La sombra del gato: El peso del silencio (Inspector Salazar 14) Capítulo 33
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Capítulo 33

S olo transcurrieron algunos segundos, hasta que Ángela localizó la grabación en los archivos del servidor de la comisaría y la reprodujo. Los cuatro policías la escucharon completa, sin interrupciones. La voz del sujeto llenó la sala y cada uno de ellos se mantuvo alerta a los matices.

En cuanto el secuestrador pronunció la última palabra, la sala se llenó de un silencio expectante. Remigio fue quien lo rompió, con la voz pausada de un veterano de muchas batallas.

—Cada palabra de ese tío gira en torno a sí mismo y al rescate. No menciona al chaval ni una sola vez. Como si la víctima no existiera.

Salazar centró la mirada en su compañero y asintió despacio.

—Es lo que más me preocupa.

Remigio tenía los ojos entornados y la vista clavada en la mesa.

—Dinero. Tiempo. Condiciones —intervino Rebeca—. Está hablando desde su necesidad.

Toro y Salazar asintieron, pero Ángela frunció el ceño.

—No comprendo. Es evidente que el dinero es su principal motivo, pero eso era de esperarse, ¿no es así?

Remigio levantó la mirada.

—Que su interés se centre en el dinero no sorprende, pero que no haya mencionado al chico, ni siquiera como medida de presión cuando Salazar le puso inconvenientes a sus propuestas, eso sí es extraño.

Ángela asintió.

—Tiene razón, pero ¿no cree que esa omisión haya sido intencional?

Remigio negó con la cabeza despacio.

—No lo creo. No tendría sentido que no utilizara una ventaja como esa para conseguir sus objetivos —Miró a Salazar—. Cede demasiado pronto.

El inspector jefe guardó silencio por un par de segundos, antes de intervenir.

—Cuando un secuestrador evita nombrar a la víctima…

—Es porque ya no puede usarla —sentenció Toro.

Las palabras de Remigio dejaron un silencio pesado en la sala durante algunos segundos. Salazar ordenó repetir la grabación y la volvieron a escuchar de principio a fin. Esta vez, fue Rebeca quien intervino.

—El tío es demasiado adaptable —Salazar se volvió hacia ella y esperó que se explicara—. Quiero decir… no es que esté improvisando. Es evidente que tiene un guion, pero cuando encuentra un obstáculo, se adapta. Cuando Néstor lo acorrala, negocia…

Salazar asintió.

—Estoy de acuerdo. Yo también lo sentí bastante moldeable para ser un secuestrador. ¿Cómo lo interpretas? Me interesa conocer tu perspectiva.

—Creo que no le importa negociar. Su único interés es conseguir el dinero.

El inspector jefe suspiró.

—Improvisa, se adapta, no presiona…

—No controla… —concluyó Remigio— ¿Por qué?

—Porque no puede —murmuró Rebeca, casi para sí misma.

Néstor se giró hacia ella e intercambiaron una mirada. Una tensión creciente se apoderó de la sala, hasta que Miguel irrumpió como si hubiera llegado el séptimo de caballería. La expresión de su rostro consiguió que todas las miradas se centraran en él.

—¿Qué ocurre? —preguntó Salazar.

Miguel mostró un pendrive que sacó de su bolsillo.

—Tengo algo —Pedrera le entregó la memoria portátil a Ángela, al mismo tiempo que se explicaba—. Es del departamento de informática de Electroharo. Se trata de una compra «prepago» de ayer por la tarde. El cliente se mostró nervioso y pagó en efectivo y llevaba su propia tarjeta SIM.

—Es suficiente para mí —reconoció Remigio.

Ángela conectó la memoria a su ordenador, mientras sus compañeros hacían un corro a sus espaldas.

Entonces, abrió los archivos y desplegó un vídeo borroso en blanco y negro, que enfocaba un mostrador donde se desarrollaba el movimiento propio de una tienda, hasta que un sujeto apareció en el encuadre.

—Ese —apuntó Miguel—. Fue el tío que compró el móvil.

La subinspectora pausó la grabación y la imagen del sujeto quedó congelada.

—Amplíala —le ordenó Néstor.

Ella obedeció. Remigio entornó los ojos.

—Se ve demasiado borrosa. Así como está, no será posible identificarlo, pero a bote pronto, no parece un tío que impresione a nadie.

Salazar se acercó a la pantalla.

—Me resulta familiar, pero Remigio tiene razón: la imagen es de muy baja calidad.

Necesitaremos optimizarla si queremos que nos proporcione alguna información.

Reconozco que esto es lo mejor que tenemos hasta ahora, pero dudo que podamos descubrir algo útil, tal como está.

Ángela, envíasela a Científica. Quizá ellos puedan hacer algo para mejorar la nitidez. Solicítalo con carácter de urgencia

—Sí, señor.

Salazar asintió.

—Después de que te ocupes de la imagen, infórmale a Miguel acerca de la segunda llamada.

—¿El sujeto volvió a contactar? —preguntó Pedrera— ¿Dejó alguna pista?

Salazar suspiró.

—Ninguna pista, pero se puede llegar a algunas conclusiones. Será mejor que lo escuches por ti mismo.

—De acuerdo.

En ese momento, Lali entró en la sala con una prisa que no era habitual en ella. Jadeaba un poco y tenía las mejillas encendidas.

—Inspector jefe, lamento interrumpir la reunión, pero creo que esto es importante: acabamos de recibir un aviso de la Guardia Civil…

—¿De qué se trata, Lali?

—Un vecino de la zona del arcén donde se perpetró el secuestro encontró una mochila, que coincide con la descripción de la que llevaba Unai Ibáñez, y que fue repartida entre los organismos de seguridad de La Rioja —Los policías intercambiaron miradas entre sí ante el inesperado hallazgo.

La secretaria continuó—. La Guardia Civil ya envió las fotografías de la mochila y del lugar donde fue hallada, al correo de la comisaría.

También levantaron un perímetro y esperan instrucciones.

—¡Quiero ver esas fotografías!

Ángela localizó el correo, descargó el archivo comprimido y lo abrió. Las imágenes se repartieron como pequeños cuadros en una lista. La subinspectora abrió la primera imagen y en la pantalla apareció una mochila oscura, tirada junto a la cuneta y con manchas de tierra. Salazar asintió.

—Distribúyelas a todo el equipo.

—Sí, señor.

Salazar sacó su móvil del bolsillo del gabán, marcó el contacto de Telmo y lo puso al día en pocas palabras, antes de darle nuevas instrucciones:

—Telmo, muéstrale la fotografía de la mochila a la madre para comprobar si la identifica. Hazlo con sutileza e infórmame de inmediato.

—Sí, jefe.

Salazar se giró.

—Rebeca, llévate dos patrullas para que relevéis a la Guardia Civil. Interroga al testigo y a los vecinos de la zona.

La inspectora asintió, cogió su chaqueta y salió sin añadir nada más. Remigio se levantó de la silla.

—Antes de que se te ocurra algún trabajo con listas para mí, yo me ocupo de la calle.

Salazar dibujó una sonrisa apenas perceptible.

—De acuerdo. Averigua si está rodando algún rumor.

Toro asintió, se acomodó la chaqueta y se encaminó hacia la puerta. Salazar giró la cabeza.

—Miguel, después de que escuches la grabación de la última solicitud de rescate, quiero que elabores una lista de los entornos donde alguien pueda hacer una llamada como esa. Céntrate en el momento, la duración y cualquier detalle que nos sugiera dónde se encontraba el sujeto cuando contactó.

—Vale.

Entonces, Néstor se centró en la subinspectora.

—Ángela, en cuanto resuelvas el asunto de la imagen con Científica, ocúpate de recibir y enlazar la información proveniente de todos los frentes. Y mantennos informados en tiempo real.

—Sí, señor.

—¿Qué vas a hacer tú? —le preguntó Miguel.

—Yo me ocuparé de coordinar la trampa económica que ya está en marcha.

Dejaré preparado el marco exacto en el que responderé a la siguiente llamada.

En el caso de enfrentarnos al peor desenlace, el dinero seguirá siendo el único anzuelo con el que contamos.

No podemos desperdiciarlo. En cualquier caso, la aparición de la mochila nos obliga a actuar sobre el terreno y nos acerca al secuestrador.