Capítulo 34
M edia hora después, gracias a las coordenadas que había enviado la Guardia Civil, Rebeca se desplazó hasta el punto de la carretera donde había aparecido la mochila.
Se trataba de un terreno irregular, que se encontraba a pocos metros del arcén en el que Unai había sido secuestrado.
El lugar no era visible desde el asfalto, pero quedaba lo bastante cerca como para relacionar el hallazgo con el secuestro.
En cuanto se bajó del coche, la inspectora sintió el roce del viento que arrastraba un olor a tierra húmeda. Se detuvo a un paso del perímetro, con los ojos clavados en el terreno, observando cada brizna de hierba como si quisiera grabarla en su memoria. Cualquier detalle podría ser decisivo.
En cuanto estuvo satisfecha de su inspección del terreno, la inspectora se acercó a los agentes de la Guardia Civil y se identificó. Uno de ellos asintió y comenzó a explicarse.
—¿Qué hacía aquí?
—Dice que vive cerca y hace este recorrido con frecuencia cuando se ejercita.
—¿Tocó algo?
El guardia sacudió la cabeza.
—Lo niega. En cuanto nosotros llegamos, reconocimos el objeto por la descripción del boletín y levantamos el perímetro.
—¿A qué hora llegaron?
—9:40.
Rebeca asintió y volvió a centrar su atención en el terreno.
calculando distancias y trayectorias. Había unos cincuenta metros entre el matorral donde había aparecido la mochila y el arcén.
La inspectora entornó los ojos, reproduciendo la escena en su cabeza.
Imaginó al sujeto subiendo a Unai a su coche.
Lo más probable era que, antes de capturarlo, hubiera incapacitado al chico para que no pudiera defenderse.
La mochila habría quedado caída en el arcén.
Se trataría de un objeto inútil con el que no querría cargar, pero que llamaría demasiado la atención desde la carretera si lo dejaba allí.
Así que hizo lo más simple y también lo más estúpido: se deshizo de ella arrojándola detrás de los matorrales a través de la ventanilla del coche.
La inspectora se preguntó si el secuestrador habría cometido su primer error.
Mientras Rebeca recibía la información de los hechos, los agentes que la acompañaban relevaron a los guardias en la custodia del perímetro. La inspectora les agradeció su colaboración a los guardias civiles y ellos se retiraron.
El viento volvió a levantarse, mientras Rebeca continuaba su estudio del terreno.
La cercanía con el arcén donde había aparecido la bicicleta era sugerente, pero no suficiente por sí sola.
Necesitaban evidencias más concretas. En un movimiento instintivo miró su reloj.
El equipo de Científica debía estar a punto de llegar.
El vecino que dio el aviso se encontraba junto al perímetro, proporcionando sus datos a uno de los agentes que la acompañaron. Rebeca se acercó a ellos. El hombre no le quitaba la vista de encima a la mochila, mientras hablaba.
Se trataba de un jubilado de mirada perspicaz.
La rigidez de sus músculos delataba su desconcierto frente a lo que había desatado su hallazgo.
La inspectora se presentó a sí misma. Después de enviar al agente a cubrir otro lado del perímetro, esperó que se alejara y se volvió hacia el testigo con una sonrisa.
—¿Fue usted quien encontró la mochila entre los matorrales, señor…?
—Hilario… Hilario Gómez.
—Por favor, cuénteme cómo ocurrió.
Hilario miró primero a la carretera y luego al terreno.
—Vivo cerca y suelo andar por aquí con frecuencia.
—¿Vino ayer?
—No, ayer, no. Tuve una cita con mi médico.
Rebeca tomó nota y asintió.
—Continúe, por favor.
—Cuando recorría el sendero vi algo oscuro entre los arbustos. No supe de qué se trataba, hasta que me acerqué y me di cuenta de que era una mochila. Me pareció muy extraño y por eso decidí avisar a la Guardia Civil.
—¿Por qué le pareció extraño?
Hilario se humedeció los labios, antes de responder.
—Este no es un lugar donde alguien pueda olvidar una mochila.
Aquí nadie se sienta a descansar. Además, la mochila no estaba apoyada ni colocada con cuidado.
Estaba caída hacia el terreno, enganchada en los arbustos, como si la hubieran tirado desde la carretera.
Parecía que alguien se había deshecho de ella con prisa.
Rebeca escuchó el razonamiento sin perder detalle y asintió.
—¿Usted la tocó?
Hilario sacudió la cabeza.
—No. Además, me acerqué solo lo justo para averiguar de qué se trataba.
—Lo hizo bien, don Hilario —El jubilado dejó escapar un suspiro y aflojó los hombros—. ¿Vio a alguien por la zona? ¿Algún coche parado, gente andando… algo fuera de lo habitual?
—Nada de eso. Salvo por la mochila, todo estaba normal.
La inspectora asintió.
—Ha sido usted muy observador, don Hilario. Hizo lo correcto avisando a la Guardia Civil.
El sonido de voces conversando y una puerta corrediza abriéndose interrumpió la entrevista.
Rebeca buscó el origen de los sonidos con la mirada.
La furgoneta de Científica había aparcado a pocos metros y los peritos comenzaban a descargar los equipos.
La inspectora le agradeció a Hilario por su colaboración.
Ya el agente tenía sus datos, así que le permitió marcharse.
Al mismo tiempo que Rebeca indagaba en el lugar de los hechos, Remigio, que se encontraba en el centro de Haro, llegó al punto de reunión habitual con Suricato.
Se trataba de un callejón oscuro y aislado que calmaba la paranoia del informante.
Sixto ya lo estaba esperando. Su ropa desprendía un olor a tabaco tan penetrante, que el inspector lo notó a varios metros.
En cuanto el policía entró en el callejón, Suricato, delgado hasta los huesos y con los ojos hundidos, se apoyó contra la pared desconchada y encendió un cigarrillo con movimientos nerviosos, aprovechando la colilla del anterior.
Remigio acompasó una respiración superficial, para tragarse la menor cantidad posible de humo.
El informante tiró la colilla y levantó la mirada.
—Me dijo que era urgente, inspector. ¿De qué se trata? —preguntó Sixto, soltando una bocanada.
Remigio metió las manos en los bolsillos del abrigo y giró la cabeza para esquivar el humo.
—Se trata del secuestro del que ya hemos hablado.
—¿El chico?
—¿Cuántos secuestros crees que estamos investigando? Sí, el del chico.
Suricato se encogió de hombros.
—Ya le dije que no he escuchado nada. El que se metió en eso no debe ser de este mundillo.
—Quiero que seas un poco más proactivo.
—¿Pro… qué? Eso suena a problemas.
—Escucha, no te estoy pidiendo que corras riesgos. Solo quiero que afines el oído. Busca gente que necesita dinero. Me refiero al tipo de urgencia que aparece de un día para otro y sobre la que no se tiene ningún control.
Suricato asintió despacio.
—Vale…
—También trata de detectar comentarios poco precisos. Me refiero a frases sueltas, sin detalles, sobre algo que se ha complicado o que no debería haber llegado tan lejos.
Suricato jugueteó con el cigarrillo entre los dedos.
—Lo tengo.
Remigio movió los hombros para acomodar el abrigo.
—Si alguien deja caer algo como «se me fue de las manos» … quiero saberlo, aunque se trate de una broma.
El cigarrillo de Suricato ya era una colilla, así que lo usó para encender otro.
—Escuchar y repetir tiene su riesgo.
Remigio sacó un billete del bolsillo y se lo entregó a su informante.
—Esto te motivará.
El policía se marchó sin esperar respuesta. Tenía confianza en que, si alguien hacía el comentario indebido en el lugar apropiado, Suricato sería capaz de reconocerlo.