La sombra del gato: El peso del silencio (Inspector Salazar 14) Capítulo 27
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Capítulo 27

M ientras Salazar se encontraba en el laboratorio de Científica con Casimiro, Miguel dio fin a la conversación con el hospital donde Arístegui había recibido atención por sus lesiones.

El médico le corroboró que, en su estado actual, para el pariente de Unai habría sido imposible cargar con el peso de una persona casi adulta.

Miguel cerró esa línea de investigación y salió de la comisaría, para tomar un refrigerio y cumplir con la tarea que Salazar le había encomendado.

El policía pasó la tarde recorriendo la ruta que separaba el instituto del chico de su casa, y visitando locales donde Unai habría encajado sin llamar la atención: bares tranquilos, cafeterías y tiendas donde no sería extraño encontrar a un chaval de diecisiete años.

Mostró la foto de Unai e interrogó de forma sutil a todos aquellos que recordaban a un chico de su edad aproximada.

Algunos reconocieron haberlo visto, pero ninguno llegó a proporcionarle ni una simple pista.

Unai no había llamado la atención de su entorno ni por su aspecto ni por su conducta.

Después de peinar los vecindarios sin ningún resultado, la frustración comenzó a dominarlo, pero lo que estaba en juego era tan importante, que se obligó a sí mismo a tragarse su enfado y seguir adelante.

En ese momento, Miguel vio una pequeña cafetería.

No tenía terraza y la puerta apenas era visible entre una tienda y un portal.

Entró. Todo el local era un pasillo con la barra de un lado, un par de mesas del otro y un estrecho corredor en el centro que conducía hasta el servicio, que se encontraba en el fondo.

A pesar de su modestia, se trataba de un lugar limpio donde dominaban el aroma del café recién molido y el murmullo de las conversaciones. Siguiendo la rutina del día, el policía se acercó a la barra y se identificó con la camarera.

La joven miró la credencial y parpadeó.

—Dígame.

Miguel sacó la fotografía de Unai y la deslizó sobre la barra.

—¿Ha visto a este chaval por aquí?

La chica entornó los ojos, se quedó pensativa durante un par de segundos y luego asintió.

—Creo que sí. Al menos, me resulta familiar. En alguna ocasión ha entrado a tomar algo: un refresco o un café con leche. Lo habitual.

Miguel tensó los músculos de la espalda.

—¿Recuerdas cuándo lo viste por última vez?

La joven se mordió los labios, mientras pensaba.

—Fue hace algunos días, pero no podría decirle la fecha exacta.

—¿Estaba solo? ¿Habló con alguien?

—Llegó solo y nadie se le acercó, pero sí estuvo conversando por teléfono.

—¿Él llamó o lo llamaron?

—Eso no lo recuerdo.

—Bien. ¿Llegaste a escuchar algo de esa conversación?

La camarera suspiró.

—No. Hablaba en voz muy baja. Tampoco le estaba prestando mucha atención. No suelo inmiscuirme en los asuntos de los clientes —argumentó la joven con actitud ofendida—. De todas maneras, se cuidó de que nadie lo escuchara.

—¿A qué te refieres?

—Cuando me acerqué para anotar la comanda, se quedó callado y esperó a que me alejara para reanudar la conversación.

—¿Te pareció enfadado o nervioso?

—No. Más bien, parecía concentrado.

—¿Qué hizo cuando terminó la conversación?

La chica se encogió de hombros.

—Solo pidió un café, se lo bebió con calma y se marchó.

Miguel le agradeció a la camarera por su colaboración y salió de la cafetería con la convicción de que Unai era consciente de que se había involucrado en un asunto delicado.

El chico había sido prudente en sus conversaciones, pero, aun así, había despertado el interés de alguien, que se mantuvo al acecho en las sombras, hasta que decidió actuar.

Pedrera casi había llegado a su coche, cuando el móvil vibró en su bolsillo. Después de consultar la pantalla, respondió.

—Te escucho, Relojero. ¿Qué tienes?

—Nada, inspector.

Miguel abrió la puerta del coche, pero no entró.

—¿Cómo es posible que nadie tenga información sobre este asunto en la calle?

—Pues por extraño que parezca, no hay nada. Le aseguro que me he movido en los círculos apropiados. Nadie sabe nada. Esto no nació en la calle, inspector.

El policía suspiró.

—Sé que hiciste lo posible, Relojero. Si llegas a escuchar algo, avísame.

—Cuente con ello, inspector.

El policía terminó la llamada, guardó el móvil, subió al coche y puso rumbo a San Miguel.

Al mismo tiempo que él llevaba a cabo las indagaciones en la calle, en la comisaría se mantenía una actividad febril.

Ángela le entregó a Remigio un paquete de trabajo ya cribado, que incluía la información detallada de los movimientos del chico en el servidor, señalando los horarios y el recorrido de cada archivo tocado desde el usuario de Unai.

El experimentado policía se puso en el lugar del chaval, para mirar solo lo que podría haber despertado su interés.

Avanzó con el criterio de quien ha visto demasiados casos económicos cerrarse en falso.

Desde la primera revisión tuvo claro el tono del material: balances internos sin cerrar, hojas de control, informes parciales y borradores sin firma.

Eran documentos grises, aburridos, de esos que no llaman la atención por sí solos, pero que pueden incomodar a quien sabe leer entre líneas.

¿Por qué el chaval se había interesado en algo así?

¿Qué fue capaz de ver, que estaba pasando desapercibido para ellos?

La respuesta surgió de inmediato: alguien lo había guiado.

Gracias a su experiencia, el policía comprendió que el interés de Unai no fue espontáneo…

un flautista de Hamelin se encargó de despertarlo y conducirlo por donde quería.

Remigio volvió al archivo. Todo parecía normal, excepto aquel documento del que Unai había guardado una copia en su usuario.

En él podía notar que algo no cuadraba, pero no estaba seguro de si aquello tenía algún valor real.

Según la información que Salazar había recibido de los expertos, las inconsistencias del documento no tenían importancia.

Y aunque la tuvieran, eran tan pequeñas, que no habrían sido motivo suficiente para llegar a una reacción tan extrema como el secuestro.

Por otro lado, la auditoría antigua también tenía algunos errores, pero nada que no pudiera explicarse como ajustes y redondeos. Tenía toda la apariencia de un documento usado como referencia para hacer comparaciones, quizá incluso, con fines académicos.

Aunque no había indicios de un delito activo, Remigio perseveró en su tarea. Su olfato de policía le decía que allí debía haber algo.