Capítulo 35
M ientras Rebeca hacía indagaciones en el lugar donde había aparecido la mochila y Remigio probaba suerte con su principal informante, Miguel terminó de escuchar la grabación de la segunda llamada de rescate.
Llegó a la misma conclusión que sus compañeros.
Entonces, le pidió a Ángela que le enviara la imagen capturada por la cámara de vigilancia a Científica y se sumó a ella para acotar el cerco alrededor del sujeto que había contactado a la madre.
Se dividieron el trabajo. Pedrera identificó los entornos laborales en los cuales pudiera hacerse una llamada breve y personal, sin dejar rastro ni generar preguntas, al mismo tiempo que Ángela se encargaba de cruzar datos y descartar opciones.
Aunque había demasiadas posibilidades, cuando descubrieran nuevos indicios acerca de la identidad del sujeto, podría ser clave tener aquella lista disponible.
Desde su despacho, Salazar se comunicó con su contacto en seguridad bancaria y comenzó a preparar los detalles para la trampa que tendería en la siguiente llamada de rescate.
Si la mochila apuntaba al peor desenlace, el dinero seguiría siendo el único hilo.
Si no, aunque el presunto secuestrador no lo sabía todavía, sería empujado a jugar en un tablero cada vez más estrecho.
Terminada la llamada y mientras esperaba que los engranajes se movieran, el inspector jefe salió de la comisaría para acercarse al bar.
Todavía no había llegado la hora pico de la comida, así que cuando Néstor entró, solo escuchó el murmullo de una pareja conversando en una de las mesas.
Levantaron la mirada, pero al ver que era un desconocido, volvieron a lo suyo.
El inspector se acercó a la barra, donde Gyula acomodaba vasos y copas, para aligerar la tarea cuando llegaran los parroquianos.
—Hace tiempo que no asomabas la nariz por aquí.
Gyula comenzó a preparar un café, sin esperar a que Salazar se lo pidiera. Lo puso en la barra frente a su amigo y Néstor bebió un sorbo antes de hablar.
—Estoy bastante liado con un caso. El secuestro de un chico de 17 años.
—Mal asunto. No han dicho nada en las noticias.
—Hemos sido discretos y de momento, preferimos que no trascienda, por el bien del chaval.
Gyula asintió.
—Descuida, no mencionaré ni una palabra al respecto, pero si vienes a preguntar, me temo que no he escuchado nada.
—¿Nada en absoluto? Eso es extraño.
—A menos que sea el «trabajo» de un particular…
Salazar ladeó la cabeza en un gesto de negación.
—No lo sé. Estudiaron cada detalle de la ejecución. Fueron metódicos y cuidadosos, pero…
—Algo no encaja —comentó Gyula, que lo conocía bien.
El inspector suspiró.
—A diferencia del secuestro, la solicitud del rescate está resultando bastante torpe.
—Tal vez sean dos individuos diferentes. Uno se encargó del secuestro y el otro del rescate, y uno es más listo que el otro —sugirió el tabernero.
—Quizá… pero… lo esperable sería que el torpe siguiera las instrucciones del listo. Es lo que no puedo explicar.
Gyula se encogió de hombros.
—Me gustaría ayudarte, Néstor, pero no tengo una respuesta. Lo único que puedo hacer es preguntar por ahí.
Salazar asintió, al mismo tiempo que dejaba la taza de café vacía sobre la barra.
—Eso sería de gran ayuda, tanto si descubres algo como si no, pero sé discreto. Todavía no sabemos a qué nos estamos enfrentando.
—Seré sigiloso como un gato.
Néstor sonrió.
—Mejor no hablemos de gatos —Salazar dio una palmada a la barra a modo de despedida—. Nos seguimos viendo, colega.
El inspector regresó a la comisaría y se encerró en su despacho para releer los informes que le había enviado el jefe Barros. Solo habían pasado algunos minutos cuando llamaron a la puerta. Después de autorizarlo, Miguel entró con una sonrisa de satisfacción en el rostro.
—Científica se ha dado prisa. Ya procesaron y enviaron la imagen que captó la cámara de vigilancia de la tienda de móviles.
Está en la bandeja de entrada de la comisaría.
Hice las primeras indagaciones para tratar de identificar al sujeto, pero no encontré coincidencia con ningún archivo criminal.
Lo que puedo confirmarte es que este tío no tiene antecedentes.
Salazar desbloqueó la pantalla de su ordenador y cliqueó un par de veces para abrir la bandeja del correo y descargar la imagen.
Segundos después, el rostro de un sujeto bastante corriente se desplegó en la pantalla.
No era nítido, pero sí reconocible. El inspector jefe se apoyó en el respaldo de la silla y guardó silencio por un momento, mientras meditaba acerca de lo que estaba viendo.
Entonces, se inclinó hacia adelante y asintió.
—Yo he visto a este sujeto.
Miguel no ocultó su desconcierto.
—¿Sabes quién es?
Néstor asintió.
—Se trata del técnico de archivo de la bodega.
No recuerdo su nombre y si te soy honesto, hasta ahora no lo había tenido en cuenta como sospechoso.
Fue una torpeza de mi parte. Este tío pasa desapercibido, pero es quien vigila el servidor, así que tiene acceso constante a documentación, rutinas y nombres.
—Está en el lugar ideal para enterarse de todo sin mucho esfuerzo —comentó Pedrera—. ¿Estás seguro de que es él?
—Por supuesto. Él estaba allí cuando nos llevamos el servidor.
—Esto lo cambia todo —Miguel se cruzó de brazos—. Ya lo identificamos. ¿Qué hacemos ahora?
Salazar revisó los documentos proporcionados por el director de la bodega.
—Su nombre es Raúl Infante. Ya sabemos quién es, pero no tenemos suficientes evidencias contra él. De momento, solo es un tío comprando un móvil. No podemos presentarnos frente al juez con eso.
—Vale, tienes razón. Entonces, ¿qué sugieres?
—Lo primero, recopila toda la información que puedas sobre él: su dirección, su número telefónico y otros datos —Pedrera asintió— También r evisa en su entorno: vecinos, tiendas y sobre todo, bares.
Es evidente que es nuevo en esto. Quizá no haya podido contener la lengua y se le haya escapado algo.
Indaga si alguien lo escuchó hablar de necesitar dinero o de algún problema que tenga que resolver con urgencia.
—Dalo por hecho.
—Dile a Ángela que haga un cruce de la información: accesos internos, horarios… cualquier movimiento que se haya salido de la norma.
—De acuerdo.
En cuanto Miguel salió del despacho, Salazar decidió ocuparse de investigar en la bodega por sí mismo.
Quería reconstruir la posición real del técnico dentro del engranaje interno: qué sabía, a qué tenía acceso, pero en especial, qué podía haber visto sin que nadie reparara en ello.
Antes de avanzar, era importante determinar si Infante tenía la capacidad logística para capturar y retener a Unai sin levantar sospechas.
Aquella identificación daba un giro completo a toda la investigación, lo que los forzaba a reconducir sus objetivos.
Antes de abandonar la comisaría, Salazar se comunicó con Rebeca y Remigio, para informarles acerca de las circunstancias del reconocimiento del sujeto y su identidad.
También les proporcionó la información con la que contaban.
Rebeca, que continuaba trabajando en el terreno donde había aparecido la mochila, reorientó sus entrevistas para comprobar si alguien había visto al técnico en la zona, en fechas cercanas.
En cuanto terminó la llamada con Salazar, Remigio se comunicó con Suricato y ajustó sus instrucciones.
—Te enviaré la dirección del sospechoso en cuanto la reciba. Quiero que afines el oído en su vecindario, y prestes atención a conductas nerviosas y quejas por problemas agobiantes. Si descubres algo, avísame de inmediato.