La sombra del gato: El peso del silencio (Inspector Salazar 14) Capítulo 25.
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Capítulo 25.

M iguel subió al tercer piso, donde su sospechoso ya lo estaba esperando.

No le gustaba esconderse detrás de papeles, así que solo llevaba una libreta pequeña y un bolígrafo en las manos.

Arístegui ya estaba sentado detrás de la mesa.

Pese a que intentaba aparentar naturalidad, la rigidez de sus músculos era evidente y sus manos se movían sin parar, como si no supiera qué hacer con ellas.

El policía lo observó en silencio, al mismo tiempo que se sentaba despacio frente a él.

Víctor se acomodó con movimientos lentos y cuidadosos. Miguel, con la espalda apoyada en el respaldo de la silla, lo observó en silencio, como si el tiempo no fuera un problema. Entonces, comenzó la entrevista, imprimiendo un tono neutro a su voz.

—Señor Arístegui, me comentaron en el barrio de Unai que usted estuvo preguntando por él. ¿Por qué?

Víctor tragó saliva.

—Tenía un asunto pendiente con su padre y como él falleció, quería hablarlo con Unai.

—¿Un asunto? ¿Qué tipo de asunto?

—Se trata de… una deuda —Arístegui hizo una pausa—. Verá… le presté dinero para ayudarlo en un apuro y el pago quedó… incompleto.

Miguel apoyó los codos en la mesa y entrelazó los dedos.

—¿De cuánto dinero estamos hablando?

—Yo… Ahora mismo no recuerdo la cifra exacta… Lo tengo anotado en casa.

—Una aproximación es suficiente.

Víctor cambió de postura.

—Alrededor de tres mil euros.

Miguel no reaccionó.

—¿Dispone de alguna prueba que lo confirme? ¿Documentos, recibos?

—No.

—¿Algún testigo?

Arístegui negó con la cabeza.

—Se trató de un préstamo entre familiares. Ya sabe… un asunto informal.

—¿Se notificó a Hacienda como indica la Ley? —Víctor se mordió los labios y sacudió la cabeza—. ¿Cuándo falleció el padre de Unai?

—Hace… cuatro años.

—¿Y ha esperado cuatro años para reclamar?

El sospechoso respiró profundo.

—Yo… lo intenté algunos meses después de su muerte, pero no tenía cómo probar la deuda y su viuda no me creyó. Me echó de su casa y me amenazó con denunciarme por acoso o extorsión si volvía a aparecer, así que preferí evitarme problemas.

—¿Por qué decidió insistir ahora?

Víctor se frotó la cara con ambas manos. Antes de responder, abrió uno de los botones de su camisa y le mostró al policía un corsé que rodeaba su cintura.

—Como puede ver, sufrí un accidente y mi situación económica se ha resentido durante los últimos meses.

El chaval está a punto de cumplir la mayoría de edad, así que pensé que si podía hablar con él y hacer que comprendiera…

quizá podría ayudarme a convencer a su madre de que respondiera por la deuda.

Miguel simuló tomar nota, pero no escribió nada.

—¿Qué hizo para intentar localizarlo?

—Pregunté por el barrio.

—¿Por qué preguntó por la carretera vieja?

Víctor parpadeó.

—Porque me dijeron que el chico iba por ahí con frecuencia en bici.

—¿Quién se lo dijo?

—Un amigo común. Dijo que era la ruta que solía hacer para ir a sus prácticas.

—¿Y qué pensaba hacer con esa información?

Arístegui se encogió de hombros.

—Solo quería saber si podía cruzarme con él, sin tener que plantarme en su casa otra vez.

Miguel le sostuvo la mirada por un momento y luego señaló el corsé.

—Hábleme de sus lesiones. ¿Qué fue lo que le ocurrió?

Víctor esperó un segundo, antes de responder.

—Fue un accidente laboral. Sufrí una caída en el almacén. Resbalé descargando material hace tres semanas.

—¿Fractura?

Arístegui asintió.

—Fisura en una vértebra lumbar y hernia del disco.

—¿Necesitó cirugía?

El sospechoso negó con la cabeza.

—No. Solo me inmovilizaron.

—¿Recibió baja laboral?

—Sí, desde la caída, pero no cubre todo mi salario, así que no es suficiente.

Miguel lo miró a los ojos.

—¿Puede conducir?

Víctor se encogió de hombros.

—No, lo tengo prohibido. El médico fue claro: nada de conducir, nada de cargar peso, nada de movimientos bruscos.

Arístegui se acomodó en la silla con evidente incomodidad. Miguel asintió despacio, al mismo tiempo que tomaba nota mental. Tendría que comprobar la baja laboral. Después de una corta pausa, reanudó el interrogatorio.

—¿Dónde estuvo usted ayer, alrededor de las 19:30?

—En casa.

—¿Con quién?

—Solo.

—¿Salió?

—No.

—¿Usó el coche?

—Ya le dije que no puedo conducir.

Miguel dejó que el silencio hiciera su trabajo durante algunos segundos.

—¿Alguna vez amenazó a Unai o a su madre?

—Por supuesto que no.

—¿Lo siguió a él en alguna ocasión?

—No.

—¿Intentó forzar un encuentro?

Víctor se removió incómodo.

—Eso sí, pero yo solo quería hablar con el chico.

Miguel se recostó en el respaldo de su silla.

—¿Lo consiguió? Me refiero a hablar con él.

—No.

—¿Cuándo fue la última vez que lo vio?

—Cuando murió su padre… En el entierro.

Miguel se quedó en silencio, observándolo, al mismo tiempo que simulaba tomar nota. La incomodidad y el dolor parecían auténticos, pero eso no lo convertía en inocente. Siempre existía la posibilidad de que hubiera contado con un cómplice.

—Escúcheme bien —dijo Miguel, inclinándose hacia delante—. No vuelva a contactar con la familia. No se acerque al chico. Si necesita algo, lo canalizará por vía legal. ¿Está claro?

Víctor asintió con nerviosismo.

—Sí, señor.

Miguel se levantó y Arístegui lo imitó, pero necesitó apoyar la mano en la mesa y respirar profundo, antes de conseguir ponerse de pie.

En cuanto terminó la entrevista, Miguel regresó a la sala común.

El resto de sus compañeros ya habían regresado de su corto descanso y lo estaban esperando.

Salazar se acercó a él y le entregó el rotulador, como quien traspasa un bastón de mando.

Pedrera comprendió de inmediato, así que se acercó a la pizarra y expuso el resultado de la entrevista con el pariente.

—… Si quieren saber mi opinión, el motivo de las preguntas en el bar se explica por una deuda mal gestionada entre el padre de Unai y su primo. Unai habría sido un actor pasivo.

—¿Eso significa que no crees que el pariente esté involucrado? —preguntó Remigio con el ceño fruncido.

Pedrera se encogió de hombros y les informó acerca de la fractura de Arístegui. Remigio se cruzó de brazos, antes de intervenir.

—Eso cambia las cosas. El secuestro habría exigido rapidez, coordinación, fuerza y capacidad de reacción. Con la limitación que describes, Arístegui no estaba en capacidad de ejecutarlo.

Salazar asintió.

—Tienes razón, Remigio. Sin embargo, será necesario comprobar que dijo toda la verdad acerca de su lesión.

Tenemos que descartar que sea un montaje —Se volvió hacia Miguel—.

Comprueba la veracidad de su declaración.

Si no encuentras lagunas ni contradicciones, cerraremos también esa línea de investigación.

Cuando termines, puedes coger un descanso de veinte minutos para que recargues energía.

—Parece que nos hemos quedado sin sospechosos —sentenció Remigio.

La sala quedó en silencio durante algunos segundos que se hicieron eternos, hasta que Salazar retomó la palabra.

—Me temo que tienes razón, Remigio. Si queremos rescatar al chaval, necesitamos averiguar qué vio Unai y a quién comprometía, así como cuándo y cómo lo descubrió.