La sombra del gato: El peso del silencio (Inspector Salazar 14) Capítulo 21
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Capítulo 21

E n cuanto llegaron a la comisaría, Salazar y Rebeca subieron al segundo piso. Mientras ella ocupaba su escritorio, él se comunicó con Telmo. El subinspector respondió en voz baja.

—Sí, jefe.

—¿Cómo está la madre?

—No ha dormido en toda la noche.

—Era de esperarse. ¿Alguna novedad?

—No. Ni llamadas ni mensajes. El sujeto no ha hecho el menor intento de contacto.

—No me gusta. Quédate allí. Acompáñala y asegúrate de que no cometa un error por desesperación. Avísame de inmediato ante cualquier novedad, por pequeña que sea.

—Entendido, jefe.

Salazar terminó la llamada con el rostro desencajado. Rebeca comprendió de inmediato.

—¿Ningún contacto? —preguntó la inspectora.

Él negó con la cabeza.

—Ninguno.

Me parece que esto no va de dinero, Néstor.

Salazar suspiró.

—Es la misma conclusión a la que yo he llegado.

El murmullo de una conversación sorda, acompañada del sonido de pasos, atrajo la atención de ambos.

En el umbral aparecieron Remigio, Miguel y Ángela.

Después de los saludos de cortesía, cada uno de ellos ocupó su mesa de trabajo.

Mientras sus compañeros se acomodaban y encendían sus ordenadores, Salazar se acercó al tablero con el rotulador en la mano.

—De acuerdo. Necesitamos avanzar, así que haremos esto breve. Miguel, ¿qué averiguaste sobre el pariente?

—Anoche investigué a Arístegui hasta donde fue posible.

Gracias a sus redes sociales localicé a un amigo común con el padre de Unai y pude hablar con él.

Víctor Arístegui y Marcos Ibáñez, el padre de Unai, crecieron juntos, así que fueron muy cercanos mientras Ibáñez vivía, pero esa cercanía no se extendió al resto de la familia.

—¿Sabemos por qué? —preguntó Remigio.

Miguel se encogió de hombros.

—Asuntos domésticos. Al parecer, Arístegui no se llevaba bien con la mujer de Ibáñez, así que el vínculo desapareció con la muerte de Marcos.

—Continúa —lo animó Salazar.

—Es un sujeto con una vida bastante común. Sin antecedentes criminales. Tampoco encontré denuncias, quejas, ni reportes. Tiene un trabajo estable: es porteador en un almacén. Divorciado, sin hijos y vive solo. No encontré nada llamativo en su rutina. Es un tío normal.

Remigio se apoyó en el respaldo de su silla, antes de intervenir:

—¿Descubriste por qué preguntó por el chico?

Miguel sacudió la cabeza.

—Todavía no. Espero averiguarlo durante el interrogatorio. Entonces, sabremos qué papel juega en este tablero.

Néstor asintió.

—De acuerdo. Informa cuando averigües algo —Miguel levantó el pulgar—. Ángela.

La subinspectora apartó la vista del monitor, giró la silla y se inclinó hacia adelante sobre su escritorio.

—Anoche crucé los horarios de Unai con los accesos al servidor y el uso de los ordenadores públicos.

Durante las últimas semanas, el chico siguió el mismo patrón en su rutina.

Hacía las visitas a la biblioteca después del instituto y antes de regresar a casa, aquellos días que no tenía prácticas en la bodega. Era bastante previsible.

—¿Por qué no usaba el ordenador desde casa? —preguntó Rebeca, más para sí misma que para sus compañeros.

—Es evidente que no tienes hijos adolescentes —comentó Remigio—. Lo más probable es que haya visitado la biblioteca porque buscaba privacidad.

Salazar asintió.

—No quería que nadie de su entorno supiera lo que estaba haciendo. Ni siquiera su madre. Eso encaja con lo que sabemos. Remigio, ¿alguna novedad sobre el peritaje del coche del mecánico?

Toro negó con la cabeza.

—Hasta ahora, nada. Cuando termine la reunión, me comunicaré con Científica y si no han encontrado ningún indicio, cerraré esa vía, como me dijiste.

—Bien. Cualquiera que sea el resultado, no dejes de informarme.

Remigio asintió. Entonces, Salazar les notificó acerca de los avances en el peritaje del Dacia.

—Ese secuestrador no deja nada al azar —comentó Miguel, en cuanto Néstor terminó su exposición.

—Es evidente que nos enfrentamos a un sujeto muy metódico.

El coche confirma que hubo planificación y control —Salazar hizo una pausa y dio dos leves toques a la pizarra con el rotulador—.

Sin embargo, considero que el núcleo de todo este asunto es el propio Unai y lo que estuvo haciendo antes de desaparecer.

—Entonces, ¿qué sugieres? —preguntó Remigio.

—Que no busquemos sospechosos al azar. Debemos centrarnos en averiguar qué fue lo que desencadenó el secuestro. Eso nos llevará a quién lo perpetró.

—Tiene lógica —reconoció Toro.

—De acuerdo. Remigio, avísame lo que resulte del mecánico.

—Listo.

—Rebeca, indaga lo que puedas sobre el acosador en la biblioteca —la inspectora asintió—. Miguel, mientras esperas que llegue la hora a la que está citado Arístegui, intenta averiguar si alguien necesitó ayuda poco común para un asunto delicado.

—Copiado —afirmó Pedrera, al mismo tiempo que enviaba un mensaje a su mejor informante.

—Ángela, quiero que indagues en los alrededores del instituto. Busca indicios y testigos.

—Sí, señor.

—Yo me ocuparé de coordinar las indagaciones en la biblioteca desde mi despacho. Cuando cada uno de vosotros concluya su tarea, regresad a la comisaría, para que tengamos otra reunión estratégica.

Un doble repique los interrumpió, anunciando la entrada de un mensaje en el correo de la comisaría. Ángela lo consultó y levantó la mirada en dirección a Remigio.

—Es el resultado del peritaje del vehículo del mecánico.

Toro entró en su bandeja con la mirada de un niño que abre un regalo de Reyes. Después de escanearlo, dibujó una sonrisa.

—Esto sí es interesante. Científica encontró una huella de Unai en una de las ventanillas del coche de Cuéllar.

—Eso amerita una investigación más a fondo.

Remigio asintió.

—Descuida. Yo me ocuparé.