrastarla con la información que determinen Miguel y Ángela. Trataré de precisar cualquier detalle que no encaje en el relato del sospechoso.

—Muy bien. En pocas horas debemos ser capaces de determinar si Infante dijo la verdad o mintió.

Una vez repartidas las tareas y con el mecanismo en marcha, Salazar decidió que debían adelantarse a cualquier resultado.

Con independencia de la identidad del secuestrador, lo más importante era localizar al chico lo antes posible, así que mientras los demás se centraban en Infante y los posibles fallos en su declaración, él intentaría llegar hasta la víctima.

No había tiempo que perder. Las probabilidades de Unai de regresar sano y salvo a casa se reducían con cada minuto que pasaba. Tenían que encontrarlo.

Néstor salió de la sala común y bajó un piso, en dirección a su despacho.

Una vez allí, cerró la puerta y se quedó quieto un par de segundos, calibrando sus opciones.

Entonces, cogió un mapa de Haro y sus alrededores, que guardaba en una de las estanterías.

Lo desplegó sobre el tablero y lo fijó con chinchetas en las esquinas.

Después de ubicar el punto exacto del arcén donde se había ejecutado el secuestro, lo marcó con una X.

De inmediato, señaló también el lugar donde había aparecido la mochila.

Ese debió ser el sentido que siguió el secuestrador, después de capturar a Unai.

Salazar dio un paso atrás para estudiar todas las rutas a las que se podía acceder desde ese punto.

Fijó la mirada en el mapa, estudiando, analizando, esforzándose en comprender.

Trató de meterse en la piel del secuestrador…

Metódico, cuidadoso. Tiene un chaval retenido contra su voluntad en el asiento trasero.

El chico debe estar incapacitado de algún modo, pero el riesgo está presente y el tiempo apremia.

Necesita llegar a su destino, su refugio, lo antes posible.

No improvisa. La ruta ya ha sido estudiada…

decidida. ¿Cuál habría sido la mejor opción?

Todos los indicios de la escena del crimen apuntaban a que el secuestrador había actuado solo.

La víctima, aunque era menor de edad, ya casi tenía la contextura de un hombre.

Néstor cruzó los brazos mientras pensaba: «El chaval está inmovilizado, sí.

Casi seguro, drogado, pero ¿por cuánto tiempo?

Además, para un solo secuestrador, un traslado posterior resultaría muy complicado, así que lo más inteligente sería que el lugar de retención después del secuestro fuera definitivo».

Cerca… a pocos minutos. El inspector trazó un círculo de cinco kilómetros alrededor del lugar del secuestro.

Se centró primero en el sentido que señalaba la mochila.

Lo más importante ahora no era dónde, sino cómo.

Después de pensar por algunos segundos, tomó algunas notas en uno de los márgenes del mapa.

El lugar tenía que estar a pocos minutos del punto del secuestro, accesible por caminos secundarios y sin atravesar zonas habitadas.

Un sitio conocido, no improvisado, donde pudiera entrar y salir rápido.

Aislado, sin vecinos ni tránsito, con algún modo de ocultar el coche y suficiente distancia para que ningún ruido llamara la atención.

No hacía falta comodidad. Solo un espacio cerrado y discreto: una nave abandonada, una casa rural vacía, una finca olvidada…

El policía volvió a alejarse del mapa para analizarlo mejor.

Ahora buscaba opciones: casas rurales aisladas, naves vacías, cobertizos…

lugares que no llamaran la atención, y en los que se pudiera mantener a alguien encerrado durante horas o días.

Salazar no estaba tratando de localizar un lugar específico…

todavía. Estaba delimitando el tipo exacto de escondite que alguien habría elegido con antelación.