Capítulo 28
D espués de entregarle a su compañero los movimientos del chaval en el servidor, y mientras Remigio se esforzaba en descifrar qué era lo que había puesto a Unai en peligro, Ángela se dedicó a reconstruir los movimientos digitales del chico fuera de la bodega.
Gracias a una conversación con el responsable informático de la biblioteca, consiguió acceso remoto al registro de sesiones que el sistema almacenaba de forma automática en el servidor municipal.
De ese modo, pudo revisar los datos, sin necesidad de retirar el ordenador público que Unai había utilizado allí.
La tarea de Ángela era identificar la sesión o el archivo que marcaba un cambio en la conducta del chaval.
Al mismo tiempo que Remigio y Ángela se sumergían en el cruce de datos, Rebeca llegó al instituto Río Tirón.
Los pasillos estaban vacíos y los salones permanecían con las puertas cerradas.
Al pasar junto a algunos de ellos se escuchaba la voz de los profesores, apagada por la distancia y las barreras interpuestas.
Rebeca llegó hasta la dirección. Después de identificarse con la secretaria, esta se comunicó con Vargas a través del interfono y le dio paso al interior del despacho.
La inspectora cerró la puerta a su espalda y se acercó al escritorio, donde el director la esperaba con los músculos en tensión.
—Me dice Susana que usted también es policía. ¿Ya han encontrado a Unai?
—Me temo que todavía no, señor Vargas. Por eso necesitamos toda la colaboración posible de su parte.
—Por supuesto —El director la invitó a sentarse con un gesto—. En qué puedo ayudar.
—Ya hemos entrevistado al tutor de Unai en la bodega. ¿Alguien cumple esa función aquí, en el instituto?
—Sí. Ambos tutores se complementan.
—Necesito hacerle algunas preguntas a esa persona.
El director asintió, cogió el teléfono y se comunicó con su secretaria, sin quitarle la vista de encima a la inspectora. Un par de minutos después, Susana se asomó y dio paso a un hombre de mediana edad con una incipiente calva y gafas de pasta. Vargas lo presentó como Luis Martínez.
—La inspectora quiere hablar contigo acerca de Unai Ibáñez.
Martínez se sentó frente a la policía con los músculos de la espalda en tensión. Una mirada de Rebeca fue suficiente para que el director comprendiera y saliera del despacho, después de murmurar una excusa.
—¿Qué puedo hacer por usted, inspectora?
Ella cogió aire y lo retuvo por un instante.
—Tengo entendido que usted es el tutor de Unai Ibáñez en el instituto.
—Así es.
—¿En qué consiste su función?
—Yo coordino sus avances académicos. Converso con él sobre sus estudios, participo en sus evaluaciones y me mantengo en comunicación con su tutor en la bodega, donde lleva a cabo sus prácticas.
—Debe conocerlo bien.
—Por supuesto. Es un gran chico. Espero que aparezca pronto, sano y salvo.
—¿Puede describirme a Unai?
—¿En qué sentido?
—Como persona, como estudiante. ¿Cuáles son sus intereses? ¿Qué le preocupa? ¿Es tímido o extrovertido?
—Comprendo. Unai… es un chico peculiar —Rebeca entrecerró los ojos—. Me refiero a que tiene intereses poco habituales para un chaval de su edad.
—¿Por ejemplo?
—Es un entusiasta de los números. Le gusta resolver problemas. Cuanto más complejos, mejor. No se conforma con el resultado. Él disfruta el proceso. Estoy seguro de que, si su admiración por su padre no lo hubiera conducido a la Enología, habría sido matemático, ingeniero, o administrativo.
—¿Compartía su afición a los números con algún compañero?
—No, que yo sepa. Como ya le comenté, no es un interés habitual entre chavales de su edad.
—Comprendo. Dígame, señor Martínez, ¿notó algún comportamiento extraño en Unai durante los días previos a su desaparición?
El tutor se quedó pensativo por algunos segundos.
—Ahora que lo menciona, sí. Los últimos días estuvo más callado de lo habitual.
—¿Diría que estaba preocupado?
—Es posible, pero no podría asegurarlo. Más bien, se veía distraído, como si su mente estuviera en otra parte.
—¿No le preguntó el motivo?
Martínez suspiró.
—Me temo que no. Después de todo, los chicos de la edad de Unai suelen pasar por momentos de distracción. No es una conducta que llame la atención.
Rebeca asintió.
—¿Sabe si tiene alguna afición, aparte de los números?
El profesor se encogió de hombros.
—Le gusta el ajedrez. En una ocasión me comentó que su padre le había enseñado a jugar.
Rebeca levantó la mirada.
—¿Sabe con quién lo juega? ¿Algún amigo, un club?
Martínez negó con la cabeza.
—Según me comentó, suele jugarlo Online .
Rebeca asintió despacio, al mismo tiempo que se levantaba de la silla y le daba las gracias al tutor por su colaboración.
Martínez se despidió, reiterando su deseo de que encontraran a Unai y que estuviera bien.
El tutor salió del despacho primero. Ella lo siguió, y después de despedirse de la secretaria, recorrió el pasillo hacia la salida, mientras repasaba la entrevista en su cabeza.
A Unai le entusiasmaban los números, hablaba poco y en los últimos días se le notaba distraído.
La misma percepción que tuvo su madre. Rebeca tomó nota mental de la afición del chico por el ajedrez, y la imagen del tablero en la sala de su casa acudió a su cabeza.
¿Qué estaba pasando por la cabeza de Unai durante esos días, qué quería resolver y para quién?
La inspectora regresó a la comisaría sin conseguir resolver el acertijo que representaba la conducta de Unai.
En Logroño, media hora después de que Rebeca terminara la entrevista con el tutor, Salazar salió de la Jefatura Superior, satisfecho por haber conseguido que Casimiro le prometiera realizar un peritaje del antiguo desfalco ocurrido en la bodega, años atrás.
Le costaría, al menos, una docena de fardalejos sin azúcar, pero valdría la pena.
En cuanto llegó a la calle, el frío de la tarde lo abrazó y lo animó a apurar el paso.
Ya estaba a punto de subir al Clío, cuando el teléfono vibró en su bolsillo.
Consultó la pantalla y al ver que se trataba de Remigio, respondió de inmediato.
—¿Dónde te has metido? Ya todos estamos aquí. Solo faltas tú.
—Voy en camino. Adelántame lo que puedas.
—Muy bien. Miguel acaba de llegar. Ha recorrido todos los comercios que se encuentran en la ruta que hacía Unai de su casa al instituto, en ambos sentidos. Ya sabes: cafeterías, bares, tiendas…
—¿Encontró algo?
—Me temo que no. Solo lo recordó una camarera que lo describió como reservado.
—¿Y los informantes?
—Ningún resultado. Las calles están en silencio.
—Así que no se trató de un «trabajo» de los delincuentes habituales.
—Todo apunta en ese sentido. Y eso lo complica.
—¿Ángela consiguió algún avance?
—Ella no ha terminado. Sigue trabajando, pero… sí, encontró una coincidencia.
Néstor envaró la espalda.
—¿De qué se trata?
—Las visitas periódicas a la biblioteca comenzaron casi al mismo tiempo que Unai creó la carpeta «privada» en su usuario.
—Es interesante, aunque ya lo esperábamos.
—Rebeca también regresó. Entrevistó al tutor que coordina los estudios del chico en el instituto.
Él confirmó algunos detalles que ya sabíamos y reveló otros: Unai es metódico y le gustan los números de manera poco habitual para un chaval de su edad.
Además, es aficionado al ajedrez y suele jugarlo Online.
—El tablero en su casa —comentó Néstor—. ¿Tú averiguaste algo?
—Tanto como averiguar…
Remigio le comentó sus conclusiones acerca de que el chico había sido manipulado por un tercero.
—Estoy de acuerdo contigo —le confirmó Salazar—. Unai es un joven observador que establece conexiones y es discreto… Alguien pudo notar sus habilidades y aprovecharse de ellas.
—Eso explicaría por qué no hemos encontrado nada —admitió Remigio—.
Alguien le mostró dónde debía buscar. Si estamos en lo cierto, debemos cambiar el foco.
En lugar de averiguar que pudo llamar su atención, tenemos que descubrir a qué podría haber sido inducido.
Sin embargo, hay algo que no encaja con esta teoría.
Si alguien lo manipuló para que se inmiscuyera, ¿qué sentido tendría hacerle desaparecer?
—Quizá llegó más lejos de lo que esperaban —sugirió Néstor.
—¡Tenemos que encontrar a ese chico cuanto antes, Salazar!
—Y lo haremos, Remigio. Voy para allá.