Capítulo 32
M ientras sus compañeros trabajaban en la comisaría, en las calles de Haro, Miguel se dispuso a averiguar cómo el teléfono había sido adquirido y utilizado.
Ángela le había enviado un mensaje para informarle acerca del origen de la tarjeta SIM, así que ese camino estaba cerrado.
Su única esperanza era conseguir rastrear el propio teléfono.
Partió de la hipótesis más sencilla y coherente con la llamada: debía tratarse de un móvil barato y una compra reciente hecha con prisas y nerviosismo.
Con esa idea, acotó el radio de búsqueda y se dirigió a puntos de venta, donde esperaba que una compra precipitada no hubiera pasado desapercibida.
En cada tienda que visitó, planteó preguntas directas sobre aspectos fáciles de recordar. Se centró en las ventas recientes y los clientes nerviosos que hubieran pagado en efectivo. Por fin, en uno de esos comercios, el indicio apareció con claridad.
Se trataba de una tienda grande, que vendía desde pilas hasta electrodomésticos.
Miguel se encaminó al departamento de electrónica y se vio rodeado de ordenadores, pantallas, móviles, y todo tipo de dispositivos y complementos.
Algunos clientes deambulaban por los pasillos curioseando, mientras otros recibían orientación por parte de los empleados o esperaban su turno para pagar.
Miguel localizó el mostrador donde uno de los jóvenes empleados se ocupaba de facturar una venta.
Llevaba una pequeña placa de plástico sujeta a su polo con el nombre de Juan.
—¿En qué puedo ayudarle?
El inspector le mostró la identificación que llevaba en la mano.
—¿Dispones de algunos minutos?
El joven parpadeó.
—¿Ha ocurrido algo?
—Estoy interesado en obtener información sobre la compra de un móvil.
Juan extendió los brazos a los lados.
—Vendemos teléfonos a diario. ¿Busca algo en particular?
El policía asintió.
—Este cliente compró un dispositivo sencillo, barato. También trajo su propia tarjeta SIM y es posible que pareciera tener prisa.
El vendedor negó con la cabeza.
—Eso es bastante habitual.
—También es probable que haya pagado en efectivo.
—Eso ya no es tan frecuente. No recuerdo a ningún cliente como ese en mi turno, pero espere.
El joven se acercó a sus compañeros. Avanzó de uno a otro, mientras Miguel esperaba junto al mostrador.
Por fin, uno de los empleados, un chico con aspecto de adolescente, que estaba mostrando un ordenador a una pareja, asintió cuando Juan le explicó el motivo de la interrupción y señaló al policía.
Intercambiaron roles y quien regresó junto a Miguel fue el chaval.
El policía pudo leer su nombre en la correspondiente placa: Ricardo.
— Juan me dijo que está interesado en un cliente en particular… creo que es uno que yo atendí ayer. Pagó en efectivo y traía su propia tarjeta SIM. No preguntó por modelos ni precios. Sabía lo que quería y parecía impaciente por terminar y marcharse.
—¿Puedes describirlo?
Ricardo se encogió de hombros.
—Lo siento. No soy bueno recordando caras. Veo muchos clientes todos los días y la verdad, no me fijo mucho en ellos. Lo que sí puedo decirle es que actuó como si estuviera nervioso.
El inspector frunció el ceño.
—¿En qué lo notaste?
—Se movía mucho, miraba a los lados como si quisiera comprobar quién estaba cerca de él y cuando le entregué el teléfono, lo encendió y apagó varias veces, después de configurarlo, como si quisiera comprobar que funcionaba.
Reconozco que el tío me llamó la atención porque era raro, pero lo más extraño fue que pagó en efectivo. No es común, tratándose de un teléfono.
—¿A qué hora fue eso?
—Por la tarde. A última hora.
Miguel miró a su alrededor y comprobó que había varias cámaras de vigilancia. Señaló la más cercana.
—¿Funcionan?
—Sí.
—¿Guardáis las grabaciones?
—Un par de semanas.
Miguel asintió.
—Necesito ver la grabación de ese individuo.
Ricardo se encogió de hombros.
—Hablaré con el supervisor.
El chico desapareció por una puerta cercana al mostrador. Miguel esperó, forzándose a sí mismo a tener paciencia. Un par de minutos después, Ricardo reapareció con un hombre de mediana edad, que se presentó como Alberto Díaz, el supervisor del departamento de Informática.
Díaz y Ricardo lo acompañaron hasta una pequeña habitación, donde un empleado de seguridad hacía seguimiento a varios monitores a la vez. El vigilante escuchó la solicitud y se puso manos a la obra. Después de algunos clics, señaló una de las pantallas.
—Lo verá por aquí.
Miguel se inclinó hacia adelante sin quitar la vista del monitor, donde se veían clientes entrando y saliendo en imágenes borrosas. De repente, el chico reaccionó.
—Espera. Ahí está.
El vigilante pausó la grabación. En la pantalla se veía un hombre de aspecto anodino frente al mostrador.
Miguel entornó los ojos.
—¿Estás seguro de que es ese?
—Sí.
—Necesitaré una copia ahora y que le entreguen otra a un mensajero del departamento de Científica que vendrá a recogerla. ¿Hay algún inconveniente?
El supervisor negó con la cabeza.
—Por supuesto que no. La colaboración con las autoridades es política de la empresa.
Al mismo tiempo que Miguel se hacía con una copia de la grabación de la cámara de seguridad y Salazar, desde la comisaría, se preparaba para el siguiente contacto con el secuestrador, el teléfono sonó en la casa de la madre.
Telmo atendió de inmediato. Al otro lado escuchó una frase corta, áspera y sin rodeos.
Telmo no respondió. Se limitó a seguir las órdenes de su jefe.
—Un momento.
Activó la transferencia. La llamada pasó limpia a la comisaría.
En el despacho, Salazar cogió el teléfono sin cambiar de postura ni de expresión. Su voz salió firme, controlada, sin prisa.
—Yo soy quien se está ocupando del dinero. La madre de Unai no puede hablar en este momento.
—No sé quién es usted. ¡Qué la madre del chico coja el teléfono!
Con los músculos rígidos, Salazar tensó la cuerda.
—Ya le dije que no es posible. Habla conmigo o no podrá hacer ninguna exigencia.
El sujeto lo pensó por un momento.
—Quiero saber si ya tienen el dinero.
Salazar alargó la respuesta por un segundo.
—Estamos en ello, pero no es tan fácil como usted cree.
Se escuchó la respiración del hombre al otro lado.
—Dije cinco mil.
—Sí. Cinco mil. El problema no es reunirlos. Es hacerlo bien.
Un ligero temblor agitó la voz del sujeto.
—¡Ya les dije que los quiero en efectivo!
Salazar introdujo entonces la torpeza deliberada, con tono práctico, casi administrativo.
—Estamos valorando ingresarlo primero y sacarlo después. Es lo más conveniente para todos.
El silencio fue más largo esta vez. Demasiado. Cuando el hombre habló, su enfado era evidente.
—¡No! Eso no me conviene. ¿Cree que soy estúpido? Solo aceptaré efectivo.
A esta altura de la conversación, el sujeto todavía no había mencionado al chico para presionar. Salazar respondió con voz calmada.
—Muy bien. Entonces, dígame usted cómo lo hacemos.
El sujeto dudó.
—Yo… llamaré mañana.
Salazar habló con voz firme.
—Mañana no tendremos margen. La ventana operativa para mover este dinero es muy corta y se cierra antes de lo que usted cree. O lo dejamos claro ahora o no tendrá nada.
El hombre reaccionó con precipitación.
—Tiene que ser por la mañana. ¡Antes de que cierren!
Salazar dejó caer la siguiente pregunta como si fuera irrelevante.
—¿Antes de que cierren qué?
Una fracción de segundo de más. Apenas perceptible, pero suficiente.
—Los… sitios.
Ahí quedó todo dicho. Estaba pensando en ventanillas, horarios, trámites normales. No en custodiar a un rehén ni en una entrega clandestina.
Salazar aflojó, para darle una salida cómoda.
—De acuerdo. Llame mañana a primera hora.
La llamada se cortó. El inspector salió de su despacho y subió a la sala común.
Ángela continuaba trabajando en el cruce de datos; Rebeca, que acababa de regresar de sus indagaciones en el barrio de Unai, apenas estaba encendiendo su ordenador.
En cuanto a Remigio, al escuchar los pasos de Néstor, apartó la vista del ordenador y se apoyó en el respaldo de su silla.
—Estaba a punto de comunicarme contigo. Estábamos en lo cierto con respecto del rescate: la madre de Unai recibió un pago de la bodega cuando enviudó. Adivina la cifra.
—Cinco mil euros.
—Exactos. Ya hice una lista de todos los empleados que tuvieron acceso a esa información. Aunque no sé si resultará útil… No creo que fuera un secreto y es posible que se haya enterado hasta el perro guardián.
—Tienes razón, pero, aunque no acote la lista de sospechosos, es otro indicio que señala a la bodega —El inspector jefe enderezó la espalda y habló en voz alta. El sujeto volvió a llamar.
Ante el anuncio, todas las miradas se centraron en él.
—¿Dijo algo sobre el chico? —preguntó Rebeca.
Néstor negó con la cabeza, al mismo tiempo que le ordenaba a Ángela que reprodujera la grabación desde los archivos de la comisaría.