Capítulo 37
C uando Salazar llegó a la comisaría después de su visita a la bodega, encontró al resto del equipo en la sala común, cada uno ocupado en la elaboración del informe que le correspondía.
Los vasos con café frío reposaban sobre las mesas y solo se escuchaba el chasquido de los folios al deslizarse.
Los pasos de Néstor alertaron a sus compañeros de su presencia y todas las miradas se centraron en él.
El inspector jefe les notificó acerca de su decisión de citar a Infante para interrogarlo.
—… Ya Lali se está ocupando de los trámites necesarios.
Remigio aprobó la decisión con un asentimiento.
—Es evidente que ese sujeto tiene mucho que esconder. Será interesante saber lo que va a decir.
Salazar dejó escapar un suspiro.
—No dudo que está involucrado, pero hay algo en Infante que sigue sin encajar del todo.
—¿Crees que tiene un cómplice? —preguntó Rebeca.
—Es posible. Me resulta difícil acoplar la conducta metódica del secuestrador cuando capturó al chico, con la torpeza del intento de rescate de Infante.
—Si en realidad fue él —comentó Ángela.
—Me sorprendería mucho que no lo fuera —le respondió Miguel.
Remigio cruzó los brazos antes de dar su opinión.
—A mí me da la impresión de que son como mínimo dos y cada uno de ellos se ocupó de un aspecto diferente del secuestro.
—Yo también creo que hay algo que no encaja en todo esto —opinó Rebeca—. Espero que estemos sobre la pista correcta. El peligro aumenta para el chico con cada minuto que pasa.
Salazar frunció el ceño.
—Pronto lo sabremos. Remigio, tú y yo nos ocuparemos de interrogarlo. Acompáñame a mi despacho. Necesitamos una estrategia que lo acorrale.
Toro se puso en pie de inmediato.
—¡Ya estamos tardando!
El inspector jefe escaneó la sala con la mirada, antes de dirigirse al resto del equipo.
—No es una orden, pero os sugiero que aprovechéis la espera para ir a comer algo y despejar la cabeza, antes de afrontar lo que viene.
Los policías se miraron entre sí. Rebeca y Miguel asintieron, bloquearon sus ordenadores y comenzaron a prepararse para salir. Ángela negó con un gesto.
—Yo todavía tengo algunos cruces pendientes, señor. Prefiero no dejarlos a medias —Se encogió de hombros—. En realidad, no tengo muy claro cómo encajan o si tienen suficiente importancia, pero quiero estar segura de que no estoy dejando ningún cabo suelto.
Miguel paseó la mirada de su compañera a Salazar y Remigio, que esperaban junto a la puerta.
—Yo puedo traeros algo del bar más cercano.
Ángela asintió y aceptó el ofrecimiento con una sonrisa. Luego, volvió a centrarse en la pantalla.
—Te lo agradeceremos —dijo Salazar.
—¡Perfecto! —exclamó Rebeca, al mismo tiempo que se ponía la chaqueta—. Entonces, yo aprovecharé para pasar por casa y ver a Gabriela.
A la mención de su hija, Néstor relajó los músculos de los hombros, se despidió de su mujer con un toque de labios y esperó a que ella abandonara la sala. Luego salió, seguido por Remigio, mientras Miguel mantenía una conversación en voz baja con Ángela.
Diez minutos después, Rebeca llegó a la buhardilla.
A esa hora, ya su madre habría recogido a Gabi de la guardería y le habría dado la comida, así que lo más probable era que la niña estuviera durmiendo la siesta.
Rebeca entró casi de puntillas, todavía con el olor de la comisaría pegado al abrigo y el reloj marcando que tenía veinte minutos exactos, antes de tener que regresar al trabajo.
—¿Mamá? ¿Estáis ahí?
La voz de Débora llegó desde la cocina, con la serenidad propia de un gurú de la meditación.
—Aquí, cariño. Estamos… practicando la paciencia consciente… y conectando con la materia. Literal.
Aquello no sonaba bien. Rebeca avanzó despacio hacia la barra americana… y se detuvo en seco.
Una nube blanca flotaba en el aire del lado de la cocina y en una esquina de la barra estaba Paca, sentada con absoluta dignidad, y… blanca, desde las orejas hasta la punta de la cola. Parecía una escultura nevada con ojos amarillos furiosos.
Rebeca enarcó las cejas y se mordió los labios para no soltar una carcajada.
—No voy a preguntar.
Paca parpadeó con lentitud ofendida. Entonces, saltó al suelo del salón, dejando una huella blanca de su pata sobre la superficie de la barra. Débora dejó escapar un suspiro zen, sin soltar la cuchara de madera que tenía en la mano.
Del lado de la cocina, Gabriela estaba sentada en el suelo con expresión triunfal.
A su alrededor yacían los restos de un paquete de harina, convertidos en una pequeña cordillera blanca.
La niña sostenía una galleta en una mano, mientras la otra había quedado empolvada por completo.
Débora se encogió de hombros con resignación cósmica.
—Ha sido un accidente creativo.
—Te escucho.
—Estaba preparando masa de espelta y me giré un momento para coger las semillas de chía. Cuando volví, tu hija había decidido que era buena idea coger una galleta que estaba junto al paquete de harina…
Rebeca miró a Gabriela conteniendo la risa a duras penas.
—Y por lo visto, ¡lo consiguió!
La niña sonrió con orgullo y le mostró la galleta como si fuera una medalla olímpica.
—¡Mmmm!
Débora continuó su explicación.
—Bien, el caso es que al coger la galleta tiró el paquete de harina, que cayó sobre Paca, quien como siempre, estaba junto a ella.
Paca emitió un maullido grave, cargado de dignidad herida.
—Lo sé, lo sé —dijo Débora con voz tranquilizadora—. El universo a veces nos cubre de experiencias inesperadas.
Rebeca ya no pudo contener la carcajada.
—Mamá, la gata parece un buñuelo vegano.
Paca avanzó despacio hacia Rebeca con lentitud ceremoniosa y se sentó frente a ella, dejando un rastro de huellas blancas en alineación perfecta.
—Maaaauuuu —protestó con energía.
Rebeca se agachó junto a la gata.
—Lo lamento mucho, Paca. Son gajes del oficio de niñera.
—¡Ma! —exclamó Gabriela con alegría, mientras levantaba nubes de harina al golpear el montículo blanco con su mano libre.
Rebeca la cogió en brazos, antes de que la experimentación alcanzara niveles irreversibles.
—¿Y tú? —le preguntó en tono suave. Gabriela acarició a su madre, dejándole una mancha blanca en la mejilla. Rebeca sonrió—. ¿Sabes la que has liado?
Gabriela asintió con solemnidad y apoyó la cabeza en el hombro de su madre, derribando cualquier reproche posible.
—Mrew.
Rebeca volvió a soltar una carcajada frente a la gata, ahora blanca, que le lanzó una mirada cargada de indignación felina.
—Lo siento mucho, Paca, pero te toca baño.
Débora suspiró.
—Creo que esta tarde hemos trabajado mucho la paciencia.
Rebeca miró la cocina cubierta de harina, a su madre descalza sosteniendo la cuchara de madera, a su hija feliz con las manos blancas, y a la gata convertida en fantasma indignado. Por primera vez en todo el día, la presión del trabajo se alivió un poco. Abrazó a Gabriela y sonrió.
—Tengo veinte minutos. ¿Empezamos por la gata o por la niña?
Gabriela levantó la galleta con determinación.
—Pa… ca.
—Mieeuuu —se quejó la gata.
Débora levantó la cuchara de madera como si fuera un cetro.
—Tú decides, cariño.
Rebeca besó la frente harinosa de su hija.
—Comenzaremos por Paca, antes de que tu padre vea cómo quedó su gata y le dé un telele.
Rebeca dejó a Gabriela en su corral y se apresuró a echarle el guante a Paca, antes de que tuviera oportunidad de comprender sus intenciones. Aquello no ayudaría en sus relaciones humano-felinas, pero era necesario.