La sombra del gato: El peso del silencio (Inspector Salazar 14) Capítulo 22
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Capítulo 22

C uando Salazar dio por terminada la reunión, cada miembro del equipo salió de la sala para cumplir su correspondiente asignación.

Todos, excepto Remigio, que permaneció frente a su ordenador, analizando cada detalle del informe de Científica.

La huella dactilar que los peritos encontraron en una de las ventanillas del coche pertenecía a Unai, pero no la acompañaba ningún otro indicio: ni fibras, ni restos biológicos, ni señales de contacto en el interior… Extraño.

Ningún juez firmaría una orden de busca y captura contra Cuéllar solo con esa evidencia.

En especial, porque la huella había aparecido del lado externo de la ventanilla.

Sin embargo, aunque no era suficiente para acusar al mecánico, sí lo ponía de nuevo en la mira.

No podían descartarlo con tanta facilidad.

Antes de sacar conclusiones, Remigio evaluó la información con criterio técnico: la posición de la huella, su altura y el hecho de que estuviera en el exterior del coche permitían una explicación casual.

Tampoco había signos de forcejeo ni de uso del vehículo como espacio de retención.

¿Sería una pista falsa? Y si lo era, ¿en qué circunstancias podría haber tocado Unai el vehículo del mecánico?

Después de repasar las opciones, una posibilidad se instaló en la cabeza del veterano policía. Necesitaría comprobarlo.

Toro salió de la comisaría, se desplazó hasta el entorno del taller y se dirigió directo al bar donde había recibido la información sobre el mecánico.

Por fortuna para el policía, no había mucho movimiento a esa hora. El dueño del bar estaba ocupado organizando algunas de las botellas, mientras su hijo limpiaba la máquina de café. Remigio se acercó a la barra y el tabernero levantó la vista al reconocerlo.

—Inspector, ¿otra vez por aquí? ¿En qué podemos ayudarlo?

Remigio se encogió de hombros.

—Necesito aclarar un detalle.

El hombre apoyó ambas manos en la barra.

—Lo escucho.

—El mecánico, Cuéllar. ¿Suele venir en su coche?

—No con frecuencia, pero de vez en cuando si se ha detenido aquí para tomar un café o una cerveza.

—¿Dónde suele aparcar cuando viene?

El tabernero señaló con el mentón hacia el frente.

—Ahí mismo, en el aparcamiento delante del bar. A veces un poco más abajo, si lo encuentra ocupado.

Remigio observó el espacio a través de la puerta. Un coche aparcado justo al frente quedaría junto al paso obligado para cualquiera que quisiera entrar en el bar.

—¿Alguna vez coincidió con el chico de la bicicleta?

El hijo se apartó de la cafetera y se acercó a la barra. Miró a su padre, quien se encogió de hombros y solo entonces, respondió.

—No recuerdo ningún momento en específico, pero es muy probable que sí coincidieran en alguna ocasión.

Toro les agradeció por su colaboración y se despidió con un asentimiento.

Salió del bar. Su propio coche estaba aparcado justo frente a la puerta.

Cualquiera que pasara a su lado para entrar podía rozar una ventanilla con la mano, sin siquiera ser consciente de ello.

Eso no descartaba la huella como evidencia, pero le restaba mucho peso.

Remigio sacó su libreta del bolsillo para reconstruir la rutina del mecánico.

La cruzó con los horarios habituales de Unai que le había proporcionado Ángela.

Como sospechaba, existían solapamientos temporales.

Sin embargo, aquello tampoco era concluyente.

Necesitaba más evidencias que confirmaran o descartaran al mecánico como sospechoso.

El inspector localizó las cámaras exteriores del bar. Una de ellas apuntaba justo al frente, así que volvió a entrar.

—¿Ocurre algo? —preguntó el tabernero.

—¿Podría revisar las grabaciones de sus cámaras de seguridad?

El dueño del bar se encogió de hombros.

—Muy bien, pero no le prometo que le sirvan de algo. Se sobrescriben cada quince días.

—Vale la pena intentarlo.

El propietario se volvió hacia su hijo.

—Rodrigo…

—Venga por aquí, inspector.

El joven condujo a Toro hasta una pequeña oficina junto a la cocina. Allí comenzó a manipular el ordenador, hasta que abrió la carpeta que contenía las grabaciones. Se levantó y le cedió el asiento al policía.

—Aquí tiene, inspector. Tómese el tiempo que necesite.

Con un suspiro de resignación, Remigio ocupó la silla y comenzó a visualizar las grabaciones una por una.

Hacia la mitad de la larga lista, su paciencia rindió frutos.

En la pantalla se veía a Cuéllar llegar en su coche y aparcarlo frente a la puerta.

El mecánico se bajó y entró en el bar. Minutos después, Unai apareció en su bicicleta, la aseguró a un poste y se encaminó al bar.

Al pasar junto al vehículo de Cuéllar rozó la ventanilla de forma casual y siguió su camino sin detenerse, ni interactuar con nadie, hasta que desapareció en el interior del bar.

Cuéllar ni siquiera estaba cerca del coche.

Toro se apoyó en el respaldo de la silla.

Ahí estaba la evidencia que demostraba el origen de la huella. Y exculpaba al sospechoso.

Remigio decidió regresar a la comisaría y escribir un informe detallado que cerrara aquella línea de investigación. Todas las evidencias apuntaban a que, pese a los posibles prejuicios y apariencias, ni los antecedentes ni la huella constituían una prueba de culpabilidad.