La sombra del gato: El peso del silencio (Inspector Salazar 14) Capítulo 26
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Capítulo 26

E l equipo permaneció atento, mientras Salazar, de pie junto al tablero, rotulador en mano, se quedó algunos segundos en silencio, sin mirar a nadie en concreto.

Entonces, comenzó a hacer cambios, trazando líneas, marcando nombres y horarios.

Luego se detuvo un momento para observar el resultado.

Después de un par de segundos, se giró despacio.

—Ángela, quiero que te centres en el servidor de la bodega. Revisa cada detalle de la información que te envió Toni… pero no como simples accesos aislados.

La subinspectora frunció el ceño.

—¿En qué debo enfocarme?

—Reconstruye la secuencia completa. Quiero entender qué empezó a revisar Unai, cómo fue avanzando y qué terminó encontrando.

Ángela asintió y tomó nota.

—¿Debo buscar algo en concreto?

—Cambios de comportamiento. Luego cruza esa información con lo que sabemos de la biblioteca. Quiero tener claro cuándo dejó de entrar al servidor por curiosidad o por sus prácticas… y empezó a buscar algo de forma deliberada.

—Comprendo.

Néstor sacudió el rotulador antes de continuar.

—Identifica también cualquier otro archivo que no encaje con su trabajo en la bodega, además de los que ya conocemos. Pueden ser documentos antiguos, restringidos o que no tuviera motivos para consultar.

Ángela levantó la vista.

—¿Debo centrarme más en cuándo ocurrió o en el archivo en sí?

—En el archivo —respondió Salazar, sin dudar—. Quiero saber qué fue lo que Unai encontró, que lo convirtió en un problema para alguien peligroso.

—Si está en el servidor, lo encontraré, señor.

Salazar asintió y volvió a fijar la vista en el tablero, como si estuviera tratando de ordenar las piezas en su cabeza. Entonces, se volvió hacia Rebeca.

—Tengo un encargo para ti. Ve al instituto de Unai. Averigua si alguno de los profesores lo tutelaba y si el chico le hizo algún comentario durante las últimas semanas.

La inspectora frunció el ceño.

—Tú mismo hiciste varias entrevistas allí. ¿En qué estás pensando ahora?

Néstor hizo una pausa, antes de responder.

—Ya hemos entrevistado al tutor de Unai en la bodega, pero es probable que también cuente con algún tutor académico.

Si Unai comenzó a atar cabos, es posible que le hiciera algún comentario al respecto.

Quizá el chico le haya dicho algo, cuyo significado su profesor no fue capaz de comprender en aquel momento.

La inspectora se apoyó en el respaldo de la silla y asintió.

—De acuerdo.

Salazar se giró hacia Toro.

—Remigio, ocúpate de los documentos: horarios, accesos e informes.

El inspector Toro dibujó una sonrisa sarcástica.

—Genial, listas y papeleo. Tú sí sabes alegrarme el día. ¿Qué estamos buscando?

Néstor suspiró.

—Separa lo que cualquiera podría haber visto, pero que necesitaría experiencia para ser reconocido. Quiero saber qué pudo encontrar Unai que para otro solo hubiera sido un dato más, pero para alguien con el conocimiento adecuado representara un problema.

Remigio asintió.

—Lo tengo. Quieres que filtre qué pudo despertar una alarma capaz de desencadenar una acción tan extrema, aunque no fuera evidente para cualquiera.

—Es justo eso. Es muy probable que el «qué» nos conduzca al «quién» … Miguel, antes de nada, comprueba lo del pariente.

Pedrera apoyó la espalda en el respaldo de la silla, cruzó los brazos y asintió.

—De acuerdo. Lo revisaré en cuanto termine la reunión. ¿Qué más?

—Puedes coger tus veinte minutos de descanso. Come algo, recupera fuerzas. Luego, quiero que indagues en la ruta entre la casa y el instituto en ambos sentidos.

—Perfecto. ¿En qué quieres que me enfoque?

—Peina la zona. Quiero saber si Unai habló con quien no debía. No te centres en identificar personas. Céntrate en comentarios sueltos o conversaciones sin aparente importancia.

—De acuerdo.

Néstor cogió aire y continuó.

—Tal vez el chico mencionó algún asunto que parecía trivial, pero que despertó interés en quien no debía.

Miguel asintió.

—Lo tengo. ¿Qué harás tú?

—Trataré de encontrar respuestas donde no hemos mirado todavía.

Una vez repartidas las tareas, Salazar dio por terminada la reunión y salió de la sala común con una idea clara de cuál sería su siguiente paso.

Lo había comprendido cuando consiguió apartar el ruido de los falsos sospechosos, para centrarse en lo único que importaba: Unai.

Todo apuntaba a que el chaval se había dedicado a hacer indagaciones sobre algo que despertó su curiosidad, pero…

quizá la respuesta no estaba en el archivo que llamó la atención de Toni, y que todos coincidían que no sería motivo suficiente para un secuestro.

¿Y si era un asunto que ya se consideraba cerrado?

Hasta ahora, se habían centrado en el presente, pero nada impedía que el peligro estuviera surgiendo del pasado.

Mientras sus compañeros se ocupaban de sus correspondientes asignaciones, Salazar salió de la comisaría, subió al Clío y se incorporó a la vía en dirección a Logroño.

Cuarenta y cinco minutos después, entraba en la Jefatura Superior.

Atravesó salas de espera y pasillos, hasta que llegó frente al archivo de atestados.

Después de identificarse, le pidió acceso al agente de la recepción, quien le devolvió la credencial, sin quitar la mirada de la corbata de aguacates.

—Nunca lo había visto por aquí, inspector jefe.

—Ya. No suelo visitar esta parte del edificio.

La mirada del agente se desplazó al gabán.

—Sí, bien, sígame, por favor —El agente lo condujo por un pasillo largo, con puertas cerradas a ambos lados, hasta llegar a una sala amplia con varios equipos informáticos alineados contra la pared—. Puede consultar lo que busca desde aquí. Si necesita algo, avíseme.

Después de darle las gracias al agente, Salazar se sentó frente a uno de los ordenadores.

No tardó demasiado en comprobar que no estaba equivocado: la bodega estuvo involucrada en una investigación, que se había cerrado años atrás.

Ahora recordaba que Ángela lo había mencionado.

El inspector murmuró un insulto contra sí mismo por no haber prestado atención al dato en ese momento.

El expediente se había cerrado hacía ocho años y tenía un elemento inquietante: un administrativo de la bodega había fallecido, pocas semanas después de comenzar la investigación de un desfalco.

La muerte se certificó como accidente laboral por inhalación de gases, en una nave de fermentación.

La víctima ocupaba un puesto menor, pero con acceso directo a la facturación y a los movimientos contables que fueron objeto de la denuncia.

Salazar se preguntó qué hacía un administrativo en la cámara de fermentación.

El informe no cuestionaba la causa del fallecimiento, ni explicaba con claridad por qué se encontraba solo en esa zona.

Lo más extraño fue que el policía que llevó el caso, ni siquiera lo tuvo en consideración.

Lo que sí resultaba evidente era que aquel suceso había acelerado el cierre del procedimiento, desplazando el foco del desfalco hacia la gestión del accidente.

El cambio de foco hacia el fallecimiento permitió dar por concluido el conjunto del caso, simplificando responsabilidades y dejando muchas preguntas sin formular.

Todo aparecía excesivamente limpio, con conclusiones rápidas y demasiadas líneas que nunca llegaron a explorarse.

El expediente apuntaba a un empleado con acceso directo a los fondos: Elías Beltrán, quien era el responsable de administración y control económico en aquel momento.

Todas las transferencias irregulares llevaban su firma.

La investigación había construido un relato sencillo que incluía mala gestión, abuso de confianza y desfalco interno.

Lo que llamó la atención de Salazar fue que no se investigó el diseño financiero que hizo posibles aquellos movimientos.

Se aceptó una explicación simple con mucha rapidez y pocas evidencias.

Salazar lo comprendió todo cuando vio quién había dirigido la instrucción: la firma de Domingo González estaba al final del documento.

Aquello era suficiente para que se encendieran todas sus alarmas profesionales.

Domingo, el antiguo inspector a quien el propio Salazar había descubierto en actividades corruptas, años atrás, y que ahora yacía en el cementerio de Haro.

Entre los anexos del caso constaban varios informes económicos incorporados durante la instrucción.

Salazar los recorrió, atento a la cronología y a la forma en que habían sido integrados en el expediente.

Descubrió que aquel asunto se correspondía con la auditoría antigua que habían encontrado en el usuario de Unai, gracias a lo cual, el inspector comprendió que era posible que aquel expediente estuviera conectado con la desaparición del chico.

Si Unai había accedido a información que no comprendía del todo, podía haber tropezado con una grieta en una historia antigua, una de esas que se cierran deprisa y se olvidan mal.

Al menos, deberían tenerlo en consideración, así que solicitó una copia del expediente y encaminó sus pasos en dirección al departamento de Científica.

En su prisa, Néstor olvidó pasar por la máquina de café y recoger las magdalenas, que siempre llevaba en el coche para emergencias como esa.

Cuando entró al laboratorio, encontró al jefe Barros escuchando la explicación de uno de los peritos, acerca del informe que estaba entregando.

Casimiro hizo un gesto a su subalterno para que se retirara y sus ojos se fueron directos a las manos vacías de Salazar.

—Mira quién viene… el explotador sin pizca de vergüenza, que es capaz de presentarse aquí sin desayuno, y estoy seguro de que con la intención de dar trabajo.

Salazar compuso su expresión de inocente sin remedio.

—Me alegra encontrarte de buen humor, Casi.

—¿De buen humor? Después de lo que mi mujer pretendía darme de desayuno, solo me faltaba tener que soportarte a ti, y además, con las manos vacías.

—Lo siento, Casi. Lo olvidé…

—¿Y tienes el descaro de reconocerlo? Dime una cosa, ¿tú eres así de fábrica o haces un esfuerzo consciente?

—¿Para qué?

—Para ser tan pesado, inoportuno y además, caradura. ¡Mira que presentarte aquí sin mi desayuno!

Salazar se encogió de hombros.

—Te prometo que te compensaré en la próxima visita.

Casimiro resopló.

—Cualquiera se confía. Eres más inútil que un informe impreso con tinta blanca. Dime de una vez qué quieres, antes de que te sitúe en la puerta, gracias al impulso de mi pie.

Néstor parpadeó.

—Veo que estás ocupado.

—No, Salazar. Estoy aquí por gusto. ¡Me encanta arreglar lo que tú arruinas!

—Es bueno tener hobbies.

Casimiro dio un paso hacia él.

—Escúchame bien, zascandil: como vuelvas a aparecer sin mi café, te analizo por capas y te etiqueto como «error recurrente». Dime de una vez qué quieres y apártate de mi vista lo antes posible.

—Vale. Lamento darte más trabajo, Casi, pero necesito que tus chicos cotejen los documentos financieros que Toni encontró en el servidor de la bodega, con un expediente antiguo que acabo de localizar en los archivos testimoniales.

—¡Lo que me faltaba! Ya no te basta con ponerme a trabajar con los casos actuales, que encima, vas y te buscas investigaciones viejas ya cerradas. ¡Me tienes hasta el gorro! ¡Qué lo sepas!

—Prometo traerte fardalejos en mi próxima visita.

—¡Trae acá y piérdete de mi vista! —gruñó el jefe Barros, arrebatando los documentos de las manos de Salazar.