La sombra del gato: El peso del silencio (Inspector Salazar 14) Capítulo 23
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Capítulo 23

M ientras Remigio investigaba a Cuéllar, Salazar permanecía en su despacho, organizando y analizando las evidencias que habían descubierto hasta el momento, mientras se mantenía atento a la información que pudiera transmitirle el resto del equipo en sus indagaciones.

Necesitaban reconstruir qué estuvo haciendo el chico y cuál fue el efecto que tuvo su conducta a su alrededor. Y eso implicaba coordinación.

Había pasado media hora desde la reunión, cuando Rebeca y Ángela llegaron al barrio del instituto donde estudiaba Unai.

Rebeca entró a la biblioteca con un objetivo muy claro: confirmar los hábitos del acechador que vigilaba desde el interior, para tratar de encontrar cualquier indicio que les acercara a identificarlo.

En la amplia sala de lectura, el silencio solo era roto por el leve pasar de páginas y el zumbido constante de los ordenadores.

La inspectora buscó al ayudante del bibliotecario que le había informado a Néstor sobre el sujeto que vigilaba a Unai.

El chico se encontraba detrás del mostrador. Levantó la vista en cuanto ella se acercó.

—¿En qué puedo ayudarla? —La inspectora le mostró su identificación—. ¿También es policía? ¿Es por el chaval del ordenador?

—Así es.

El joven se encogió de hombros.

—Pregunte lo que quiera, pero me temo que no sé mucho más de lo que le dije a su compañero.

Rebeca dibujó una sonrisa maternal.

—Hagamos el intento. Por favor, háblame del hombre. El que observaba al chico desde aquí mismo.

—No estoy seguro de que lo estuviera vigilando, pero me dio la impresión de que estaba más interesado en él, que en la revista que pretendía leer.

—¿Dónde estaba sentado?

El ayudante señaló con la barbilla.

—En aquella mesa del fondo.

Rebeca miró en la dirección señalada por el joven con ojo experto. Desde ahí, el acosador habría tenido una buena vista de toda la sala… y de la puerta.

—¿Actuó con disimulo?

—No… en realidad, no fue muy discreto.

La inspectora centró la mirada en la mesa señalada, como si pudiera ver al sujeto por pura fuerza de voluntad.

—¿Lo habías visto antes o volviste a verlo después?

—No. Esa fue la primera vez y no ha regresado por aquí.

—¿Cómo lo describirías?

—Era un tío común y corriente —respondió el bibliotecario con un encogimiento de hombros—. No tenía nada especial.

—Si notaste que vigilaba al chaval, ¿por qué no hiciste nada?

El ayudante bajó la mirada.

—No me pareció importante.

—¿No te pareció importante que un hombre adulto vigilara a un menor sin disimulo?

—Yo… creí que podía ser algún familiar que quería comprobar dónde se encontraba y con quién. O tal vez, alguien que no estaba seguro de reconocerlo y trataba de recordar… Lo siento. No pensé mal.

Rebeca guardó silencio por un momento.

—¿Qué puedes decirme del otro hombre?

El joven frunció el ceño.

—¿Cuál?

—El que estaba cerca de la puerta y se marchó detrás de Unai.

—No puedo afirmar que siguiera al chico. Solo le puedo decir que estaba pendiente de la puerta y que desapareció poco después de que el chaval se marchó. Podría haber sido una coincidencia.

—¿Serías capaz de describirlo?

—Lo siento. Desde aquí no precisé bien sus rasgos. Solo puedo decirle que era muy delgado y fumaba mucho.

—¿Ha regresado?

—No. Tampoco lo he vuelto a ver.

—¿Podría hablar con tu jefa? ¿Con la encargada de la biblioteca?

—Por supuesto, pero no creo que pueda decirle mucho más. Apenas ayer se reincorporó de una larga baja laboral, así que no estuvo aquí durante las visitas del chico.

Después de conversar con la mujer y comprobar la información que había recibido del ayudante, Rebeca les agradeció su colaboración y se despidió.

Dos hombres: Uno adentro y otro afuera, vigilando a un chaval, que lo más probable era que no tuviera idea del peligro que estaba corriendo.

Rebeca se comunicó con Néstor y le informó acerca de los resultados de la entrevista.

Pocos minutos después de terminar la conversación, Salazar recibió la llamada de Ángela.

—Recorrí las calles alrededor del instituto en un radio de tres manzanas, señor.

Me enfoqué en vecinos y negocios que abren todo el día y conocen los rostros familiares y las rutinas del barrio: porteros, camareros, repartidores…

Me temo que no encontré ningún testimonio sólido.

Algunos dicen que les suena el chico, pero nada concreto.

No pude encontrar a nadie que haya podido situarlo con seguridad.

Si alguien lo seguía, supo pasar desapercibido entre quienes frecuentan el vecindario.

—No te preocupes, Ángela. Esa información también nos sirve.

Ya lo esperaba. Un chaval en una bicicleta no llama la atención.

En cuanto a los sujetos, es probable que ya supieran acerca de sus visitas a la biblioteca y lo esperaran allí.

Sin embargo, era necesario hacer la comprobación.

Regresa a la comisaría. Es probable que te necesitemos aquí.

—Sí, señor.

Al terminar la llamada, Salazar tomó nota mental de la información.

Aquel dato era importante: todo apuntaba a que, en lugar de seguir a Unai, el acechador lo esperaba donde podía observarlo sin llamar la atención.

¿Cómo sabía que el destino del chico era la biblioteca?

¿Hubo un primer seguimiento que pasó desapercibido o lo averiguó por otros medios?

Era evidente que el sujeto era astuto y cuidaba los detalles para no cometer errores.

¿Qué quería de Unai? ¿Y qué papel jugaba el que vigilaba desde afuera?

¿Eran cómplices? ¿Acaso se estaban enfrentando a una organización?

¿O cada uno de ellos actuaba por su propia cuenta?

El inspector no tenía claro qué escenario sería peor, pero ninguno le gustaba.

Mientras más analizaba la situación, más se incrementaba la presión en la boca de su estómago.

Era urgente encontrar a Unai y rescatarlo…

si continuaba con vida. El inspector decidió que, para conseguirlo, la investigación debía comenzar a perfilar al sujeto que había elegido con cuidado cuándo y dónde mirar.