Capítulo 31
E n cuanto terminó la conversación con Rebeca, Salazar se dedicó a diseñar la trampa para el secuestrador.
Con respecto del pago del rescate, el sujeto que se comunicó con la madre no estaba seguro de lo que hacía, lo cual permitía intuir que no sabía cómo cobrar y al mismo tiempo cubrir su rastro para no ser descubierto.
Salazar decidió convertir la exigencia económica en un estímulo activo que lo forzara a moverse.
El inspector cogió su teléfono y buscó el contacto de un responsable de seguridad bancaria, con el que ya había trabajado en otras ocasiones. Recibió respuesta después de un par de tonos.
—¡Inspector, qué sorpresa! ¿En qué puedo serle útil?
—Luis, necesito tu ayuda para un caso muy delicado.
—Cuente con ella si está en mis manos. Lo escucho.
Salazar llenó sus pulmones de aire y lo retuvo por un segundo, antes de hablar.
—En los próximos días podría aparecer alguien con prisa en cualquier sucursal.
—Eso es bastante habitual.
—El detalle es que esta persona no tendrá claro lo que está haciendo. Va a querer mover efectivo. Una cantidad moderada. Nada espectacular.
—¿De cuánto estamos hablando?
—Cinco mil euros. Hará consultas torpes y preguntas básicas, pero poco habituales.
—¿Como cuáles?
—Querrá saber cómo ingresar dinero sin dejar rastro, si se puede dividir en varias operaciones o si hay límites.
—Entiendo.
—Va a tener muchas dudas y necesitar confirmar cada paso.
—Ya tengo el perfil. ¿Qué necesita?
—Quiero que avises a todas las oficinas de la ciudad. Diles que no intervengan, que no bloqueen nada, que se muestren colaboradores y amables. Y que nos avisen de inmediato. ¿Puedes hacerlo?
—Por supuesto, inspector. Delo por hecho.
Después de agradecer al banquero por su colaboración, Salazar terminó la llamada. Ahora solo tenía que poner el cebo en el anzuelo. De eso se ocuparía cuando el sujeto volviera a hacer contacto.
Al cabo de un par de horas, mientras tejía los hilos de la trampa, un par de golpes en la puerta lo interrumpió. Remigio entró sin esperar autorización, con un vaso humeante de café en la mano, que depositó frente a Néstor.
—Tómate un par de minutos de descanso, que ya te está saliendo humo por las orejas.
Salazar agradeció el café con una sonrisa y se recostó en el respaldo de la silla, al mismo tiempo que cogía el vaso y daba un sorbo.
—Gracias. Me hacía falta, pero supongo que no viniste solo a traerme café.
Remigio se sentó con actitud relajada.
—Mira qué bien me conoces. He escuchado tantas veces la grabación que ya la tengo incrustada en el cerebro.
—¿Alguna conclusión?
—Varias. El tío no es ningún maestro del autodominio. Cuando tiene dudas, no aguanta. Rellena los espacios hablando de más o cortando en seco.
Salazar dio un sorbo al café.
—Pierde el control. Reacciona.
—Como un pulpo con estimulantes. Un detalle interesante: no profirió ninguna amenaza concreta en ningún momento de la llamada.
—Sí. Yo también lo noté. Y es lo que más me preocupa. Podría significar que ya no puede ejercer violencia sobre el chico, lo cual querría decir que…
—No te apresures con las conclusiones, Salazar. Podría significar algo diferente a lo que estás pensando.
Néstor entornó los ojos.
—¿Como qué?
—Que no se siente cómodo con lo que está haciendo. Podría significar que tiene miedo o se siente bajo presión.
Salazar asintió.
—Rebeca y yo hemos llegado a la conclusión de que improvisa. No está preparado. Sin embargo, hay algo que no termina de encajar…
—Creo que sé por dónde vienes.
—El secuestro se llevó a cabo de manera precisa y planificada. Sin cabos sueltos ni improvisaciones. ¿Cómo es que fue tan cuidadoso para llevarse a Unai y es tan torpe a la hora de pedir el rescate? ¿Tienes alguna explicación?
Remigio se encogió de hombros.
—Quizá el rescate fue una decisión de último momento y no el verdadero motivo del secuestro. Sí te puedo asegurar algo por experiencia… este sujeto se va a quebrar de un momento a otro.
Néstor tiró el vaso vacío en la papelera y asintió.
—Y estaremos ahí para recoger los pedazos. ¿Ángela consiguió averiguar algo?
—Bien, por la hora a la que se recibió la llamada, es posible que la haya realizado durante una pausa laboral.
Salazar frunció el ceño.
—Espera, ¿me estás diciendo que creéis que ese tío llamó para pedir el rescate de un secuestro, mientras se fumaba un cigarrillo y tomaba un café en el trabajo?
—Cosas más raras se han visto —se defendió Remigio—. Solo es una posibilidad. Las horas encajarían. Por otro lado, la compañía de teléfonos ya respondió.
—¿Identificaron al usuario del número?
—La línea está registrada a nombre de una mujer de Murcia.
—¿Tiene relación con el caso?
—Me temo que no será tan fácil… Esa mujer murió hace seis meses, pero además, la llamada de rescate fue la primera y única vez que se usó ese número desde entonces.
Néstor resopló.
—Consiguió la tarjeta SIM en el mercado negro.
—Al menos en esto, demostró algo de sentido común.
Salazar dejó escapar un largo suspiro.
—En mala hora para la investigación. El tío parece torpe de narices, pero no ha dejado ningún rastro útil.
—¿Qué hacemos? —preguntó Remigio—. A menos que Miguel aparezca con un hallazgo oportuno, estamos como al principio.
—Lo sé. Tenemos que obligarlo a moverse en la dirección más conveniente para nosotros.
—¿Y cómo conseguiremos eso?
—Yo mismo me ocuparé de atender la próxima llamada. Lo presionaré para que cometa ese error que necesitamos.
—¿Crees que funcionará?
—Tiene que funcionar. Todo apunta a que el equilibrio del sujeto es frágil. Lo obligaré a pensar en el dinero y moverse en la dirección que nos interesa —De repente, Salazar se enderezó en la silla—. Remigio, hemos pasado por alto un dato importante…
—¿Cuál?
—Los cinco mil euros del rescate. Es una cifra muy interesante para un secuestro.
El inspector Toro ladeó la cabeza.
—Ya lo habíamos hablado. Es baja.
—No solo eso, también es concreta. Demasiado concreta para un desconocido.
Remigio entornó los ojos.
—¿Adónde quieres llegar?
—Piénsalo bien: la madre no aparenta poder reunir eso de un día para otro… y, sin embargo, el sujeto lo pide con la seguridad de que está disponible.
Remigio guardó silencio por un segundo.
—Tienes razón. No está tanteando. Está pidiendo lo que cree que puede conseguir.
—¿De dónde podría sacar cinco mil euros una viuda que vive al día con un hijo adolescente?
—¿Ahorros? ¿Un seguro de vida? ¿Una indemnización?
—Son buenos puntos de partida, pero… —Salazar frunció el ceño— Si la viuda dispone de esa cantidad de dinero, ¿cómo lo sabe el secuestrador?
Remigio dio una palmada en ambos reposabrazos de la silla, al mismo tiempo que se inclinaba hacia adelante, con la clara intención de levantarse.
—No lo sé, pero puedo averiguarlo.
—¿Por dónde piensas comenzar?
Remigio se mordió los labios, antes de responder.
—Después de comunicarme con Telmo para que le pregunte a la madre si cuenta con el dinero y cuál sería su origen, abriré operaciones. Luego, revisaré la documentación correspondiente y comprobaré quiénes tienen acceso a esa información.
—Buena idea. Es probable que con esos datos acotemos el cerco.
Remigio se terminó de levantar de la silla y se acercó a la puerta.
—Veremos qué encuentro. Podríamos estar frente a una pista.
Cuando Toro salió del despacho, Salazar volvió a centrarse en elaborar la estrategia que seguiría durante la próxima llamada de rescate.
Después de analizar la situación, decidió que asumiría el papel del intermediario encargado del dinero.
Alguien con distancia emocional suficiente, que solo se centraría en condiciones, tiempos y cifras.
Preparó la interlocución como un terreno minado.
Diseñó un guion preciso con el fin de obligar al sujeto a reaccionar.
Quería averiguar qué ocurriría cuando el secuestrador se viera obligado a corregir o ajustar sus planes.
Una vez que tuvo listos todos los detalles, se comunicó con Telmo para darle instrucciones.
—Cuando el sujeto vuelva a contactar, me presentarás como intermediario y me transferirás la llamada para que yo me ocupe.
—De acuerdo, jefe.
Néstor colgó y dejó el móvil sobre su escritorio. Si todo salía bien, la segunda llamada les permitiría medir el control real del sospechoso y forzarlo a moverse antes de tiempo.