Capítulo 38
V einte minutos después, mientras Salazar y Remigio trabajaban en las estrategias del interrogatorio de Infante, un par de golpes en la puerta interrumpieron su concentración. Miguel se asomó y entró sin esperar respuesta. En la mano llevaba una bolsa que contenía bocadillos y café.
Remigio lo miró de reojo y continuó hablando.
—Si presionamos demasiado, se nos cierra.
Néstor sacudió la cabeza.
—No tiene experiencia en enfrentarse a algo así. Se va a desmoronar…
Miguel depositó la bolsa sobre la mesa.
—Aquí tenéis, para reponer fuerzas.
Pedrera comenzó a repartir el contenido de la bolsa y el olor a café inundó el despacho.
Salazar dio un sorbo a su vaso.
—Se te agradece, Miguel.
—Demuéstralo en la Memoria Anual de Actividad de la Comisaría. Me vendría bien un ascenso.
—No te pases. Tengo trabajo para ti.
—¿De qué se trata?
Remigio dio un generoso mordisco a su bocadillo, al mismo tiempo que Néstor le entregaba un folio a Miguel.
—Necesito que averigües todo lo que puedas sobre las propiedades de Infante. No solo con respecto de su vivienda habitual. Rastrea también cualquier inmueble heredado, alquilado o prestado… Ya sabes…
—De acuerdo. Además, indagaré a la familia, amigos, posibles segundas llaves…
Toro tragó, antes de intervenir.
—Dale prioridad a sitios donde nadie mire: casas rurales, pisos o locales vacíos…
Miguel asintió.
—Y vehículos.
—Propios, prestados o alquilados —reforzó Salazar.
—Yo me ocupo —respondió Pedrera, doblando la hoja.
—Vete a trabajar —gruñó Remigio, con media sonrisa.
Pedrera salió, cerró la puerta a sus espaldas y el silencio se apoderó del despacho. Remigio se enderezó en la silla.
—Bien, continuemos. No hay que dejarle salida a este tío.
Ambos siguieron trabajando, al mismo tiempo que daban cuenta de sus bocadillos.
Solo habían pasado algunos minutos, cuando el móvil de Salazar anunció la entrada de un mensaje de texto.
Él lo consultó de inmediato. Rebeca le había enviado una nota, en la cual le anunciaba que llegaría algunos minutos tarde.
Néstor sintió un ramalazo de preocupación y escribió con rapidez: «¿Ocurre algo?
» De inmediato, entró un nuevo mensaje: «Nada importante.
Solo algo de materia en suspensión. Luego te lo explico».
Salazar frunció el ceño, soltó un suspiro de resignación y volvió a centrarse en el caso.
Una hora después, Remigio y él seguían trabajando.
En las papeleras quedaban los envoltorios de los bocadillos y los vasos con restos de café frío permanecían sobre los escritorios.
La información que había recopilado Miguel entró en el correo de Salazar, justo en el momento en que Rebeca se asomaba al despacho.
Él la miró con el ceño fruncido y la mandíbula tensa.
—Tú no sueles retrasarte. ¿Gabi está bien?
—¡De maravilla! Ha descubierto nuevas texturas, nuevos desafíos… y nuevos límites para la paciencia de mi madre.
—¡Genial! ¿Hablamos de daños controlados o necesitaremos mudarnos?
Antes de que Rebeca pudiera responder, Lali llegó junto a la puerta del despacho.
—Inspector jefe. Disculpe que interrumpa, pero el sospechoso que estaba esperando acaba de llegar y ya se encuentra en la sala de interrogatorios con su abogado.
—Gracias, Lali.
Rebeca anunció:
—Luego te cuento los detalles domésticos. Yo seguiré la declaración desde mi ordenador. Me ocuparé de observar y dejar lista la documentación que haga falta.
—Perfecto —dijo Salazar, al mismo tiempo que se comunicaba con Pedrera por el móvil—. Miguel, ordena que la patrulla más cercana vigile la bodega con discreción. Si este interrogatorio desencadena alguna reacción, quiero saberlo.
—De acuerdo.
Salazar y Remigio subieron a la sala. El técnico se encontraba sentado con la espalda rígida y las manos entrelazadas, como si temiera que se le escaparan. El abogado de oficio permanecía a su lado en un silencio atento.
Remigio fue el primero en hablar, clavando la mirada en el sospechoso.
—¿Sabe por qué está aquí?
—No —respondió Infante, demasiado rápido—. Yo… yo no he hecho nada.
Remigio asintió despacio, como si aquella respuesta lo satisficiera. Entonces, desvió la mirada hacia la mesa. Salazar permaneció en silencio moviendo papeles en la carpeta, como si fuera ajeno a la conversación. Toro retomó la palabra.
—Usted trabaja como técnico del servidor de la bodega desde hace años. ¿No es así?
—Sí.
El policía asintió.
—Según entiendo, tiene acceso a todos los archivos y también controla quién puede utilizar el servidor… Parece un trabajo tranquilo.
Infante tragó saliva.
—Sí.
Salazar entró en la conversación, manteniendo el tono amable de Remigio.
—¿Conoce a Unai?
Infante dudó una fracción de segundo.
—Yo… sí… lo veo de vez en cuando. En alguna ocasión me ha hecho preguntas sobre el servidor.
—¿Solo eso? —preguntó Salazar.
—Sí, nada más.
Remigio cogió aire, haciendo una larga pausa.
—Entonces, explíquenos por qué llamó a su madre para exigirle un rescate por el chaval.
Infante palideció. Miró al abogado, luego a la mesa.
—Yo no…
—No vamos a discutir si fue usted o no —interrumpió Salazar—. Vamos a hablar de por qué lo hizo.
El técnico se removió incómodo en su asiento y miró a los lados como una presa acorralada.
—¡No sé de qué me están hablando!
Salazar deslizó la fotografía captada por la cámara de vigilancia.
—¿Acaso no es usted? —Raúl palideció—. Está comprando un móvil prepago. El mismo que fue usado para solicitar un rescate a la madre de Unai. ¡Lo sabemos todo!
El abogado se inclinó hacia adelante y apoyó su mano sobre el antebrazo de Infante para contenerlo.
—Mi cliente se acoge a su derecho de guardar silencio.
La voz del defensor quedó opacada por el estallido del sospechoso.
—¡Yo no sabía qué hacer! —gritó Raúl, rompiendo en llanto— ¡Tienen que entenderlo!
El abogado suspiró y se dejó caer hacia atrás en el asiento. Salazar y Remigio intercambiaron una mirada. Ya habían logrado el quiebre. Demasiado fácil. Remigio retomó la palabra.
—Exigió cinco mil euros. No es una cifra al azar, ¿verdad?
El técnico negó con la cabeza, sin dejar de llorar.
—No quería hacerle daño a nadie.
Salazar entornó los ojos.
—¿Dónde está Unai? ¿Qué hizo con él?
Infante bajó la mirada hipando, incapaz de responder a causa del llanto. Remigio presionó.
—En ninguna de las llamadas mencionó al chico, ¿por qué?
El técnico llenó sus pulmones de aire y cerró los ojos, tratando de recuperar un poco de control. Su respuesta salió en un susurro.
—Yo… Yo… no tenía nada que decir. Cuando me enteré de la desaparición del chico yo… vi una oportunidad. Yo… yo necesitaba el dinero. ¡Lo necesitaba con urgencia!
Salazar y Remigio entornaron los ojos al mismo tiempo.
—¿Está tratando de hacernos creer que no fue usted quien secuestró a Unai?
Infante agitó las manos por encima de la mesa.
—Es la verdad. ¡Tienen que creerme! Supe del secuestro del chaval cuando ustedes fueron a la bodega haciendo preguntas. Yo… sé que la madre del chico recibió un pago significativo de la bodega cuando enviudó. Solo… solo creí que podría conseguir el dinero que necesitaba. Eso es todo.
—¿Dónde estuvo ayer a las 19:30? —preguntó Remigio, de repente.
Infante parpadeó, como si buscara una respuesta en su cabeza.
—Yo… ayer salí a las siete.
—¿Por qué tan temprano?
—No me sentía bien. Estaba comenzando a resfriarme, así que me fui a casa, me tomé una infusión caliente y me acosté.
—¿Alguien puede corroborarlo? ¿Su mujer?
Infante sacudió la cabeza con desesperación.
—No. Ella no estaba. Tenía una cita médica. Yo… no había nadie en casa cuando llegué.
Salazar tensó la mandíbula.
—¿Está tratando de hacernos creer que se involucró en el secuestro de un menor que otro había cometido, y que lo hizo por cinco mil euros? ¿Para qué necesita ese dinero?
El técnico cerró los ojos. Cuando habló, lo hizo despacio, como si cada palabra pesara.
—Se trata de mi mujer.
Los policías guardaron silencio por un segundo y luego presionaron.
—Continúe.
—Tiene un cáncer poco común. Aquí ya no hay tratamiento. Nos dijeron que en Suiza… que quizá… —la voz se le quebró—. La Seguridad Social no cubre el tratamiento afuera. Tampoco el viaje, ni la estancia.
Ambos policías permanecieron en silencio. Después de una pausa, Salazar presionó.
—Cinco mil euros no son suficientes para resolver algo así.
—Lo sé —respondió el técnico, casi con vergüenza—. Pero era… era suficiente para empezar. Pensé que después… después vería cómo seguir.
Remigio negó con la cabeza muy despacio.
—No pensó. Se lanzó.
El técnico asintió, derrotado.
—Creí que podría conseguirlo sin hacer daño a nadie. El chico ya había desaparecido. Pensé que sería rápido… coger el dinero y darle una oportunidad a mi mujer… Es todo lo que quería.
—¿En verdad creyó que lo que estaba haciendo no tenía consecuencias? —preguntó Salazar, con genuina sorpresa.
—¡Yo no secuestré al chico! No le hice daño a nadie…
—Solo tenemos su palabra —sentenció Remigio.
Néstor rechinó los dientes.
—Además, voy a suponer por un momento que dice la verdad.
Aun así, sí habría causado mucho daño. En primer lugar, a la madre de Unai, que creyó que estaba comunicándose con el verdadero secuestrador.
¡El que tiene a su hijo en sus manos! Además de que su intervención nos desvió del camino correcto para rescatar al chaval… si continúa con vida.
Infante volvió a romper en llanto.
—Yo no quería lastimar a nadie. Yo no secuestré a nadie. Nunca haría algo así.
Remigio lo observó largo rato, antes de responder.
—Eso lo comprobaremos.
Salazar se levantó.
—En cualquier caso, con lo que ya admitió que hizo es suficiente.
Ambos policías salieron de la sala sin mirar atrás.