Capítulo 36
A l cabo de pocas horas, el tablero se había reordenado por completo.
Bajo la dirección de Salazar, el equipo volcó toda su atención sobre Raúl Infante.
Después de revisar los registros civiles relacionados con el sospechoso, Miguel comprobó que vivía en la Avenida La Rioja.
Era casado, sin hijos, y a juzgar por sus redes sociales, llevaba una vida poco emocionante.
No era el tipo de persona que hubiera esperado que se relacionara con un secuestro.
Una vez completado el perfil, Pedrera salió de la comisaría en dirección al barrio donde residían Infante y su mujer.
El frío de la tarde lo alcanzó cuando bajó del coche.
Se detuvo unos segundos, mientras observaba el vecindario, con sus fachadas de ladrillo de cinco alturas, sus portales amplios y los negocios a pie de calle.
El inspector no tardó en localizar el portal del edificio donde vivía el técnico, y ubicó los locales abiertos más cercanos.
Aquellos que formarían parte de su día a día.
Hizo un escaneo mental. De un vistazo descartó la panadería y la farmacia.
Sus ojos se clavaron en el bar, como si este fuera un imán.
Miguel se acercó al bar. Desde la puerta consiguió escuchar el tintinear de las cucharillas sobre los platos y el murmullo sordo de las voces de los clientes.
Entró y avanzó hasta la barra. Antes de que el tabernero pudiera preguntarle qué quería, le mostró su identificación. El hombre enarcó las cejas.
—¿Policía? ¿Qué puede querer la Policía por aquí? ¿Ha ocurrido algo?
El inspector se encogió de hombros, al mismo tiempo que sacaba su móvil y le mostraba la imagen de Infante al dueño del bar.
—Solo es rutina. ¿Conoce a este hombre? ¿Lo ha visto por aquí?
El tabernero miró la foto. En un primer momento con desconfianza, como si tuviera el no en la punta de la lengua, pero al cabo de un par de segundos, un parpadeo delató el reconocimiento.
—Sí… Viene de vez en cuando. Supongo que vive cerca.
—¿Solo o acompañado?
—Casi siempre solo, aunque en ocasiones sí comparte mesa. Ya sabe, cuando se encuentra con un conocido.
Miguel asintió.
—¿Ha escuchado de qué habla?
El propietario del bar dudó por un segundo.
—No suelo estar pendiente de las conversaciones de los clientes… Yo voy a lo mío y…
El inspector negó con la cabeza.
—Comprendo que respeta la privacidad de sus clientes, pero usted y yo sabemos que ellos suelen hablar en voz alta y que muchas veces se escucha, aunque no se quiera.
El tabernero apoyó las manos en la barra.
—Sí, bueno, eso es cierto… Sí es verdad que ha hecho comentarios, pero son cosas de su vida que no le interesan a nadie.
—Me interesan a mí.
El hombre miró a los lados como si buscara escapatoria. Luego, volvió a centrar la atención en el policía y soltó un suspiro.
—Lo único que puedo decirle es que la última vez que vino estaba muy nervioso. Agitado. Estaba conversando por el móvil, pero muy tenso.
—¿Sabe de qué iba la conversación?
—Lo que puedo decirle es que hablaba de dinero. Comentó que no tenía tiempo para tramitar préstamos ni pedir favores. Que tenía que resolver de inmediato.
—¿Mencionó qué?
El tabernero se encogió de hombros.
—No en concreto, pero sí tenía que ver con algo de salud.
—¿Para él?
—Creo que para un familiar, pero no me haga caso. Solo fue una impresión. También mencionó un viaje y que todo era demasiado caro.
Miguel se quedó pensativo por un momento y salió del bar, después de darle las gracias al tabernero por su colaboración.
La tienda de ultramarinos estaba a veinte metros. Miguel cruzó la calle y una campanilla anunció su entrada. El policía llevaba su identificación en la mano y se la mostró a la mujer que se encontraba detrás del mostrador.
Ella enarcó las cejas.
—¿Policía? ¿Qué ha pasado?
El inspector se acercó, sacó su móvil y le mostró la imagen de Infante.
—¿Lo ha visto?
La tendera no dudó.
—Sí, claro. Es vecino de por aquí cerca. Él y su mujer vienen a comprar con frecuencia.
—¿Los conoce bien?
Ella se encogió de hombros.
—Tanto como bien… Lo normal.
Miguel asintió.
—¿Sobre qué han hablado en los últimos días?
La mujer suspiró.
—Siempre de lo mismo. Pobres… Ellos sí tienen problemas.
El inspector envaró la espalda.
—¿Qué tipo de problemas?
—Ella debe estar muy enferma. Es todo lo que puedo decirle. Él se la pasa en un sinvivir. Lo lleva peor que su mujer.
—¿Han mencionado de qué enfermedad se trata?
—Eso no lo sé, pero debe ser algo grave… y caro.
—¿Caro? ¿No lo cubre la Seguridad Social?
—Pues no lo sé, pero siempre están hablando de que tienen que conseguir el dinero, que no les queda otra salida y que el tiempo apremia…
—¿Cuándo fue la última vez que lo vio?
—Hace un par de días vinieron a hacer una compra.
Miguel asintió despacio, le dio las gracias a la mujer y salió. La campanilla volvió a sonar. Una vez en la calle, el policía centró su atención en el edificio donde vivía Infante. Nada que llamara su atención.
Entonces, sacó su móvil e hizo una llamada.
Ángela respondió del otro lado. Él le comentó cuál había sido el resultado de sus entrevistas.
—Concuerda con mis hallazgos —comentó ella.
—¿Qué encontraste?
—Hice un cruce detallado de los accesos al servidor, horarios y movimientos irregulares que llevó a cabo Infante.
No hay ninguna duda: las pausas del técnico coinciden con precisión con las llamadas de rescate, tiene acceso a documentación sensible y conoce cifras que no eran públicas.
Las coincidencias temporales son difíciles de ignorar.
Pedrera asintió para sí mismo.
—Tienes razón. Todo esto no puede ser coincidencia. Salazar tiene que saberlo.
Después de terminada la llamada, Miguel marcó el número del inspector jefe y le informó acerca de los pasos de Infante. Al mismo tiempo, Rebeca seguía haciendo indagaciones en el terreno donde había aparecido la mochila.
Ninguno de los vecinos de las casas cercanas reconoció al técnico, pero cuando la inspectora se disponía a marcharse, vio un coche aparcado en el arcén y se le acercó.
Tenía un único ocupante y en ese momento se encontraba chateando con el móvil.
Frunció el ceño al verla aproximarse y palideció un poco cuando ella le mostró su credencial.
—Inspectora… Lo lamento. Sé que no debería haber parado aquí para usar el móvil, pero se trata de una urgencia y…
Rebeca lo interrumpió.
—No estoy interesada en sus infracciones de tráfico, señor…
—Vega. Francisco Vega. Entonces, ¿no me va a multar?
Ella negó con la cabeza.
Solo quiero hacerle algunas preguntas. Luego, puede apagar el móvil y marcharse.
—Eh… sí, claro. Pregunte.
—¿Vive cerca?
—No, vivo a varios kilómetros, pero paso por aquí a diario.
—En los últimos días, ¿ha visto algo que le haya llamado la atención?
El hombre se quedó pensativo por un instante.
—Ahora que lo dice, sí. Fue la semana pasada. Era un SEAT oscuro, creo que azul.
—¿Qué fue lo que despertó su interés?
—La conducta del chófer. Incluso, bajé un poco la velocidad para observarlo mejor… Verá, aquí paran muchos coches por diversos motivos: cuando tienen averías, por supuesto, pero también para usar el móvil o consultar el GPS… pero este era diferente.
—¿Qué estaba haciendo?
—Se bajó del coche, pero no para comprobar el motor. Lo que hizo fue pasearse por el lugar. Parecía estar estudiando el terreno… Como si quisiera saber dónde estaba cada cosa.
—¿Podría describirlo?
—Solo puedo decirle que era de estatura media. Ni gordo ni flaco, pero me temo que no pude detallarlo desde donde estaba.
—¿Cuánto tiempo pasó revisando el terreno?
—No lo sé… yo venía por la carretera y lo vi. Sentí curiosidad y bajé la velocidad, pero no me detuve. Continué. Él siguió a lo suyo.
—¿Él lo vio a usted?
—No lo creo.
—¿Usted podría reconocerlo?
—Lo lamento, pero no lo detallé lo suficiente.
—¿Anotó la matrícula del coche?
—No… su conducta me pareció extraña, pero no vi nada malo en ella. No creí que fuera importante guardar la matrícula. ¿Lo era?
—Gracias por su tiempo, señor Vega. Por favor, apague su móvil y continúe.
—Sí, claro, inspectora.
El testigo se apresuró a obedecer, encender el motor y alejarse del arcén, mientras Rebeca meditaba acerca de la información que acababa de recibir. De inmediato, llamó a Néstor para comunicarle lo que había averiguado.
Salazar recibió toda la información de sus compañeros cuando ya se encontraba en la bodega, hasta donde se había desplazado para terminar de cerrar el círculo.
Guardó el móvil en el bolsillo del gabán y continuó avanzando hasta la oficina del director ejecutivo.
La rutina de la empresa se desarrollaba con normalidad, inmune a todo lo que estaba ocurriendo.
La secretaria de Ríos no lo hizo esperar.
Anunció su presencia y le permitió entrar al despacho.
Con un gesto de la mano, el director ejecutivo lo invitó a ocupar la silla frente a él.
—¿Qué puedo hacer por usted, inspector? ¿Se sabe algo del chico?
Salazar tomó asiento y suspiró.
—Seguimos investigando. Necesito hacerle algunas preguntas sobre el técnico del servidor.
El director parpadeó.
—¿Sobre Infante? Es la última persona que hubiera pensado que puede tener relación con todo esto.
—No he dicho que la tenga.
— ¿Qué quiere saber?
—¿Infante trabaja bajo supervisión?
—Sí, por supuesto. Responde al responsable de administración.
—¿Se lleva registro del cumplimiento de sus horas de trabajo?
Ríos tardó un segundo en responder.
—Sí, pero… aunque su contratación señala el mismo horario que el personal de administración, en la práctica, nadie controla demasiado sus entradas y salidas.
—¿Por qué?
—Por las características de su trabajo. Si surge una incidencia fuera de hora o necesita quedarse actualizando el servidor, compensa el tiempo otro día. Mientras los sistemas funcionen y el trabajo se haga, el responsable de administración es flexible al respecto.
Salazar asintió, al mismo tiempo que una pieza hacía clic en su cerebro.
—¿Infante dispone de privacidad?
El director frunció el ceño.
—¿A qué se refiere?
—Si él quisiera comunicarse con alguien sin correr el riesgo de ser escuchado, ¿podría hacerlo?
El director cogió aire por la nariz y lo retuvo.
—No dispone de un despacho propio, pero… en la bodega hay muchos lugares que ofrecen privacidad. Ya sabe, cuartos técnicos, almacenes, espacios donde solo hay movimiento a ciertas horas, así que yo diría que sí, es posible.
—Comprendo. ¿Tiene acceso a vehículos de la empresa?
—Sí. A veces coge la furgoneta si necesita ir a otra nave o si tiene que acercarse a Haro, a por algún componente para la reparación del servidor. Suelen ser desplazamientos cortos y ocasionales.
—¿Alguien lleva un control estricto de esos desplazamientos?
Ríos negó con la cabeza.
—En realidad, no.
Salazar le dio las gracias al encargado por su colaboración.
Aunque no le había proporcionado ninguna evidencia directa de que Infante estuviera involucrado en el secuestro, ni de que fuera violento, había confirmado que tuvo la oportunidad y los medios.
Por otro lado, los hallazgos de Miguel eran cruciales.
Apuntaban a un motivo. ¿Hasta dónde podía llegar un hombre normal para salvar a alguien que amaba?
Un hombre con el conocimiento y la logística suficientes para actuar sin levantar alarmas inmediatas.
Además, la inequívoca imagen de la grabación, a la que se sumaba el resto de los indicios: motivo económico urgente y real, coincidencia temporal exacta con las llamadas, acceso a información confidencial y capacidad operativa básica, era suficiente para considerarlo como el principal sospechoso.
Sin albergar ninguna duda, Salazar se comunicó con Lali y le ordenó que enviara una citación urgente a Raúl Infante, para que declarara en la comisaría.