La sombra del gato: El peso del silencio (Inspector Salazar 14) Capítulo 29
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Capítulo 29

M ientras Salazar regresaba a la comisaría y el equipo avanzaba en la reconstrucción de los últimos momentos de libertad de la víctima, Telmo se encontraba en casa de la madre de Unai, manteniendo la vigilancia discreta que ya comenzaba a convertirse en rutina.

El salón estaba en penumbra. Con las persianas a medio bajar y las cortinas cerradas, la luz de la mañana apenas se filtraba en franjas pálidas sobre el suelo.

El silencio era tan intenso, que podía escucharse el tic tac del reloj que adornaba la pared.

Aún persistía el olor del café que Telmo había preparado para ambos, y cuyos posos ya reposaban fríos en el fondo de las tazas.

La madre de Unai no se había movido del sofá en varios minutos. El subinspector se acercó a la ventana con actitud casual, vigilando con disimulo.

Las horas habían transcurrido con lentitud, mientras Ainhoa pasaba por una montaña rusa de emociones, desde el llanto descontrolado, hasta la calma propia del agotamiento.

Telmo hacía lo posible por tranquilizarla y aprovechaba los períodos de calma, para hacerle preguntas discretas sobre el chico, con la esperanza de que, en medio del desahogo, surgiera algún dato que pudiera resultar útil para localizar al chaval.

El policía se mantenía atento al teléfono y aunque permanecía expectante, el sonido de la llamada lo sorprendió.

Ainhoa dio un respingo, su mandíbula se tensó y se inclinó hacia adelante con la intención de coger el teléfono. Telmo la detuvo con un gesto, al mismo tiempo que se acercaba al móvil con paso firme, pero sin movimientos bruscos.

—Espere.

Ella se contuvo a duras penas. El subinspector cogió el teléfono, miró la pantalla y comprobó que se trataba de un número oculto.

Asintió en dirección a la madre y le recordó que debía activar los altavoces en cuanto respondiera.

Ella asintió. Solo entonces, Telmo le entregó el teléfono a Ainhoa, al mismo tiempo que se sentaba frente al portátil que Toni había dejado preparado.

Cuando estuvo listo, hizo un gesto a la madre para que contestara la llamada.

Ainhoa tragó saliva, deslizó el botón verde y activó los altavoces.

—¿Sí?

Transcurrieron dos segundos, que se estiraron como si fueran eternos.

—¿Es usted la madre de Unai? —preguntó una voz masculina, detrás de cuya calma forzada, se percibía un leve temblor delator.

Al borde del llanto, Ainhoa buscó apoyo en Telmo. Él le devolvió una mirada que transmitía calma. Ella cogió aire y lo retuvo por un segundo.

—Sí, soy yo. ¿Dónde está mi hijo? ¿Está bien?

Del otro lado de la línea hubo una corta pausa.

—Está bien.

—Quiero hablar con él —suplicó la mujer, con la voz rota.

La respuesta llegó con un tono seco y cortante.

—No.

—¿Qué quiere? ¡Le daré lo que sea, pero devuélvame a mi hijo! No le haga daño, por favor.

La respuesta llegó directa, sin rodeos.

—Cinco mil euros —Telmo parpadeó ante la cifra—. En efectivo.

La madre se aferró al móvil como si fuera lo único que pudiera impedirle caer.

—¿Cuándo y cómo? —preguntó ella.

El silencio que siguió a la pregunta fue demasiado largo.

—Volveré a llamar.

Telmo hizo un gesto a Ainhoa para que tratara de alargar la conversación.

—¿Cómo puedo saber que mi hijo está bien?

—Sin preguntas.

El móvil quedó en silencio. La pantalla se apagó. Ainhoa fijó la mirada en Telmo, tratando de leer su expresión. Sostenía el teléfono en la mano, como si fuera un ancla a la realidad.

—Ha dicho que está bien… —murmuró, como si al decirlo en voz alta lo convirtiera en realidad—. Ha dicho que está bien…

Telmo guardó silencio, se acercó despacio a Ainhoa y le quitó el móvil de la mano con suavidad. Entonces, cogió aire y pronunció las únicas palabras que no eran un consuelo falso.

—Volverá a llamar.

Después de conseguir que la pobre mujer se calmara un poco, Telmo anotó los datos más importantes de la llamada. Con la excusa de prepararle una taza de tilo para ayudarla a tranquilizarse, el subinspector se apartó de la sala y entró en la cocina. Desde allí, marcó el número de Salazar.

El inspector jefe respondió al segundo tono.

—Telmo. ¿Qué ocurre?

—El sujeto contactó. Llamó con un número oculto. La voz era masculina y ha pedido rescate.

El subinspector le informó a su superior acerca de los detalles de la llamada.

—Cinco mil euros… —repitió Salazar—. Algo no encaja…

—Sí, jefe. A mí también me sorprendió. Me pareció una cifra demasiado baja, casi ridícula para un secuestro como este… Quiero decir… Esto no tiene las características de un secuestro exprés.

—Tienes razón. ¿Dio alguna prueba de vida?

—Ninguna. Es lo que más me preocupa.

Telmo escuchó el suspiro de su jefe al otro lado de la línea.

—¿Cómo lo percibiste?

Telmo dudó una décima de segundo.

—Forzado. Intentó sonar neutro y bajo control, pero no lo consiguió.

—¿Te pareció un principiante?

—Sí, es la sensación que tuve. El tío no tiene claro lo que está haciendo.

—Eso lo hace impredecible… y más peligroso para el chaval. ¿Cómo está la madre?

—Resiste, pero lo está pasando mal.

—Se comprende.

—¿Qué opina, jefe?

Salazar se mantuvo en silencio por algunos segundos.

—Me preocupa que no haya dado prueba de vida. Por otro lado, aquí hubo planificación, selección de la víctima y han transcurrido más de veinticuatro horas. Esto no es un secuestro exprés, por lo cual, un rescate de cinco mil euros no tiene sentido.

—A menos que ese no sea el verdadero motivo del secuestro.

—Eso puede ser. Quizá el secuestrador está tratando de desviar nuestra atención.

—¿Y el chico?

—Me preocupa que no haya dado fe de vida, porque puede significar que no está en capacidad de hacerlo.

Telmo miró en dirección al salón, donde Ainhoa seguía sentada, repitiendo en voz baja que su hijo estaba bien. La voz de Salazar lo sacó de sus reflexiones.

—Mantente atento y envíame una copia de la grabación de inmediato. Quiero escucharlo por mí mismo.

—Sí, jefe.

—Si vuelve a llamar, quiero estar en la línea.

—Recibido.

Ambos terminaron la llamada. Telmo volvió a mirar en dirección a la sala, al mismo tiempo que el siseo del agua sobre la hornilla le advirtió que ya había comenzado a hervir. Con un suspiro, se dispuso a preparar la infusión tranquilizante para la madre de Unai.

Cuando Salazar llegó a la comisaría, subió hasta el segundo piso.

En cuanto entró en la sala común, todo su equipo centró su atención en él.

En pocas palabras, el inspector jefe los puso al tanto de la situación y comentó que necesitarían reorganizar la estrategia.

Entonces, reprodujo la grabación de la llamada del rescate.

Luego, guardó el móvil en su bolsillo y expuso sus conclusiones.

—Como podéis ver, el sujeto exigió una cifra concreta y muy modesta para un secuestro de estas características. Precisó que fuera en efectivo, pero sin explicaciones acerca de la entrega. Por otro lado, no dio ninguna prueba de vida ni profirió ninguna amenaza.

—No ha mencionado al chico —subrayó Remigio—. Solo habla del dinero y la voz se percibe forzada. Es una llamada muy extraña.

Salazar asintió.

—Estoy de acuerdo contigo.

—Además, ¿cómo sabe el secuestrador si la madre dispone de esa cantidad? —comentó Miguel—. Es cierto que no es una cifra muy alta para un secuestro como este, pero no sería extraño que, aun así, no pudiera cubrirla.

—Es un buen punto —reconoció Salazar—. Tenemos que averiguarlo…

Rebeca, indaga en el entorno más inmediato de la familia.

Revisa si alguien intentó llegar hasta la madre en los días previos.

Busca intentos de contacto fallidos, visitas incómodas, gestos raros que no parecieran tener importancia en su momento.

—De acuerdo —respondió ella, tomando nota.

—Miguel, trata de reconstruir cómo se preparó la llamada. Enfócate en el teléfono. Lo más probable es que el secuestrador lo haya comprado para este uso específico. Comprueba dónde pudo adquirirse, y cómo lo pagaron.

—Entendido.

—Remigio, escucha de nuevo la grabación las veces que sea necesario. Analiza el comportamiento del sujeto y trata de encontrar cualquier indicio sobre sus intenciones.

—Listo.

—Ángela, averigua quién es el titular del número telefónico. Luego quiero que te ocupes de los registros técnicos y de cruzar la llamada con horarios laborales, accesos y movimientos recientes en el entorno de Unai. Dale especial importancia a la bodega.

—Sí, señor.

—Muy bien. Confío en vosotros. No hay tiempo que perder. ¡Encontremos a ese individuo!

Mientras el equipo se ponía manos a la obra, Salazar salió de la sala común y se encaminó a su despacho. Desde allí, llamó a Telmo.

—Tengo una tarea para ti, chaval. Quiero que te sientes con la madre de Unai y revises con ella todas las llamadas recientes del teléfono, una por una. Pídele que trate de recordar cada intento, si contestó, si alguien habló o si la llamada se cortó de inmediato.

—Anotado.

—También quiero que le preguntes a Ainhoa por sus movimientos cotidianos durante los días previos a la desaparición de Unai.

—Muy bien, jefe.

Salazar terminó la llamada y dejó su móvil sobre la mesa con una sensación incómoda. No estaban más cerca del chico, pero acababan de entrar en una fase delicada, en la que cualquier error podía tener consecuencias trágicas e irreversibles.