La sombra del gato: El peso del silencio (Inspector Salazar 14) Capítulo 20
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Capítulo 20

N éstor entró en la buhardilla pasadas las tres y cuarto de la madrugada, con el cansancio pegado en los hombros y el frío penetrándole los huesos, a pesar del gabán.

Cerró la puerta con cuidado. La oscuridad apenas era rota por un hilo de luz, que provenía de la calle, filtrándose a través de la contraventana por una rendija.

En el sofá cama, su suegra dormía de lado, una mano aún apoyada en el respaldo, como si hubiera resistido despierta hasta que el sueño consiguió vencerla. Emitía un ronquido suave.

Antes de que Salazar pudiera avanzar hacia el pasillo, Paca apareció desde la penumbra. Se sentó frente a él, erguida, con sus ojos amarillos brillando en la oscuridad y taladrándolo con evidente reproche.

—Maaauuu.

—No empieces —protestó Néstor en voz baja, dejando las llaves sobre la mesa despacio.

—Fffff —le bufó ella con indignación, antes de girarse y regresar a la habitación de Gabriela, en un gesto de felino desprecio. A mitad del pasillo, Paca se detuvo, miró atrás y maulló con energía.

—Ya voy. ¡No hace falta que me escoltes, gata tirana!

Salazar se asomó a la habitación de Gabriela.

La niña dormía abrazada a su peluche, con la absoluta calma de quien no ha tenido un solo momento de quietud en todo el día.

El orgulloso padre se quedó inmóvil por un instante, contemplándola con fascinación y asegurándose de que aquel pequeño mundo seguía seguro.

En ese momento, Paca saltó dentro de la cuna y se acurrucó a los pies de la pequeña, como una guardiana fiel de su sueño.

Salazar sonrió, se inclinó sobre su hija y le besó la frente sin despertarla.

Minutos después, cuando el inspector por fin se metió en la cama, Rebeca se movió.

—Son más de las tres —susurró ella.

—Lo sé.

Hubo un breve silencio, antes de que él preguntara:

—¿Cómo ha ido todo por aquí?

Rebeca dejó escapar una risa contenida.

—Mi madre dice que tu hija va a sacarle canas nuevas, y que Paca es una mala influencia.

Salazar giró la cabeza.

—Eso suena preocupante. ¿Qué hicieron esta vez?

—Paca abrió el baño. Mi madre no tiene idea de cómo lo consiguió, pero lo hizo. Gabriela fue detrás de ella. Para cuando mi madre comenzó a preocuparse por el silencio… ya era demasiado tarde. Ya te lo puedes imaginar.

—Déjame adivinar… La catástrofe era inminente.

—Cuando llegó al pasillo, el rollo de papel higiénico estaba desenrollado de punta a punta.

Paca había extendido sendero blanco, sobre el que Gabriela desfilaba muy concentrada, como si estuviera inaugurando algo importante.

Paca, al final de la improvisada alfombra, sujetaba el cartón con la pata y lo hacía girar.

Salazar se pasó la mano por el rostro, agotado y medio sonriente.

—A eso se le puede llamar trabajo en equipo. ¡Vaya par que nos ha tocado en suerte!

—Eso no es todo: cuando mi madre intentó recoger el desorden, Gabriela la señaló con el dedo y dijo «no», con una autoridad preocupante. Por si fuera poco, Paca comenzó a bufarle. Mi madre se sintió privada de autoridad.

Él soltó una risa baja que se apagó pronto.

—Le prometí que la recogería.

La frase quedó suspendida en la oscuridad, hasta que Rebeca consiguió tocar su mano bajo la sábana.

—Tiene año y medio, Néstor. Ella no entiende acerca de promesas todavía, pero sí entiende de afecto. Y sabe que cuenta con el tuyo.

—Supongo que tienes razón, pero no es suficiente para mí. Yo sí me acuerdo de que le fallé.

—Mi madre la recogió con un beso y ella pasó la tarde entretenida. Se durmió abrazada a su peluche, tranquila y segura.

Salazar tragó saliva.

—Aun así. No debería haberle hecho promesas que no sabía si podía cumplir.

Rebeca se giró en la cama y lo envolvió en un abrazo.

—Estabas intentando traer a otro chiquillo de vuelta a casa. Eso cuenta.

Hubo un silencio más sereno.

—Supongo que tienes razón.

Rebeca apretó el abrazo.

—Duerme tranquilo. Mañana necesitaremos que tengas la mente despierta.

Salazar asintió en la oscuridad, besó a Rebeca y se relajó. En la habitación de Gabriela, Paca maulló una vez más, como si diera por cerrado el día, mientras Gabriela dormía tranquila, ajena a promesas incumplidas y madrugadas largas.

A las seis en punto, Salazar sintió el habitual lijado de oreja y abrió un ojo. Se preguntó dónde escondería Paca el reloj suizo. En cuanto la gata se dio cuenta de que había conseguido despertarlo, lanzó un maullido airado. Él murmuró una protesta.

—Gata tirana… Apenas son las seis. ¡Solo he dormido tres horas! ¿Tú crees que esto es un hotel con desayuno incluido?

—Mrrraao —replicó Paca con firmeza.

—No me hables así.

La gata se sentó sobre su pecho, erguida, y clavándole una mirada firme, que acompañó con un parpadeo lento, sin dejar ninguna duda sobre la acusación.

—Esto es presión psicológica —susurró él, en clara desventaja.

—Miau.

—Cinco minutos más…

Paca se acomodó sobre el pecho de su humano, dispuesta a no abandonar su puesto de mando, y lanzó un maullido airado. Salazar miró de reojo a Rebeca, quien había comenzado a moverse en la cama.

—Vale, vale. ¡Vas a despertar a todo el mundo! —Salazar apartó las mantas, al mismo tiempo que la gata saltaba al suelo con elegancia—. Hoy has ganado, pero te advierto que uno de estos días me voy a rebelar.

—Miew.

—¡Pero qué vocabulario es ese!

—Miew

—Ya voy, ya voy.

Ya en la cocina, Salazar le sirvió a Paca su tazón de leche sin lactosa para gatos, después de templarla un poco en el microondas.

—Aquí tienes.

Paca olfateó, tocó la leche con los bigotes y protestó.

—Mrew

—Pero, tú, ¿qué te has creído? No voy a templarla más. No eres una clienta Michelin.

Paca clavó una mirada de reproche en su humano.

—Maaaauuuu.

—Está perfecta. No empieces.

La gata se sentó frente al tazón, moviendo la cola con energía.

—Serás… mejor no digo lo que pienso.

Salazar cogió el tazón y volvió a meterlo en el microondas.

Al cabo de algunos segundos, volvió a dejarlo frente a su gata, que no había movido ni un bigote.

Solo entonces, Paca volvió a probar la temperatura de la leche y en esta ocasión le pareció apropiada, así que comenzó a beberla, ignorando por completo a su esclavo humano.

Cuando Salazar desvió la atención de la gata, encontró a Rebeca y Débora observándolo desde detrás de la barra americana. Ambas contenían la risa a duras penas.

—¿Ya estáis discutiendo otra vez? —preguntó Rebeca.

—Es un desacuerdo técnico —respondió Salazar en susurros—. Ella siempre cuestiona mi competencia. Es muy exigente. Lamento si os desperté.

—Dúchate tú primero, mientras yo preparo café —le dijo Rebeca.

Salazar se dio una ducha rápida y regresó al salón con el cabello aún húmedo. Rebeca y Débora estaban sentadas, cada una con su taza en la mano. Mientras Salazar se servía su café, Rebeca apuró el suyo y se levantó para tomar su turno en la ducha. Salazar se sentó frente a su suegra.

—Hoy, esa gata te ha obligado a madrugar —susurró ella.

—Como cada día. Puntual como un reloj.

—¿Por qué se lo permites?

Salazar dio un sorbo con un encogimiento de hombros.

—Para qué vamos a engañarnos. Cualquiera se niega. Ella manda en esta casa.

Débora soltó una carcajada.

—Sí, de eso ya me había dado cuenta. Es una gatita muy dulce.

Salazar parpadeó.

—¿Dulce? A veces me pregunto si en realidad no será algún tipo de pantera enana.

—No con tu hija. Te confieso que cuando llegué aquí por primera vez, pensaba que la gata iba a ser inconveniente para el bebé, pero ahora, viendo la paciencia que le tiene a Gabi y la complicidad única que hay entre ellas, no solo he cambiado de opinión, sino que creo que es la mejor compañera que podría tener la niña. Es paciente y protectora.

—Sí. Paca es muy maternal.

—Maauuu —opinó Paca, que había terminado su tazón y decidió sentarse entre ellos para participar en la conversación.

En ese momento, se escuchó un balbuceo suave que provenía de la habitación de Gabriela. Luego otro, seguido por un grito imperioso.

—¡Pa… pá!

Débora dejó su taza sobre la barra.

—Ya se despertó la niña.

Néstor sonrió.

—Yo me ocupo.

Cuando llegó a la habitación, Néstor encontró a Gabriela de pie, con el pijama arrugado y frotándose uno de los ojos con el puño. En cuanto vio a su padre, sonrió y levantó los brazos sin dudar. Salazar se quedó sin defensas.

—Buenos días, jefa —susurró, al mismo tiempo que la cogía en brazos.

Gabriela le tocó el cabello húmedo y apoyó la cabeza en su hombro.

—Pa…pá.

Débora apareció en el umbral.

—Ya Rebeca me explicó que estáis ocupados con el secuestro de un chaval. No os preocupéis, yo la llevaré a la guardería y si hace falta, también iré a recogerla.

—Gracias, mamá —dijo Rebeca, que se había acercado por detrás—. Nos estás sacando las castañas del fuego.

—Id tranquilos. Yo me encargo.

Néstor asintió y murmuró su agradecimiento, pero no soltó a la niña. Gabriela estaba jugando con un mechón de su cabello, absorta, como si el mundo no existiera más allá de los brazos de su padre.

—Tenemos que irnos —susurró Rebeca.

—Lo sé.

No la soltó. Débora se acercó a él con los brazos extendidos.

—Ven con la yaya. Vamos a jugar con Paca.

Gabriela soltó una risotada y se inclinó hacia su abuela.

—¡Paca!

Salazar cerró los ojos un segundo, antes de entregarle la niña a su suegra.

—Volveremos lo antes posible, cariño —murmuró, más como una plegaria que como una promesa.

Débora cogió a la niña en brazos.

—Anda, mejor os vais, antes de que cambies de opinión.

Néstor asintió con resignación, al mismo tiempo que Paca se frotaba contra la pernera de su pantalón y lanzaba un maullido que clamaba atención.

—Tú no tienes nada que opinar en este asunto, Paca —protestó él.

—Mieeeuuuu.

Rebeca le entregó el gabán.

—Vamos.

El curtido inspector besó la cabecita de su hija y se encaminó hacia la puerta, sin mirar atrás.