Capítulo 24
M ientras Rebeca y Ángela indagaban en la biblioteca y sus alrededores, y Salazar trataba de armar el rompecabezas del caso, Miguel se encaminó al lugar de encuentro habitual con El Relojero.
Cuando llegó al bar, experimentó la habitual sensación de desagrado. El suelo parecía no haber visto una fregona en años y el olor a aceite recalentado impregnaba cada rincón.
A esa hora estaba vacío, salvo por El Relojero, que lo esperaba en una de las dos mesas altas del fondo.
Pedrera pasó junto a la barra estrecha, y se acercó a su informante, quien devoraba un pincho de tortilla con una concentración casi ceremonial.
A juzgar por su aspecto famélico, no hubiera sido difícil creer que era su primer bocado en días.
Cuando escuchó los pasos del policía, el informante levantó la mirada, tragó el bocado de tortilla y usó una servilleta para limpiar con cuidado una miga invisible de la comisura de sus labios.
—Inspector, ¿qué puedo hacer por usted?
Miguel se acercó.
—¿A dónde va todo lo que comes, Relojero?
El informante se encogió de hombros.
—Es constitucional, pero no me citó aquí para hablar de mis hábitos nutricionales. Y si lo conozco bien, debe tener prisa en ir al grano.
El policía desplegó una sonrisa.
—Me conoces bien. Se trata de la desaparición del chico sobre la que conversamos la última vez.
—¿Todavía no ha aparecido? —Miguel negó con la cabeza—. Mal asunto. Me temo que no he escuchado nada al respecto, inspector. Si hubiera captado el menor rumor sobre ese asunto, le habría avisado.
—Lo sé, pero quiero preguntarte sobre detalles más sutiles.
Santos frunció el ceño.
—¿A qué se refiere?
—No te centres solo en lo concreto. Quiero saber si hubo algún movimiento extraño… Ya sabes: favores discretos, nerviosismo sin motivo aparente, silencios incómodos…
El Relojero entornó los ojos.
—Quiere saber sobre cualquier rumor que se salga de lo habitual… ¿no es así?
—Eso mismo.
El Relojero lo pensó por un segundo, antes de negar con la cabeza.
—Lo siento. No hay nada.
El policía suspiró.
—¿Nadie ha manifestado necesitar conseguir dinero rápido o resolver un problema con urgencia?
—No en los lugares donde me muevo. Y ya sabe que suele ser allí donde se cocinan esas cosas.
Pedrera asintió.
—Buen punto, Relojero, pero, lo que sea… es muy probable que no pertenezca a tu mundo… lo cual no significa que no esté ocurriendo en otro ambiente.
—Eso ya no se lo podría asegurar… —Santos se acomodó el cuello de la camisa con un gesto meticuloso—. Sin embargo, tratándose de la desaparición de un chaval, puedo preguntar.
—Con discreción.
El informante dibujó una sonrisa.
—Ya me conoce.
Miguel asintió.
—Confío en ti, Relojero. Si averiguas algo, avísame a cualquier hora del día o de la noche.
—Cuente con ello, inspector.
Pedrera deslizó un billete sobre la mesa, se giró hacia la puerta y salió del bar sin mirar atrás. Antes de llegar a su coche, se comunicó con Salazar y le transmitió los resultados de sus indagaciones. Entonces, subió al vehículo y puso rumbo a la comisaría.
Habían transcurrido veinte minutos cuando Salazar recibió un mensaje de Lali, informándole de que ya todo el equipo había regresado.
Solo entonces, subió a la sala común. En cuanto entró, las miradas se apartaron de los ordenadores y el silencio dominó el recinto.
Néstor se acercó a la pizarra, cogió el rotulador y miró a Remigio.
—¿Qué tenemos?
Toro se inclinó un poco hacia adelante.
—Podemos cerrar la línea del mecánico.
—¿Estás seguro? ¿Qué pasó con la huella del chico en la ventanilla de su coche? —preguntó Miguel.
Remigio suspiró.
—Ya lo comprobé. La huella de Unai en la ventanilla se debió a que lo rozó cuando pasó junto a él, mientras el coche estaba aparcado frente al bar de la carretera.
La huella es externa, la altura compatible y las cámaras de seguridad captaron el momento.
Por otro lado, el resto del coche está limpio…
—continuó Remigio— Sin residuos, sin rastros secundarios, sin nada que lo vincule al secuestro.
—Así que se trató de una pista falsa —concluyó Salazar.
—Sin lugar a duda.
Néstor trazó una línea sobre el nombre del mecánico para tacharlo.
—Bien, uno menos. Avancemos.
Antes de que Salazar concediera el siguiente turno, Rebeca intervino.
—Conseguí reconstruir la rutina de Unai en la biblioteca.
Todas las miradas se dirigieron hacia ella.
—Seguía un patrón predeterminado. Acudía los mismos días a las mismas horas.
—¿Pudiste averiguar algo sobre alguno de los sujetos que lo vigilaba?
—Me temo que no mucho. El ayudante de la biblioteca no le dio importancia, hasta que comenzamos a hacerle preguntas al respecto.
—¿Y la encargada? —preguntó Remigio.
—Se encontraba de baja esos días.
—Eso nos deja con un solo testigo —comentó Toro—. Y, por lo visto, uno que no prestaba mucha atención.
Salazar giró el rotulador entre los dedos y miró el tablero.
—¿Cuál era el objetivo de esa vigilancia?
—¿Identificar el mejor lugar para el secuestro? —sugirió Miguel.
Néstor negó con la cabeza.
—Demasiados testigos. La carretera era la elección lógica.
—Tal vez lo que le interesaba era lo que el chaval estaba haciendo en la biblioteca —opinó Rebeca.
Salazar la apuntó con el rotulador.
—Eso podría ser. El secuestro solo tiene sentido si Unai descubrió algo que justificara esa vigilancia.
Néstor hizo un gesto hacia Ángela para cederle la palabra. La subinspectora les informó a sus compañeros que no había indicios de seguimiento en la calle. Entonces, cambió de postura.
—Toni se comunicó conmigo hace algunos minutos, señor.
El inspector jefe enderezó la espalda.
—¿Encontró algo interesante?
Ella asintió.
—Confirmó un dato sobre el servidor de la bodega. Cada vez que alguien abre un archivo sensible, el sistema registra el usuario y el equipo desde el que se hizo la modificación.
Salazar entornó los ojos.
—O sea que la persona que reaccionó al movimiento de Unai supo con exactitud quién había tocado los documentos…
—Eso podría explicar la vigilancia —comentó Remigio.
Salazar asintió.
—Nos estamos acercando. Tenemos suficiente evidencia para excluir la investigación sobre el mecánico. Por otro lado, decidiremos sobre el pariente, dependiendo de lo que Miguel averigüe cuando lo interrogue.
Pedrera consultó su reloj.
—Ya debe haber llegado.
—Bien. Mientras Miguel se ocupa del sospechoso, es un buen momento para recuperar fuerzas.
Veinte minutos. Después, nos centraremos en la biblioteca, la actividad digital del chico y la vigilancia previa.
Rebeca, antes de salir, coordina con Telmo, para que la madre siga protegida y respaldada. Te espero en la recepción.
Nadie discutió la orden. Todos comenzaron a levantarse de sus asientos y estirar los músculos, mientras Miguel se comunicaba con García, quien le confirmó que Víctor Arístegui había llegado y que esperaba en la sala de interrogatorios.