La sombra del gato: El peso del silencio (Inspector Salazar 14) Capítulo 30
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Capítulo 30

D espués de la reunión, Rebeca usó la lista que le había proporcionado la madre de Unai y se comunicó con los familiares y amigos cercanos de los Ibáñez Garrido.

No consiguió ningún indicio que resultara de utilidad, así que se encaminó al barrio donde vivían el chico y su madre, para hablar con los vecinos del rellano, con los porteros de los edificios aledaños y con los comerciantes de la calle donde ambos vivían.

Indagó acerca de personas extrañas, visitas fuera de lo habitual, o gente desconocida que hubiera el barrio sin un motivo claro.

Ya había recorrido media manzana cuando entró en el portal del edificio del frente.

El suelo todavía estaba húmedo en las esquinas y le llegó el olor a limón artificial del desinfectante.

El cubo hacía guardia junto a la pared, mientras la portera pasaba la fregona en el ascensor.

La mujer levantó la mirada en cuanto sintió la presencia de la inspectora.

—Usted no es vecina.

Rebeca se presentó y le mostró su identificación, desencadenando un parpadeo rápido.

—Quisiera hacerle algunas preguntas. ¿Podría concederme algunos minutos?

La mujer se encogió de hombros.

—Sí, claro, pero no imagino por qué la Policía querría hablar conmigo.

—Estamos interesados en cualquier movimiento extraño relacionado con el edificio del frente —explicó Rebeca, señalando la finca donde vivía Unai.

—¿A qué se refiere con movimientos extraños?

—Gente desconocida, detalles que hayan llamado su atención por cualquier motivo.

La portera dejó la fregona en el cubo y permitió que el ascensor se marchara, al mismo tiempo que miraba al edificio de Unai a través del cristal del portal, como si pudiera leer la respuesta en la fachada. Al cabo de algunos segundos, asintió.

—Ahora que lo menciona… es posible. Esta mañana vi a un hombre que no es de por aquí… Era raro… Quiero decir, iba y venía por esta calle sin ton ni son, como si estuviera esperando a alguien que no terminaba de llegar. Se paseó por unos quince minutos y luego se marchó.

—¿Se encontró con alguien?

—No. Eso es lo más extraño… Yo estaba limpiando la puerta. Lo vi desde que llegó hasta que se fue, y le puedo asegurar que no había nadie más.

—¿Parecía interesado en algo en particular?

—Sí, no dejaba de mirar el edificio del frente, hacia el segundo o tercer piso.

—¿Hizo algún intento de entrar?

—No.

—¿Pudo detallarlo? ¿Sería capaz de reconocerlo?

—Me temo que no. Solo lo vi de lejos y mi vista no es muy buena. Sí puedo decirle que no era muy alto, caminaba un poco cargado de hombros y me pareció que usaba gafas. Se fue a pie. En aquella dirección.

—¿Lo había visto antes por aquí?

La mujer negó con la cabeza.

—No. Nunca había estado por aquí.

—¿Recuerda la hora?

—Como le dije, yo estaba limpiando los cristales del portal, que es lo primero que hago, así que debían ser las 8 de la mañana o poco más.

Rebeca guardó silencio por un segundo y después de agradecerle a la mujer por su colaboración, salió de nuevo a la calle, preguntándose qué estaría buscando el sujeto. ¿Quizá intentaba comprobar la presencia de la Policía?

Cuando terminó de indagar en las inmediaciones de la vivienda de Unai, la inspectora amplió el rastreo a las instituciones sociales del vecindario.

Visitó el centro de salud del barrio, las asociaciones vecinales, las oficinas de empadronamiento y el ayuntamiento.

No encontró indicios de nadie que hubiera hecho preguntas acerca de Unai o su madre.

La inspectora llegó a la conclusión de que los actos del sospechoso habían sido tan erráticos, que su propia improvisación ocultó sus huellas. En cualquier caso, su presencia en el barrio ameritaba una investigación a fondo. Rebeca sacó su móvil y marcó el número de Salazar.

El inspector jefe se encontraba en su despacho, donde se había dedicado a reestructurar la estrategia de la investigación, después de la solicitud de rescate.

Llegó a algunas conclusiones inquietantes: la llamada revelaba urgencia económica, falta de control y una torpeza incompatible con alguien que tiene dominada la situación.

Ya había tomado la decisión de tenderle una trampa al sujeto, cuando la llamada de Rebeca lo interrumpió:

—Rebe, ¿encontraste algo?

Ella le informó acerca de la presencia que había detectado la portera.

—… Fue tan torpe que llamó la atención de la mujer. A pesar de ello, no pude encontrar ni un solo indicio de preparación. No encaja, a menos que la solicitud del rescate fuera una improvisación.

Salazar se mordió los labios, antes de responder.

—Es la misma conclusión a la que estoy llegando, por la forma en que exige el rescate. Pide dinero y trata de mostrarse seguro, pero no parece tener claro cómo pretende recibir el pago, como si el rescate no hubiera formado parte de sus planes desde el principio.

Rebeca fue directa:

—¡Está improvisando!

Salazar guardó silencio por un segundo.

—Sí, yo pienso lo mismo, pero sigue siendo extraño. No hubo improvisación durante el secuestro.

—Quizá su motivo original no era el dinero. Tal vez la decisión de exigirlo surgió después.

Salazar lo pensó por un momento.

—Es posible, pero no me parece probable…

—A menos que se trate de una maniobra para confundirnos.

—También es una posibilidad. Lo que sí está claro es que no sabe cómo tramitar el asunto del dinero… y ese puede ser su talón de Aquiles.

—Sospecho que estás maquinando algo. Regreso a la comisaría y me lo cuentas.